Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.
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Advertencia: las descripciones de este testimonio contienen imágenes perturbadoras
Advertencia: las descripciones de este testimonio contienen imágenes perturbadoras
Carlos Martínez y Mercedes Pereira le dieron nombres bíblicos a sus seis hijos: Ana, Moisés, Sara, Zacarías, Joel y Ezequiel.
Los tres mayores vivieron más tiempo con el padre y comparten más recuerdos que los menores, es decir, más insultos, más palizas, más caricias en lugares inapropiados.
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En medio de la noche, Carlos Martínez metía a sus hijos en la regadera y los dejaba durante horas bajo el agua helada. O abusaba sexualmente de uno mientras los demás dormían en la misma sala.
Estos son algunos recuerdos de Sara, la única que se atrevió a denunciar a su padre cuando tenía 12 años, a finales de 2010, después de haberlo visto abusar de Ana, su hermana mayor.
Carlos Martínez acabó en prisión con una condena de tres años, pero un año después fue liberado.
Carlos Martínez era el padre de Sara y Moisés. (Cortesía de Sara Martínez).
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Aunque la madre de los niños se negó a aceptarlo de vuelta en casa, Sara recuerda que su padre se convirtió en una sombra al acecho: se presentaba en la puerta del liceo cuando era adolescente y en la de su trabajo cuando era adulta.
Pero no todos sabían plenamente lo que cada miembro de la familia había sufrido en manos de aquel hombre.
En mayo del año pasado, la madre le confesó a Moisés que estaba aterrada porque su padre la estaba amenazando. Como prueba de los abusos, se sacó la dentadura postiza para demostrarle que Martínez le había volado los dientes a golpes.
Moisés fue de inmediato a buscar a sus hermanas para preguntarles más sobre el padre: Ana confirmó que la había violado durante años, mientras que Sara le dijo que su padre le daba un alfajor después de cada encuentro sexual forzado.
Para entonces, los tres ya eran adultos: Ana tenía 31 años, Moisés 28 y Sara 26.
En medio del llanto, Sara recuerda que su hermano también le confesó abusos que ella desconocía. Aunque le pidió que no lo hiciera, Moisés decidió hablar con su padre para exigirle que les pidiera perdón y los dejara en paz.
Un día después de su conversación con Sara, el domingo 25 de mayo de 2025, Moisés mató a su padre de 14 disparos.
Se quedó junto al cuerpo durante dos días, hasta que llamó a la policía para reportar el homicidio y esperar la llegada de los uniformados para asumir su responsabilidad por el crimen.
Casi un año más tarde, el viernes 10 de abril, la jueza María Noel Odriozola condenó a Moisés Martínez Pereira a 12 años de prisión, en una audiencia que los uruguayos siguieron en vivo a través de una transmisión de Youtube.
Moisés Martínez fue condenado a 12 años de cárcel. (Asociación de la Prensa Uruguaya).
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Al anunciar su decisión, Odriozola explicó que había descartado concederle el perdón judicial que estipula el artículo 36 del Código Penal uruguayo cuando un homicidio ocurre bajo “intensa conmoción provocada por el sufrimiento crónico producto de violencia intrafamiliar”.
En vista de que nadie denunció a Carlos Martínez durante 15 años, la jueza argumentó que la familia no acudió a “ningún mecanismo de protección como solución primaria”, explica Rodrigo Rey, abogado de Moisés.
Sin embargo, Sara advierte que cuando lo hizo siendo una niña, fue revictimizada por el perito que la entrevistó, su padre cumplió apenas un tercio de la breve condena que recibió y nunca hubo protección para ella ni su familia posteriormente.
La sentencia generó conmoción y las protestas organizadas por los hermanos de Moisés desencadenaron un debate público en Uruguay sobre el rol del Estado en la violencia intrafamiliar.
Incluso el presidente uruguayo, Yamandú Orsi, recibió a Ana y a Sara en una audiencia privada días después de la sentencia contra Moisés.
La defensa apeló para que se suspenda la condena. Mientras tanto, la jueza admitió que Moisés espere la decisión definitiva en prisión domiciliaria, monitoreado por las autoridades con una tobillera electrónica.
En este testimonio en primera persona, que fue editado para garantizar la claridad del relato, Sara Martínez cuenta la historia de su familia.
“Recordaba haberle tenido mucho pánico a papá en tercero de escuela. Pero cuando empecé a caer en una depresión y comencé terapia, se desbloqueó un recuerdo de jardín de infantes, o sea que tenía 4 o 5 años.
La casa era de madera y no teníamos habitaciones para nosotros, siempre dormíamos en cuchetas (literas) en una pieza de madera de dos por dos.
La primera situación de abuso que me pasa en esa pieza de madera ocurrió mientras mis hermanos estaban durmiendo. Mi padre estaba abusando de mí y tenía enfrente a mi hermano y al costado a mi hermana, con una impunidad tremenda.
No era un cuarto en sí, sino como si fuera el living o el comedor, que también se usaba de cuarto. En el otro lado de la cocina dormíamos nosotros en cuchetas. Él me sacaba de la cucheta y me llevaba a la parte donde él dormía.
Algo que me marca hasta el día de hoy es que cada vez que mi padre abusaba de mí, me pedía perdón llorando mucho. Al principio, yo intentaba creer que iba a cambiar. Pero llegué a contar hasta la vez 60 y dije: ‘Ya está, este tipo no va a cambiar más’.
La mayoría de los abusos se daban en la noche. Mi madre se iba de madrugada a trabajar en un supermercado y entraba muy temprano y yo ya sabía que iba a venir mi padre y era otra vez lo mismo.
Yo los contaba porque me decía que alguna vez me iba a animar a hablarlo.
Además de pedirme perdón, aparecía con un alfajor que me encantaba, de maní, chocolate y dulce de leche, y que ahora no lo puedo ni comer. Me sentía culpable, sentía que yo permitía que me abusara para comerme el alfajor.
Ahora me genera mucha bronca la palabra perdón, porque siento que lo tenés que utilizar cuando realmente tenés intenciones de que te disculpen y no solamente como lo usaba mi padre, que era para manipularme y para que yo no hablara.
La niña más grande es Ana, en el centro está Moisés y la bebé es Sara. (Cortesía de Sara Martínez).
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Y no sólo tengo recuerdos de abusos sexuales, sino también de torturas.
Yo no me olvido más de la primera vez que mi padre llegó del trabajo y yo no lo quería saludar porque le tenía mucho miedo y me dejó encerrada en el galpón hasta la madrugada, solamente porque no lo quise saludar.
De madrugada se levantaba y nos llevaba al baño, nos abría la ducha y nos dejaba bajo agua fría por horas o nos ponía pedregullos (grava o piedras pequeñas de construcción) y nos hacía arrodillarnos y quedarnos ahí a modo de castigo.
De eso tengo millones de recuerdos.
Antes de pegarle a mis hermanos, yo tenía como un trabajo asignado: cada vez que él llegaba de trabajar, yo tenía que limpiarle los pies y estar más de 40 minutos o una hora con sus pies apoyados encima de mis piernas.
No recuerdo una situación de abuso en la que estuviera mamá, él siempre esperaba a que ella se fuera… Aunque ahora pensándolo bien, también ocurrió una situación de abuso mientras estaba mi madre.
Cuando yo fui creciendo y él me hacía limpiarle los pies, me empezaba a tocar la vulva con el pie. Aprovechaba cuando mi madre se daba vuelta o estaba cocinando y lo hacía y se reía. Mirá… estoy desbloqueando más recuerdos.
Recuerdo hasta ir en moto y que mi padre agarrara mi mano para que yo le tocara el pene.
Mi sueño era vivir sin mi padre. Cuando yo era chiquita pensaba: ‘Guau, ¿cómo será estar sin él?’. Y por otro lado tenía otra Sara diciéndome: ‘No imagines eso porque nunca va a pasar’.
Era ese contraste de luchar contra mis pensamientos y mis ganas de hablar sobre el miedo que tenía a todo lo que generaba papá“.
Ana, Moisés y Sara sentados en la moto de un tío materno en Paysandú, en el norte de Uruguay. (Cortesía de Sara Martínez).
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“Ahora conecto algunas cosas. Nosotros sentíamos diferencias con mi hermana. Él le compraba ropa o los championes (zapatillas) que ella quería. Nosotros podíamos estar con los championes rotos que a él no le importaba.
Ahora entiendo la manera de manipulación y de violencia hacia ella, como silenciándola.
De adolescente, a mi hermana le pasaba que cuando se iba al liceo, mi padre volvía y le decía: ‘¿Por qué estuviste en tal esquina? ¿Qué estabas haciendo? ¿Por qué hiciste esto a tal hora?’. Él sabía todos los movimientos, lo mismo con mi madre.
Era como un autoritarismo, no sé cómo hacía, la verdad. Era un control tremendo.
Mi hermana, siendo adolescente, empieza a tener su primer novio y mi padre llegó un día recontra enojado a mi casa porque había visto a mi hermana de la mano con su novio.
Mi hermana entró a casa, mi padre la empujó a la cama, se le tiró encima y la empezó a ahorcar. Yo la vi violeta y en ese momento pensé: ‘Tengo que hacer algo porque se muere’. Le dije: ‘Basta, la vas a matar’.
Él se dio vuelta y no me olvido más de su mirada de monstruo, como un ogro que me estuviera mirando. Me encajó tremenda patada, pero siento que gracias a eso hoy mi hermana está con vida porque él literal ese día la mataba».
Ana, en el centro, junto con sus hermanos menores Sara y Ezequiel. (Cortesía de Sara Martínez).
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“Yo pensé que solamente abusaba de mí, hasta que un día vi cómo abusaba de mi hermana y ahí fue cuando me animé a denunciar.
Era el último período de la escuela, ya era noviembre o diciembre, y yo ya después pasaba al liceo. Vi esa situación de abuso y dije: ‘Algo tengo que hacer’.
Entonces lo escribí en un papel. Me acuerdo que puse: ‘abuso sexual’ y se lo di a mi mejor amiga en ese momento. Ella también era chica y no entregó el papel, sino que otra compañera lo agarró y se lo llevó a la directora.
Allí es cuando empezó todo.
La directora me llamó. Yo en principio lo negué, porque tenía mucho miedo. Yo quería hablar, pero por otro lado no sabía lo que se me iba a venir.
Al otro día, cuando fui a la escuela, inició este proceso de declaración con tres personas que no sé muy bien quiénes eran, profesionales, y empezaron a indagar sobre los abusos.
Ellos ya habían detectado que la situación de abuso era intrafamiliar y en vez de sacarme enseguida, me dejaron volver a mi casa. Estuve tres días así, pensando un montón de cosas porque yo decía: ‘Si mi padre se entera, me mata. ¿Qué estoy haciendo?’.
Cada vez que abusaba de mí, mi padre también me decía que le iba a sacar un padre a mis hermanos (si hablaba). Entonces yo me sentía recontra culpable.
Por otro lado, había una Sara más razonable que decía: ‘No, esto que estás haciendo está bien y estás ayudando a tus hermanos a que no vivan más con este monstruo’.
Era esa mezcla de sentimientos y de mucho miedo: alivio por un lado y miedo por el otro. Fue muy difícil».
Mercedes Pereira, madre de Sara y sus hermanos, celebrando el cumpleaños de su hijo menor después de que su esposo fue detenido por la denuncia. (Cortesía de Sara Martínez).
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“En la escuela llamaron a mi madre y le dijeron lo que había pasado. Me acuerdo que entré a una salita y ahí mamá lloraba un montón y me trasladaron al hospital.
Fue horrible. La segunda experiencia más traumática fue con el perito.
Me hicieron pasar a una sala con mi hermana, que era menor y yo quería que se animara a hablar. El perito me puso una regla y me pidió que le marque el tamaño del pene de mi padre.
Yo me puse a llorar mucho, empecé a llamar a mamá y mi hermana me agarró la mano. Y él me decía riéndose: ‘Dale, decilo, que a las mujeres que están acá les encanta’, haciendo alusión a mi hermana y a otras dos mujeres que estaban ahí, que yo no sé qué rol cumplían.
También me preguntó cómo era el semen de mi padre. Todo eso para saber si el abuso había sido real cuando yo ya venía de tres días en la escuela de hablar de las situaciones que pasaba con mi padre.
No era la manera. Cuando una se anima a denunciar una situación de violencia sexual, lo que menos tienen que hacer es ponerle un varón. En ese momento, con 12 años, yo entendía que estaba mal que me pusieran un varón.
También entendía que las preguntas que me estaban haciendo eran horribles.
Vos no entendés que eso que te está haciendo tu padre no está bien. Lo empezás a comprender más de grande. Es exigirle a un niño o una niña que se anime a denunciar una situación cuando ni siquiera sabe bien qué es lo que está pasando.
Tu cabeza se desarma. Vos decís: ‘¿Qué está haciendo mi padre? ¿Mi propio padre me está tocando?’. Me marcó mucho esto, me sigue costando hasta ahora.
Encima del abuso, mi padre se sentía con la libertad de hacer comentarios todo el tiempo sobre mi cuerpo: que cuando fuera grande iba a tener unos senos lindos, de que me iban a crecer pelos como le crecían a él.
Todo eso mientras transcurrían las situaciones de abuso. Era aberrante».
Sara, a la izquierda, como abanderada en su escuela el mismo año en que denunció a su padre. (Cortesía de Sara Martínez).
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“Mi padre fue un monstruo. En su discurso para la escuela, él era un pobre tipo desamparado que se había ido de su casa cuando era adolescente porque su propio padre había abusado de su hermana.
Por eso nosotros nunca conocimos a nuestro abuelo paterno, porque él nos dijo indignadísimo que se fue de la casa porque su padre abusó de su hermana y él terminó haciendo lo mismo con nosotras.
Una de las cosas que a mí también me lleva a denunciar es la bronca que le junté por esa indignación que él traía cada vez que pasaba algo contra un niño o una niña.
Íbamos a la iglesia evangélica y él era como el mejor cristiano, el mejor hijo de Dios, el hijo perfecto, el que iba todos los domingos con sus hijos y lloraba arrepentido, nos abrazaba, pedía perdón por sus pecados.
Esa era la imagen de mi padre, el mejor padre del mundo.
Cuando fueron a capturar a mi padre, se dio a la fuga y lo detuvieron al tercer día.
Él declaró que hacía lo que hacía porque sabía que tocando a una de sus hijas era la manera de lastimar a mi madre. Ese fue su argumento.
Y como lloraba arrepentido, le dieron tres años nada más. Para mí era muy poco porque yo era consciente de que mi padre había abusado de mí más de tres años. Y encima después redujeron la pena.
Para mí se caía un poco de maduro que si había un padre que estaba abusando de una hija, seguramente estaba abusando del resto de sus hijos.
Cuando estuvo en la cárcel, sé que mi padre llamaba a mi hermana para decirle que si hablaba, mi madre iba a aparecer muerta.
Después de que salió de la cárcel, mi hermano (Moisés) intentó revincularse con él. Es como esa necesidad de tener un papá y de pensar que él había cambiado.
Yo lo que hice fue alejarme. Le pedí a mis hermanos que si ellos iban a tener contacto con mi padre, no me lo nombraran más, porque para mí era una persona que representaba mucho dolor».
Moisés, Ana y Sara ya más grandes. (Cortesía de Sara Martínez).
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“La relación con mamá cambió. Aunque nos quedábamos casi todo el día solos porque ella tenía que trabajar, compartíamos un poco más cuando llegaba.
No estábamos con ese miedo de que sabíamos que iba a llegar papá.
Empezamos a ir al parque; empezamos a tener nuestra primera navidad, que con nuestro padre tampoco podíamos por la religión. Empezamos a tener Reyes, a festejar nuestros cumpleaños.
Empezamos a vivir porque los años anteriores estuvimos sobreviviendo.
Recuerdo un día que me marcó mucho de chiquita. Entré a casa porque sentí llantos y mi madre estaba colgada. Mi padre la levantó el cuello, me acuerdo patente de ver sus pies en el aire y yo salí llorando porque pensé que mamá no iba a vivir más.
Cuando volví, en cuestión de minutos, mi padre estaba sentado con ella tomando mate. Yo no entendía nada, pero claro, mi madre no podía escapar de ese círculo de violencia.
Ahora conecto muchas situaciones de ver a mi mamá con la cara hinchada. Muchas veces ella se tapaba con una bufanda negra y nos decía que se había sacado una muela, siempre nos buscaba alguna excusa.
Pero éramos conscientes del maltrato de mi padre hacia ella, no de todo lo demás, de las violaciones y de que una vez ella perdió un embarazo.
Mi padre la hizo abortar. Le puso la rodilla encima de la panza y de noche mi madre perdió el embarazo. Ella siempre culpó al médico porque él le decía que había sido culpa del médico y después se acordó de ese momento.
Mamá me contaba que iba a consulta y él le decía que tenía que abortarme. Ella le pidió al médico que le dijera a mi padre que el embarazo estaba muy avanzado y que no se podía hacer».
Mercedes Pereira en el centro, de negro, junto con sus hijos. (Cortesía de Sara Martínez).
“Cuando mi padre salió de la cárcel, el propio pastor de la iglesia le prestó un lugar para vivir.
Lo primero que hizo fue ir a buscarme al liceo. Yo quedé choqueada porque no sabía que mi padre podía salir antes. Me acuerdo que tuve que mirar dos veces para ver que era real, que era él el que estaba ahí.
No lo podía creer.
Él de nuevo intentó pedirme perdón. Íbamos a la iglesia y nos decían que la única manera de sanar era perdonando todo y que no era nuestro padre el que había abusado de mí, que era un demonio que se había metido en él.
El pastor de la iglesia dijo eso y ese discurso me terminó comiendo en ese momento. Después no quería volver al liceo porque no me lo quería encontrar.
Se dio una situación con él donde yo lo termino viendo porque supuestamente había tenido un accidente por mi culpa y se estaba por morir.
Él me pidió perdón llorando otra vez y de nuevo intentó abusar de mí. Ese fue mi límite. Dije: ‘Nunca más’.
No lo volví a denunciar porque no quería pasar otra vez por el proceso que había pasado».
Sara junto con sus hermanos años después de que su padre abandonara la casa. (Cortesía de Sara Martínez).
“Con Moi hubo un ensañamiento. Si a nosotras nos daba con un látigo cinco veces, a Moi le daba 20 veces con el látigo.
Hay muchas cosas que nos fuimos enterando en el juicio. Hubo un psicólogo, que era un perito, que confirmó que sí hubo situaciones de abuso hacia él.
Como era carpintero y albañil, mi padre dejaba a mi hermano trabajando hasta horas de la madrugada en el galpón.
Moi tiene una cicatriz (en la cara), que es donde tiene un tatuaje de una cruz. Eso fue un martillazo que mi padre le pegó.
Me acuerdo un día que llegué de la escuela y no encontraba a Moi. Me fui al galpón y Moi estaba arrodillado, llorando.
Tenía una remera blanca y cuando se la levantó, en la espalda tenía todas las marcas de los golpes que le había dado mi padre.
Moi nunca se resistió, le tenía mucho miedo a mi padre. Era como omnipresente, hasta cuando no estaba generaba terror.
Yo no dimensioné las secuelas que quedaron en él. Por ejemplo, le pasa que si ve unos zapatos de construcción, le genera mucho miedo porque le hacen acordar a mi padre.
Moisés sufrió severos castigos físicos a manos de su padre cuando era niño. (Cortesía de Sara Martínez).
Lo que pasó el año pasado es que mi madre vivía en Paysandú (en el norte del país). Mi hermano Moi fue de visita y la vio mal.
Le preguntó qué le pasaba y mi madre le contó que mi padre le había dicho a mi hermana que tenía intenciones de mudarse a Paysandú y quería reclamar la tenencia de mi hermano más chico, que tiene 15 años.
Mi madre se puso a llorar mucho y se sacó toda la dentadura. Nosotros sabíamos que era postiza y eso a Moisés lo dejó choqueado: la impresión de ver a su madre sin dientes y el pánico que tenía de que mi padre se apareciera.
Mi hermano volvió un viernes a Montevideo, habló conmigo y habló con mi hermana. Ella le confirmó que los abusos habían sido reales.
Había muchas cosas que yo no las había hablado ni con mi terapeuta. Fue como poner a dos niños a contarse las situaciones de violencia que habían vivido y las secuelas que quedaron.
Yo nunca lo había visto llorar de esa manera. Me decía: ‘Hermana, me duele mucho el pecho’. Esas 48 horas previas fueron como un boom de información para él».
Sara y sus hermanos hicieron parcantas y convocaron protestas en apoyo a Moisés durante el juicio. (Cortesía de Sara Martínez).
“Mi hermano estaba en una situación de colapso. Lo último que me dijo ese sábado fue: ‘Hermana, llévame al parque a jugar’.
Cuando mi padre estaba preso, mi madre nos empezó a llevar al parque.
Él quería ver a mi padre para que nos pidiera perdón, que nos diera una explicación y decirle que no se apareciera nunca más.
Yo le conté muchas cosas a Moi ese día, como para decirle de lo que mi padre era capaz. Mi intención era que no fuera, pero terminó yendo igual y ahí se dio el desenlace.
Mi cuñado me avisó que Moi había matado a papá y ese día yo saqué a esa niña interior que siempre quiso gritar la mierda que había sido mi padre.
Mi hermana llegó antes. Si bien el cuerpo estaba cuando llegué, no lo vi, no quería verlo. A mi hermano ya se lo habían llevado.
Cuando nos llevaron a Homicidios a declarar, él estaba en una celda donde no pudimos verlo, pero me mandó a decir que ya me podía comer el alfajor en paz».




