La colección de libros interculturales de la Biblioteca Nacional del Perú tuvo uno de sus momentos más significativos durante la 30.ª Feria Internacional del Libro de Lima. En el auditorio Laura Riesco, la institución presentó un catálogo que reúne obras emblemáticas de la literatura peruana traducidas al quechua, shipibo-konibo, ashaninka y awajún, junto con publicaciones que rescatan la tradición oral del país. Entre ellas destacó “Canciones viajeras”, de Pepita García Miró, quien participó en la actividad junto con Elena Montalvo, Gerson Rivera, Malkiel Moreno y Consuelo Amat de León. Más allá de la presentación, el libro vuelve a poner sobre la mesa una pregunta esencial: ¿cómo lograr que las canciones populares sigan encontrando nuevas voces que las mantengan vivas?
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Esa convicción explica una de las decisiones más particulares de “Canciones viajeras”. El volumen incorpora códigos QR para que los lectores no solo encuentren las letras, sino también las melodías originales. La intención era que las canciones pudieran volver a escucharse y, sobre todo, volver a cantarse. “Tanto idiomas como ritmos que aumentan nuestra experiencia se aprenden fácilmente en la música”, sostiene la autora, convencida de que el aprendizaje ocurre con mayor naturalidad cuando involucra la voz, el oído y el cuerpo. Incluso confiesa que le habría gustado que la publicación incluyera un dispositivo con las grabaciones para que padres e hijos pudieran descubrir juntos ese repertorio. En su visión, la tradición oral no se conserva únicamente en los archivos, sino también en las salas de las casas, donde una canción puede pasar de una generación a otra sin perder vigencia.
Detrás de cada página hay también un trabajo de búsqueda que llevó a García Miró a seguir el rastro de melodías que cruzaron fronteras y cambiaron con el paso del tiempo. “La Veguera”, por ejemplo, le permitió descubrir que una misma canción podía encontrarse en distintos países con variaciones en sus letras y ritmos, mientras que “El Guaranguito” la sorprendió por esconder una receta dentro de su estructura. Son hallazgos que confirman el carácter viajero de estas composiciones y que refuerzan una idea que atraviesa todo el libro: la música solo permanece cuando alguien decide volver a interpretarla. “La música nunca será una pieza de museo si se mantiene viva, es decir, siendo repetida, transmitida y cantada”, resume la escritora. En tiempos en los que gran parte del patrimonio cultural se consume desde una pantalla, “Canciones viajeras” propone algo mucho más sencillo y, quizás por eso mismo, más perdurable: reunirse para cantar.












