Los peruanos no habíamos imaginado en mucho tiempo estar, de pronto, ante un calendario político tan mortal como el que se pinta en las actuales circunstancias, poniendo en juego la sobrevivencia de la propia democracia, incluida la que resiste en el papel de la Constitución. La mortalidad no solo es humana; es también institucional, más aún si toca gravemente una forma de organización humana como es la democracia.
Estamos ante un calendario político tenso y dramático que va a tener que definir si podremos, finalmente, dejar atrás el lúgubre y morboso apetito por el poder, venido del caudillismo histórico y de la inestabilidad cíclica de 200 años que reclama la urgencia de un presidencialismo fuerte, debidamente controlado, frente al frágil de hoy, irresponsablemente descontrolado. O si vamos a terminar asistiendo al final de una anarquía total, igualmente mortal.
El amenazante calendario que enfrentamos es como el de las epidemias o pandemias fulminantes, con la morbosidad por el poder y la inestabilidad política como sus agentes virales. Los cuatro momentos de su evolución son claves: de hoy martes 3 de marzo al 18 de marzo (16 días), para saber si el Gabinete Ministerial presidido por Denisse Millares obtiene el voto de confianza del Congreso; del 18 de marzo al 12 de abril (menos de 30 días), para saber si tendremos elecciones y cómo saldremos de ellas; del 12 de abril, ya con un Congreso electo, al 7 de junio, para saber lo que nos deparará la segunda vuelta electoral presidencial; y del 7 de junio, elegido el mandatario de turno, al 28 de julio, para saber si tendremos Gobierno y Congreso por cinco años o gobiernos y congresos anormales por todo ese tiempo o tal vez por un tiempo más largo, como ha sido la tumultuosa década del 2016-2026 que cerraremos dentro de poco con diez jefes de Estado.
Las proyecciones políticas y democráticas de marzo, abril, mayo, junio y julio demandan los mayores cuidados intensivos. Las condiciones básicas en materia de autoridad, garantías, respeto, tolerancia y confianza son de las más precarias. Inclusive así, aún pueden tornarse peor si los principales actores –presidente, ministros, parlamentarios, partidos políticos, candidatos y electores– no llegan a ponerse por encima de sus mutuos recelos, mutuos complejos y mutuas recriminaciones.
Bajo este sombrío panorama, cualquier eventual negación de la confianza del Congreso al Gabinete Ministerial podría arrastrarnos a un peligroso escenario: a la designación, compleja y engorrosa, de un nuevo Gabinete con un nuevo tiempo más para obtener un nuevo voto de investidura (cabe destacar que, según la Constitución, el Parlamento es indisoluble el último año del mandato presidencial, pese a que existan dos negaciones de la cuestión de confianza).
No hay, pues, más tiempo para encarar las condiciones de mortalidad de un calendario político duro e inamovible. Hagamos uso, patrióticamente, de la mayor voluntad política plural posible para cruzar, con suerte, por lo menos la línea de vida del sistema democrático, por el que nos queda hacer aún muchas cosas por su fortaleza y perdurabilidad.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.




