sábado, enero 17

Una noticia apareció antes en los periódicos locales arequipeños: “Anciano de 119 años busca afanosamente a su único hijo”. Pero lo que parecía una de tantas historias de abandono y vejez, pronto reveló una verdad asombrosa.

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El Comercio destacó no solo al longevo soldado que conoció a Bolognesi sino también su voluntad de ayudar en la Colecta Pro Marina. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)

Ese anciano encorvado, de andar pausado y mirada de otro siglo, había luchado en la Guerra del Pacífico (1879-1883) y decía haber conocido personalmente al coronel Francisco Bolognesi. El mismo que, ante el ultimátum chileno, respondió con valentía y honor: “Tengo deberes sagrados que cumplir y los cumpliré hasta quemar el último cartucho”.

Pues, como viejo soldado, Telésforo Quirita fue uno de los primeros que supo de esa histórica frase dicha ante el emisario sureño, el mayor Juan De la Cruz Salvo.

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LA COLECTA QUE QUIRITA QUISO APOYAR

Esos primeros días de mayo de 1959, el país entero se encontraba movilizado por la Colecta Nacional Pro Marina. El diario El Comercio, junto con otras instituciones patrióticas, impulsaba una campaña nacional para fortalecer la defensa marítima del país.

Se buscaba adquirir unidades navales, equipos, instrumental, porque se sabía que el mar no era solo horizonte: era frontera. Desde Tacna hasta Tumbes, los escolares, comerciantes, familias enteras salieron a las calles con alcancías metálicas y banderolas en mano.

Y fue precisamente en ese contexto que un corresponsal arequipeño del diario Decano encontró a don Telésforo Quirita, un anciano frágil, silencioso y memorioso.

Él vivía en una casona humilde del distrito de Miraflores, en la Ciudad Blanca. Allí, en un cuarto con olor a cera y devoción, rodeado de cuadros gastados de la Virgen de Chapi y el Señor de la Sentencia —herencia de su madre—, habló para El Comercio.

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La voz del exsoldado de Arica, dice la crónica del diario del 4 de mayo de 1959, era apenas un susurro algo ronco, ansioso, pero su mente aún estaba lúcida, hasta clara, casi como el cielo arequipeño que lo cobijaba.

EL BOLOGNESI QUE EL EXSOLDADO QUIRITA CONOCIÓ

Yo vi a Bolognesi”, dijo con convicción. “Tenía una mirada firme, era de las personas que no bajaban la cabeza”. Quirita tenía entonces 39 años. Marchó con su batallón hasta el sur, cruzando pampas, soportando la intemperie y el desaliento.

El señor Quirita recordaba a sus capitanes Montoya y Galdós, y a sus compañeros que cayeron frente a él en Arica. No recordaba la fecha, pero sí las voces, los gritos, el olor a pólvora. Y también el último estallido.

La batalla de Arica, librada el 7 de junio de 1880 en el morro, fue un sacrificio nacional. Un acto de resistencia frente al avance chileno, cuando todo parecía perdido.

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Allí murieron los oficiales Francisco Bolognesi, José Joaquín Inclán, Ramón Zavala, Benigno Cornejo, Juan Guillermo Moore, Alfonso Ugarte y el valiente cabo Alfredo Maldonado, de solo 16 años, entre otros, además de centenares de soldados rasos peruanos.

De estos últimos sobrevivieron varios, heridos y no heridos, que terminaron como prisioneros. Uno de ellos —quizás el último que quedaba vivo en 1959— fue Telésforo Quirita.

Solo quienes hemos visto desangrar a la patria conocemos el hondo significado que tiene esta iniciativa”, dijo Quirita al referirse a la Colecta Pro Marina. Tenía solo cinco soles en el bolsillo, pero los entregó sin vacilar.

El periodista del diario, conmovido, intentó devolverle el dinero, sabiendo que para el anciano podía significar su comida de unos días. Pero él se ofendió: “¿O es que mi dinero no vale?”, preguntó medio indignado. Así, con las manos temblorosas, pero con la satisfacción reflejada en su rostro, el viejo soldado entregó su óbolo al país que había defendido de joven con todas sus fuerzas.

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La historia de Telésforo Quirita tenía, además, un matiz profundamente humano. Había tenido un único hijo, al que llamaba Víctor. El muchacho, según narró, se marchó siendo adolescente, para enrolarse a la Marina, impulsado seguramente por el mismo amor a la patria que él había sentido en su juventud.

Pero, desde que ocurrió eso, Quirita no supo más de él. “Lo he esperado todos los días”, dijo, mientras se asomaba por la ventana de su humilde hogar: “Miro la calle y creo verlo, pero siempre es otro”, finalizó.

El anciano más que centenario vivía bajo el cuidado de una “sobrina” —o una mujer que él creía una sobrina—, pero de allí escapaba con frecuencia, porque se negaba a ser carga para nadie.

Telésforo Quirita contó que avanzaba por las calles de Arequipa con la misma concentración con la que combatió en el sur. Nunca pidió nada para sí. Solo deseaba noticias de su hijo, que ya debía ser un adulto.

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Los años lo fueron apagando. El Comercio no logró ubicar a Víctor, ni entonces ni después. Quirita murió al poco tiempo en Arequipa, con la memoria aún viva de Bolognesi, la guerra, la bandera perseguida, y ese hijo fantasma que no volvió.

Telésforo Quirita se fue en soledad. Y nosotros lo recordamos al conmemorarse el 145 aniversario de la batalla de Arica, donde este soldado raso dejó parte importante de su vida.

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