Los parques de Lima se han convertido en escenarios improvisados donde, cualquier fin de semana, decenas de jóvenes saltan al compás de los caporales. Comparten el espacio con grupos de K-pop, reguetón y hip hop, y no es raro verlos grabar tiktoks o ‘shorts’ para capturar sus mejores movimientos. Pero el caporal no nació para las redes sociales. Su origen se encuentra en los años setenta, cuando esta danza echó raíces en el altiplano —entre Perú y Bolivia— y halló su escenario principal en la festividad de la Virgen de la Candelaria. Hay algo en la fuerza y el magnetismo del caporal que atrapa a las nuevas generaciones. Quizá es el salto que reta a la gravedad, la galantería o solo el tintineo metálico que marca cada unos de sus movimientos.
Los parques de Lima se han convertido en escenarios improvisados donde, cualquier fin de semana, decenas de jóvenes saltan al compás de los caporales. Comparten el espacio con grupos de K-pop, reguetón y hip hop, y no es raro verlos grabar tiktoks o ‘shorts’ para capturar sus mejores movimientos. Pero el caporal no nació para las redes sociales. Su origen se encuentra en los años setenta, cuando esta danza echó raíces en el altiplano —entre Perú y Bolivia— y halló su escenario principal en la festividad de la Virgen de la Candelaria. Hay algo en la fuerza y el magnetismo del caporal que atrapa a las nuevas generaciones. Quizá es el salto que reta a la gravedad, la galantería o solo el tintineo metálico que marca cada unos de sus movimientos.
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La apropiación juvenil de esta danza no implica un vaciamiento de su significado. La tradición se mantiene viva porque se encarna en nuevos cuerpos. Amir Espinoza, de 17 años y estudiante de Ingeniería Civil, se acercó a los caporales de manera fortuita. Un día, una amiga de su hermana comentó que buscaban bailarines y él, sin mayor experiencia, se mandó. Luego conoció la Asociación Folclórica Caporales Victoria, una agrupación con más de tres décadas de historia, nacida en el barrio Victoria de Puno y con filiales en todo el país. Ahí empezó casi desde cero. A la fecha, ya ha bailado dos veces en la festividad de la Virgen de la Candelaria.
Detalle de los cascabekes que adornan las botas de los Caporales. (Foto: Diego Moreno).
/ Diego Moreno
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A diferencia de generaciones previas, Amir no percibe conflicto entre bailar caporales y disfrutar del rock (su gran pasión), el hip hop, el K-pop o la música urbana. “Me gusta de todo. No es que te tengas que ir por una sola cosa”, señala. Para él, la danza coexiste naturalmente con las influencias globales. Es un modo de conectar con sus raíces sin abandonar otros intereses.
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Kevin Rojas, presidente de la filial Lima de Caporales Victoria y gamonal —quien dirige el trabajo artístico y coordina a cientos de personas al son de su silbato—, contempla este fenómeno desde una perspectiva distinta. En los ensayos que dirige en el colegio Diego Ferrer, a pasos de La Rambla Brasil, no hay lugar para tiktoks ni pasos pensados para la cámara. Existe un ritual que permanece invisible. Antes del silbato y la formación, los bailarines se abrazan como hermanos y se miran para asegurarse de que todos estén preparados. “Lo que se ve en los parques es más moderno, más acrobático. Nosotros defendemos la esencia del caporal”, comenta sin ánimo de criticar, aunque marcando una clara diferencia. “Ellos saltan, hacen figuras. Nosotros bailamos para la Virgen”.
Kevin acumula quince años bailando caporales. En sus palabras, el folclor es una herencia antes que un pasatiempo. Cuenta que en Caporales Victoria —donde lleva siete años— se rigen por tres pilares: “La fuerza, la fe y la pasión”. A ellos habría que sumar otro: el compromiso. Se requiere temple para prepararse durante todo el año y llegar a Puno dispuesto a danzar durante horas en la altura, en desfiles que pueden extenderse hasta cuatro horas consecutivas. “Uno llega a Candelaria llorando, sufriendo, a veces con dolores, pero igual se quiebra cuando pasa frente a la Virgen”, explica. “El verdadero dolor no es el de los pies: el dolor es cuando regresas a Lima y ya no tienes a la Virgen enfrente”.

Kevin Rojas y Alexandra Zelada, se conocieron por los caporales y ahora tienen una familia juntos. (Foto: Diego Moreno).
/ Diego Moreno
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Alexandra Zelada llegó a los caporales por un camino distinto. Antes bailaba morenada, una danza altiplánica de gestos más elegantes y cadencia pausada, hasta que conoció a Kevin en el circuito folclórico limeño. Se reconocieron ahí, entre ensayos y festividades. Tras la Candelaria de 2024, la relación se consolidó y con ella llegó también el cambio de danza. Alexandra dejó la morenada y se convirtió en machita, como se conoce a las mujeres que asumen el estilo enérgico y frontal de los caporales varones.
A la Candelaria de 2025 llegó con una sorpresa en el vientre. Bailó estando embarazada. “Terminé llorando cuando pasé por la capilla. Fue como regalarle ese esfuerzo a la Virgen… y a mi hija”, recuerda. La bebe nació en setiembre. Hoy, con apenas unos meses de vida, ya está inscrita en esa memoria que se transmite bailando, una historia familiar que sigue escribiéndose paso a paso.
Más allá del componente religioso, el caporal también desempeña hoy un rol social significativo. Para muchos jóvenes representa un punto de encuentro en una urbe cada vez más atomizada. Julio César Escudero, de 33 años, danzante en Caporales Victoria, resalta lo mucho que le dio la danza una vez que se abocó a ella: “Recuerdo que antes era una persona más callada. La danza me ayudó a conocer gente, a socializar, a sentirme más seguro”. Según él, el caporal ofrece una alternativa a una generación hiperconectada, pero progresivamente aislada. “Muchos jóvenes prefieren estar con videojuegos, con tecnología. El caporal te obliga a interactuar, a trabajar en grupo, a mirarte con otros”.
La confección de trajes para el concurso de danzas en honor a la Virgen de la Candelaria representa una fuente importante de ingresos para Puno. (Foto: Andina)
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“Hay una tradición: bailar tres años seguidos. Llegas, te arrodillas donde la Virgen y le pides un deseo”, detalla Alexandra. Kevin lo condensa en otra imagen: “Siempre me quiebro cuando paso frente a ella. Es algo que no puedo explicar”. En Puno, todo se intensifica. La altitud afecta. Las bandas no permiten descanso. Ocurren desmayos durante los desfiles. Aparecen ampollas, escasea el aire, llueve, cae granizo, pega el sol. Kevin aconseja alimentarse bien, aclimatarse con anticipación, evitar las frituras. “Han llegado chicos hasta el hospital”, menciona. Sin embargo, el cuerpo no tiene la última palabra. La tiene la tropa.
Caporales Victoria suman cerca de 200 integrantes solo en Lima. Y en todo el territorio son miles de personas que viajan desde Arequipa, Cajamarca y otras regiones. Hasta de Estados Unidos vienen. Cada año se repite la misma secuencia: recepción de bandas, ensayo, concurso, pasacalle, cacharpari, despedida. Un programa que luce agotador, pero que ellos experimentan como un reencuentro prolongado.
En el ensayo limeño, el salto apunta en dos direcciones. Se salta hacia lo alto —por la danza— y hacia adelante —por la promesa—. Kevin y Alexandra se preparan para regresar a Puno, recorrer el pasacalle y llegar a la capilla, para ese instante en que avanzan con los pies casi destrozados y se quiebran frente a la Virgen. Ensayan, sobre todo, para que su hija crezca con esa música grabada como recuerdo. Es una forma de amor que se cuenta en pasos y que suele terminar en risas y lágrimas. //




