Cuatro amigos abren un cómic y, de pronto, el teatro se convierte en un portal. Así comienza «Assamblage y el último objeto“, una puesta que mezcla humor, acrobacias y batallas visuales para narrar la búsqueda de un artefacto legendario capaz de restablecer el equilibrio del mundo. Lo que parece una aventura fantástica pronto revela su verdadero centro: la imaginación como fuerza creadora y el cuerpo como medio para recuperar el asombro.
Esa inquietud dio origen a una exploración escénica que trasciende el relato. Assamblage no busca contar una historia lineal, sino invocar una experiencia física y sensorial, donde cada objeto —una pelota, una clava, un aro— cobra vida propia. El resultado es una travesía visual y emocional que dialoga con la infancia, la curiosidad y el asombro perdido.
“Mi mamá nos leía libros de astronomía antes de dormir, y siempre imaginaba planetas, órbitas, movimientos. En parte de ahí viene esta idea: pasar de la lectura a la aventura, de imaginar los mundos a crearlos con el cuerpo”, recuerda el director Eduardo Cardozo. La evocación de ese universo infantil se transforma aquí en un impulso creativo: una invitación a imaginar con las manos, con el movimiento, con la materia misma del escenario.
Cardozo reconoce, además, que Assamblage es también una apuesta contra la inmediatez. “Hoy todo parece ocurrir en un clic. Pero el malabar, como el teatro, requiere tiempo, práctica y paciencia. En ese sentido, la obra celebra el proceso, no el resultado. Es un recordatorio de que aprender algo —ya sea lanzar una clava o construir un vínculo— lleva su propio ritmo”, sostiene.

El cuerpo como herramienta
La propuesta de la Compañía de Teatro Físico parte de una convicción: el cuerpo no es solo una herramienta expresiva, sino un espacio de conocimiento y de resistencia frente a la pasividad tecnológica. “Pasamos horas frente a una pantalla, y lo mismo ocurre con las infancias. Por eso creemos que hay que reactivar la imaginación desde lo físico, desde el movimiento”, señala el grupo en su manifiesto artístico.
En Assamblage, esa filosofía se vuelve materia escénica. La puesta mezcla teatro físico, danza y acrobacia con recursos visuales inspirados en el cómic y la ciencia ficción. El texto verbal es mínimo: la historia se cuenta a través del gesto, la energía y el ritmo de los cuerpos. “En el teatro físico, el cuerpo es el centro de la comunicación. El texto puede aparecer, pero no lo guía todo. El movimiento tiene su propia dramaturgia”, explica Cardozo.

El elenco —Adrián Carbajal, Frank García, Raquel Iraola y Karina Toscano— encarna esa visión con precisión y entrega. Cada secuencia coreográfica explora el peso, el equilibrio y la confianza colectiva. No hay efectos digitales: la magia surge del entrenamiento, de la sincronía y del juego compartido. “Esa es también una forma de ética hacia los objetos y hacia el cuerpo. No todo tiene que ser desechable. Podemos establecer vínculos más conscientes, incluso con lo que manipulamos”, reflexiona el director.
El legendario artefacto que los protagonistas buscan representa, simbólicamente, esa armonía perdida: un equilibrio entre lo que producimos y lo que sentimos, entre lo material y lo humano. “Para mí —dice Cardozo— ese objeto es una metáfora del potencial. De la posibilidad de tener una relación más saludable con los objetos y con el mundo. En el fondo, de volver a encontrar sentido en las cosas que hacemos con las manos.”













