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El carnaval de Ayacucho se celebra y se hereda. Cada febrero, Huamanga se viste de picardía y en cada esquina se juega con talco, serpentinas y globos de agua. Se entonan coplas y en las comparsas hay espacio para todos: grandes, chicos, bailarines, turistas, instituciones e incluso otakus (quienes hace unos años ya cuentan con una presentación oficial).
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En Huamanga, las comparsas avanzan cantando coplas que hablan desde romances fallidos hasta polémicas políticas. El humor es vehículo y también crítica mientras se corea por la plaza. En Huanta, en cambio, el quechua sostiene las melodías. Las letras, en tanto, evocan la producción, la cosecha, la vida comunal.
En esa línea, Francisco Meléndez reflexiona sobre lo importante que es defender la tradición. Cabeza de la comparsa de la Familia Meléndez, este ayacuchano orgulloso comenta a Somos que hace casi un siglo su familia hace historia en los carnavales ayacuchanos. “Todo inició con mi abuela, Maximiliana Quino de Gutiérrez. Ella formó un grupo con el barrio de Santa Clara. Una mujer entusiasta que se juntó a mi abuelo, que era músico. Poco a poco la tradición se fue asentando, caminando en cada carnaval”, rememora.

Francisco Meléndez (en la foto) lidera, junto a su hermano José Luis, la comparsa Familia Meléndez y Amigos, que parte desde el barrio de Santa Clara.(Foto: Richard Hirano)
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Mientras sostiene una postal de esos inicios, pareciera que Meléndez abrazara la herencia viva. “Conservar la tradición en un mundo que va tan rápido es complejo. Muy pocas comparsas conservan la verdadera tradición. Hace años eran de máximo 50 personas. Se componían canciones en tema burlón y luego se cantaban huaynos mientras las mujeres se formaban en círculo bailando alrededor de los varones, músicos en su mayoría, en el centro”, comenta.
También la estética ha mutado. “Antes, todo el vestuario de las mujeres era blanco, con el acento de color dado por la lliclla. Los hombres siempre deben usar poncho en color nogal, fabricado en fibra de vicuña y heredado de generación en generación”. Francisco, por supuesto, cuenta con uno heredado por su abuelo y tejido por su abuela, mientras apunta que fueron tres las piezas que se le otorgaron: “Una la utilizo yo en cada carnaval, la otra es de mi hijo y la última estoy guardándola para mi nieto”.

La tradición de los Meléndez en el carnaval ayacuchano data de un siglo de historia. En la foto, de los años 60, destaca la abuela Maximiliana Quino, en el centro. (Foto: Richard Hirano)
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En Huanta, mientras tanto, el concurso de comparsas se distingue por su intensidad. El premio al ganador supera los 30 mil soles y la categoría más esperada es la altoandina. Comunidades campesinas bajan desde las alturas hasta la plaza principal para presentar números artísticos con música en vivo en quechua. Tinyas, guitarras, quenas y quenachos marcan el ritmo. Asimismo, las coreografías representan lo que producen y cosechan durante el año: tunas, paltas, lúcumas y más. A veces, incluso, hay demostraciones de Takanakuy: manifestación cultural que simboliza lucha, justicia y reconciliación a través del enfrentamiento ritual con huaracas. Una puesta en escena con identidad de principio a fin.
PERFIL VIAJERO
María del Sol Velásquez – Directora de Promoción del Turismo de PROMPERÚ
Actualmente, Ayacucho busca atraer principalmente a un viajero con perfil cultural y de naturaleza, interesado en conocer el patrimonio histórico, las tradiciones vivas y las expresiones auténticas de la identidad andina. Este enfoque se complementa con la captación de un turista joven, motivado por festividades, experiencias en entornos naturales y destinos no masificados. En el caso del viajero internacional, se valora especialmente el contacto directo con comunidades locales, la historia y el aprendizaje cultural.
De acuerdo con el último Perfil del Vacacionista Nacional de PROMPERÚ, el visitante que llega a Ayacucho corresponde principalmente a un viajero joven adulto, con una edad promedio cercana a los 35 años y una marcada presencia del segmento entre 25 y 34 años. Se trata de un turista motivado por conocer nuevos lugares (34 %), descansar o relajarse (23 %) y compartir tiempo con la familia (20 %), que previamente busca información principalmente a través de internet (98 %) y recomendaciones de su entorno cercano.

En Huanta, los bailes de carnavales se coronan con representaciones de Takanakuy entre hombres y mujeres, manifestación cultural andina que combina ritual, justicia comunitaria y catarsis colectiva. (Foto: Richard Hirano)
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Toda fiesta necesita un personaje que cargue con los excesos. En Ayacucho, ese rol lo cumple el Ño Carnavalón. Luis Carlos Ariste, artista del colectivo Killinchu, fue este año uno de los encargados de darle forma al muñeco de más de cinco metros que da apertura a la festividad. “Nos ha tocado la suerte de elaborar al Ño Carnavalón, una tradición que se mantiene viva desde los años 60”, explica.
La construcción es casi artesanal: carrizo, papel craft, madera, pintura especial para soportar la lluvia y telas que adornan al personaje. “Es una responsabilidad encargarse de esta alegoría, porque marca el inicio del carnaval”, dice Ariste a Somos, minutos antes de que su creación pasee por las principales calles de Huamanga.













