domingo, febrero 8

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En una carrera al Oscar donde conviven grandes estudios, franquicias consolidadas y propuestas autorales, una película francesa de animación figura entre las nominadas a Mejor Película Animada por motivos poco habituales. Arco compite como una cinta de ciencia ficción sin estridencias, una mirada infantil sin condescendencia y una preocupación ecológica que pone en primer plano paisajes naturales.

En una carrera al Oscar donde conviven grandes estudios, franquicias consolidadas y propuestas autorales, una película francesa de animación figura entre las nominadas a Mejor Película Animada por motivos poco habituales. Arco compite como una cinta de ciencia ficción sin estridencias, una mirada infantil sin condescendencia y una preocupación ecológica que pone en primer plano paisajes naturales.

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Dirigida por el ilustrador y animador francés Ugo Bienvenu, Arco es una película que desconfía del espectáculo ruidoso. “No quería hacer una película impresionante —dice el director en un round table donde participó El Comercio—. Hoy el cine busca ser cada vez más fuerte, más grande, pero a mí ya no me impresiona eso. Lo que me conmueve son mostrar las emociones”.

La premisa se mueve entre dos futuros. Uno cercano, marcado por incendios, tormentas y un entorno claramente afectado por el cambio climático; otro mucho más lejano, casi utópico. Arco, un niño de diez años proveniente de ese futuro distante, cae accidentalmente en el tiempo de Iris, una niña que vive prácticamente sola en un mundo donde los vínculos parentales han sido reemplazados por presencias holográficas. El encuentro entre ambos articula la película: no como una aventura clásica, sino como una exploración de la soledad infantil, la amistad y la posibilidad de imaginar un porvenir distinto.

La película fue desarrollada durante varios años en estudios franceses de animación independiente, apostando por procesos manuales y equipos reducidos frente a los modelos industriales.

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Uno de los ejes más singulares de Arco es su relación con la tecnología, encarnada en Mikki, un robot cuidador que acompaña a Iris. Lejos de presentarlo como villano o salvador, la película lo sitúa en una zona ambigua. “Mikki es bueno y malo al mismo tiempo —explica Bienvenu—. Permite una vida mejor, pero también corta algo esencial: la transmisión humana entre generaciones”. Esa complejidad evita el maniqueísmo habitual del género y desplaza el conflicto hacia un terreno más íntimo.

La animación 2D es clave en esa búsqueda. En un contexto donde la industria avanza hacia la perfección técnica y la automatización, Bienvenu reivindica el error humano.No reconocemos la perfección, reconocemos la imperfección. Eso es lo que nos emociona cuando vemos cine”, sostiene. Incluso en el uso puntual de inteligencia artificial para la voz del robot, el director terminó volviendo a lo artesanal: recortar, estirar y deformar las voces humanas hasta recuperar una emoción que la máquina no podía ofrecer.

Arco es el primer largometraje de animación dirigido íntegramente por Ugo Bienvenu, conocido previamente por su trabajo como ilustrador y diseñador gráfico en prensa y editoriales europeas.

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La naturaleza, omnipresente en la película, no es un simple decorado. Bienvenu ha sido claro al respecto: “Dibujo árboles porque es lo que amo y porque siento que estamos dañando la naturaleza. Si la ciencia ficción elimina la naturaleza, a mí ya no me interesa”. Arco apuesta por paisajes vivos, colores intensos y una relación orgánica con el entorno, en abierta oposición a los futuros grises y estandarizados del género.

En la categoría de Mejor Película Animada, Arco compite con pesos pesados como Elio (Pixar) y Zootopia 2 (Disney), además de propuestas como Las Guerreras K-Pop y Little Amélie or the Character of Rain. En ese contexto, su nominación confirma algo menos evidente pero igual de relevante, así como las inevitables comparaciones con Hayao Miyasaki: que la animación todavía puede ser un espacio para la contemplación, la duda y la imaginación. No para ofrecer respuestas cerradas, sino para recordarnos —como insiste Bienvenu— que “aún no todo está perdido” y que imaginar sigue siendo un acto profundamente humano.

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