miércoles, abril 29

Nunca ingresó tanto dinero en la historia del club: quizá por eso también parece ser mirado como bóveda. Nunca Universitario jugó con 40 mil personas promedio en 102 años de fundado, ni en los tiempos de Lolo, la década copera de Chumpi o los años maravillosos del Puma. Nunca hubo, desde esta institución, tanta influencia en la cultura popular, el arte, la literatura, el cine, la música, la academia, es decir, los espacios donde se discute el Perú. Nunca Universitario firmó con tantos sponsor para todas sus camisetas, una línea transversal que incluyó al fútbol, al vóley, al futsal, lo que explica por qué es, en los últimos tres años, la marca más influyente en el deporte en el país.

Y, posiblemente, nunca antes ganó una final que cambió la historia del fútbol peruano para siempre. Ya no es posible la discusión.

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Se hizo en cuatro años. Y se está derribando en cuatro meses. Quizá sea la velocidad con que la avalancha sepulta al gigante el gatillo que activa la indignación en redes sociales. Ni siquiera tengo que entrar a Twitter: mis chats, algunos terriblemente partidarios y otros abiertamente antigallinas, colapsan de teorías sobre las polémicas decisiones políticas y deportivas del club hasta hoy. Políticas, sí, porque el cargo de Franco Velazco tiene raíces en el poder estatal, a veces protector, a veces salvajes. Deportivas, obviamente, porque más allá de si debió quedarse Fossati con sus manías, actualizar las condiciones de Ureña o revisar el proyecto tricampeón del 3-5-2 en términos de dinámica y edad, las medidas tomadas parecen nacidas de campo enemigo. Desactualizadas y hechas a propósito. Sin ningún plan de contingencia -eso que mis amigos marketeros llaman manual de crisis- al punto que este miércoles la ‘U’ no tiene técnico oficial, a horas de la Copa, el interino ya no puede dirigir Liga 1 según normativa y los supuestos ahorros en scouting extravagantes -Silveira, Fértoli- ahora se irán en saldar la deuda por la ruptura con el profesor Rabanal.

Porque ni siquiera quiero usar el ejemplo Gassama. Decirle a El Comercio en octubre del 2025 que “no descansará en traer un Lolo Fernández” -obviamente no resucitarlo, misión imposible, sino aspirar a un 9 gigantesco- y fichar a Sekou, además de permitirle todo tipo de gollerías y tardanzas, es una terrible falta del respeto a la historia. A la memoria. Las apuestas pueden salir mal, incluyen riesgos; la soberbia trae culpas.

Rotas las relaciones con el ciclo anterior, los padres de la criatura -ni Velazco ni Barco mantienen hoy vínculo con sus antecesores, Ferrari y Barreto-, quebrado el amor entre hinchada y plantel -ante Coquimbo por la Copa asistieron 26.676 pagantes, la más baja en cuatro años gloriosos- y una nube gris que esta vez no pueden despejarla los mensajes internos de los capitanes, ni los determinantes ni los decorativos -Calcaterra y Corzo buscaron hace un par de meses a Barco, pero este “apenas los escuchó”-, la única salida posible parecía ser un gesto del tamaño del estadio: ya se fue Rabanal. Ahora es el turno de Álvaro Barco, hombre de fútbol, nacido en la U, que seguramente sabe lo que todos saben: la confianza no se prende como una lámpara, me dijo alguna vez Ángel Cappa, su técnico en aquel heroico 2002. Entonces, después de un par de reuniones y cabezas gachas, la decisión fue tomada: Universitario anunció que la gerencia deportiva no es más de Álvaro y pasa, como una consecuencia lógica, al invisible segundo en el mando allí: Antonio García Pye. El gerente de selección que clasificó al mundial Rusia 2018. Un escudo. García Pye y Velazco serán los encargados de elegir al nuevo técnico, entiendo, un hombre con experiencia, finales encima, y liderazgo con quién ya tienen primeras conversaciones.

Javier Rabanal junto a Franco Velazco (administrador) y Álvaro Barco (director deportivo). (Foto: Fernando Sangama / @photo.gec)

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El hermetismo dentro de la U se rompe con esta frase que alguien muy influyente le cuenta a DT sobre el momento actual: “Se tienen que tomar decisiones de este tamaño una tras otra. Hoy fue Barco, mañana serán otros”.

Su apellido ya estaba en la historia del club, Álvaro. Más allá de los detalles sobre la negociación de su salida -fue Velazco quién tomó la decisión, quizá la única determinante en su gobierno-, irse salva el honor de su nombre.

Su carrera hoy, como la U tricampeón, está en ruinas.

SOBRE EL AUTOR

Estudió Comunicaciones en la Universidad de San Martín de Porres (USMP). Ingresó a El Comercio en el 2004, y trabajó diez años para Deporte Total. En el 2015 se mudó al equipo web del diario para formar parte de Mesa Digital y la revista Somos. Hoy es subjefe de Gestión Digital de El Comercio.
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