En las calles de La Paz, en los mercados de Santa Cruz, en las minas de Oruro donde el eco de los martillos resuena con siglos de historia, en los viñedos de Tarija donde la tierra promete abundancia, en cada rincón de nuestro territorio se respira algo distinto. Una mezcla de esperanza y urgencia que no habíamos sentido en décadas. Porque después de 200 años de independencia, Bolivia está a punto de vivir el momento más decisivo de las últimas décadas.
Las cifras son implacables: nuestras reservas internacionales han tocado fondo, las colas para conseguir combustible se extienden como heridas abiertas en nuestras ciudades y el dólar se ha vuelto un espejismo para millones de bolivianos. Pero detrás de cada estadística hay rostros, familias que luchan día a día, sueños que se desvanecen mientras esperamos que alguien, por favor, tome las riendas de nuestro destino.
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Este 17 de agosto no será una elección más. Será el día en que decidamos si queremos seguir siendo espectadores de nuestra propia decadencia o protagonistas de una transformación que necesitamos con urgencia. Porque lo que ocurra en Bolivia en los próximos años definirá no solo nuestro futuro, sino el lugar que ocuparemos en una región que añora aires de renovación y esperanza.
Las encuestas hablan de una segunda vuelta entre Samuel Doria Medina y Jorge “Tuto” Quiroga. Dos hombres, dos visiones, dos caminos que podrían llevarnos hacia horizontes completamente distintos. Pero más allá de los nombres, más allá de las promesas de campaña, lo que realmente está en juego es algo mucho más profundo: la oportunidad de demostrar que los bolivianos podemos construir grandeza desde la diversidad.
En el mundo empresarial boliviano existe una historia que pocos conocen, pero que todos deberíamos recordar. Dos firmas jurídicas que durante años fueron competidores feroces decidieron un día dejar atrás las diferencias y unir fuerzas. No fue fácil. Había heridas, desconfianzas, orgullos lastimados. Pero cuando se comprendió que compartían una visión más grande que sus mismas divergencias individuales, algo mágico ocurrió. Hoy son la firma legal más importante del país, con presencia en seis ciudades y más de 230 profesionales trabajando por el mismo sueño.
Si dos empresas pudieron hacerlo, ¿por qué no puede hacerlo un país entero? Necesitamos líderes que entiendan que gobernar Bolivia en el 2025 no es solo administrar crisis, sino construir futuro. Que comprendan que cada decisión que tomen en el Palacio Quemado repercutirá en la mesa de cada familia boliviana, en los sueños de cada joven que se pregunta si vale la pena quedarse en su tierra o si debe buscar oportunidades en el extranjero.
La región nos observa con una mezcla de curiosidad y escepticismo. Hemos sido, durante demasiado tiempo, el país de las oportunidades perdidas, de los recursos mal aprovechados, de los conflictos que parecen no tener fin. Pero también somos la nación que tiene todo para ser grande: riquezas naturales envidiables, una diversidad cultural que es patrimonio de la humanidad y un pueblo que ha demostrado una y otra vez su capacidad de resistencia.
Este momento histórico exige algo más que votos. Exige que cada boliviano entienda que el 17 de agosto no elegimos solo un presidente; elegimos el tipo de país en el que queremos vivir durante las próximas décadas. Elegimos si seguiremos siendo el corazón olvidado de Sudamérica o si nos convertiremos en el motor que impulse a toda la región hacia un futuro mejor.
La historia nos ha enseñado que los momentos de crisis son también momentos de oportunidad. Que cuando todo parece perdido, cuando las circunstancias nos obligan a mirar hacia adentro y tomar decisiones difíciles, emergen las verdaderas transformaciones.
Bolivia está lista. Sus hijos están listos. El momento es ahora.
Que esta vez, por fin, seamos nosotros quienes escribamos el final de nuestra propia historia.
(*) Alonso Indacochea Pardo de Zela es abogado miembro de YPO (Young Presidents’ Organization)













