Por el año 650, el Imperio sasánida de Persia (el Estado iraní de la época) cayó ante las hordas conquistadoras de los árabes musulmanes, quienes rápidamente impusieron su religión. Pero con la misma rapidez, los árabes fueron conquistados por la burocracia persa, cuyas técnicas administrativas se extendieron por todo el califato gracias a la habilidad de sus funcionarios y sátrapas.
Este orden imperial eficiente, heredado por generaciones, volvió a ser protagonista en el siglo XIII, cuando los mongoles les arrebataron Persia a los árabes y encargaron a los mismos burócratas la administración de esa parte del imperio.
Dos mil quinientos años de un orden administrativo perpetuo evitaron también el colapso de la sociedad durante la revolución iraní de 1979, pues el ayatolá Jomeini, lejos de desarticular el Estado del Sha (el último emperador), construyó la República Islámica sobre él, utilizando las estructuras vigentes. El milenario Estado iraní ha sobrevivido a múltiples invasiones, conquistas, revoluciones y cambios de dinastía sin caer en guerra civil, y la presente situación no debería ser una excepción. Israel, principal instigador y artífice de la guerra de Irán, conoce y entiende esta realidad, y estaría apuntando a que esta juegue a su favor.
Israel apuesta a que un “cambio de régimen” en Irán no implicaría el colapso del Estado, sino el reemplazo de su dimensión religiosa/teocrática por una civil/democrática más neutral o amigable. Las bases del Estado iraní siguen siendo civiles, mientras que en la cúspide gobierna una clase clerical, sostenida únicamente por las armas del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), una fuerza paralela al ejército regular que responde al líder supremo, un ayatolá que no es irremplazable. El régimen está diseñado para resistir todo, pero su estructura es una que Israel buscaría aprovechar para burlar a los clérigos.
Por ello, Israel y Estados Unidos comenzaron con la decapitación del régimen, asesinando al líder supremo y a altos mandos de la CGRI, y ahora se concentran en destruir la infraestructura bélica y económica de esta, así como su capacidad de proyectar poder dentro y fuera del país. Los ataques se dirigen principalmente contra la CGRI, los Basij —su fuerza paramilitar de represión interna— y la Fuerza Quds, su brazo internacional.
Israel apunta a que se repita el ciclo milenario y que, después de una guerra corta de desarticulación de la CGRI, quede empoderada la base civil del Estado burocrático. Con esto, se abriría una ventana para que el pueblo se levante y exija cambios democráticos sin miedo a los Basij, y para que los funcionarios que queden entre las cenizas puedan llegar a algún acuerdo de convivencia con Israel. Una señal es observar a qué autoridades Israel no ha asesinado: el presidente Masoud Pezeshkian —un administrador moderado y reformista— y el pragmático consejero de seguridad Ali Larijani, quien hoy administra de facto el país.
Sin embargo, los planes de Israel podrían también terminar en cenizas, pues la CGRI está demostrando una brutal capacidad de guerra asimétrica. Los misiles de la CGRI se están agotando, pero aún conserva miles de drones baratos y bombas de racimo que están causando penurias, y que son interceptados por misiles estadounidenses costosísimos que también se agotarán. Es una carrera contra el tiempo para ver qué se acaba antes: los drones iraníes o los misiles y la paciencia de Donald Trump, quien está dando señales de desesperación por el alto costo y la ínfima aceptación (35%) de la guerra en Estados Unidos, en un año de elecciones congresales.
Si bien la gran mayoría de drones iraníes son interceptados, la CGRI sabe que basta un porcentaje mínimo de destrucción en los aeropuertos, hoteles y oleoductos de los emiratos del Golfo Pérsico para sembrar el pánico. Con su marina de guerra ya hundida en el golfo, la CGRI ha recurrido a plantar minas submarinas en el estrecho de Ormuz usando botes pequeños, y amenaza con lanzar drones a cualquier barco que intente pasar. Por esta vía pasa el 20% del petróleo mundial, lo que ha disparado el precio del crudo y de la gasolina en los grifos de Estados Unidos.
Si este desbarajuste se prolonga, la imagen de oasis de estabilidad que proyectan los Estados del Golfo podría quedar destrozada, dañando a largo plazo el modelo occidental. Los emires pasaron del shock inicial a la furia contra Irán, y si el conflicto persiste se irán también contra Trump, presionándolo para retirarse. La resistencia de la CGRI frente a la paciencia del emir de Abu Dabi con Trump, y la voluntad de Israel de continuar solo, constituyen otra carrera para ver quién aguanta más. La táctica central de la CGRI es causar incertidumbre en la economía y el comercio mundial, creando zozobra en una región crucial, de tal manera que Estados Unidos no resista el shock y tenga que detenerse porque le está costando demasiado caro.
Finalmente, la primera reacción de la CGRI ha sido de desafío, pues ha nombrado a Moqtaba Khamenei como líder supremo en sucesión de su padre, el asesinado ayatolá Alí Khamenei, pese a no ser un clérigo de alto rango y ser considerado un pelele. Con este acto de nepotismo, la CGRI envía un mensaje clarísimo: “nosotros estamos en control” y “acá todo sigue igual”, lo que irónicamente también valida el objetivo israelí de eliminarlos. Khamenei junior no solo mantiene la línea radical —y corrupta— del padre, sino que, al haberlo perdido junto a su madre, hermana, esposa y uno de sus hijos en el primer día de la guerra, y al haber sido herido durante el mismo ataque, no querrá transar nada con Netanyahu y Trump. Israel buscará ahora asesinarlo.
Si la CGRI sobrevive al intento de Israel por destruirla —en su búsqueda de la “Delcy Rodríguez de Irán” entre los burócratas—, el plan B podría ser la “hezbollización” de Irán. Es decir, tratarían a Irán como tratan a Líbano: lanzando misiles contra la CGRI cada vez que lo consideren necesario, tal como lanzan misiles a Hezbollah casi a diario. Por el bien de todos, esperemos que el plan A funcione cuanto antes. Al menos Israel y Estados Unidos están causando menos estragos que los mongoles, por lo que el Estado y el orden civil deberían sobrevivir.




