Diseñada por una generación de arquitectos que apostó por una ciudad más habitable —Santiago Agurto, Germán Costa, Fernando Belaunde Terry y Enrique Ciriani—, la Unidad Vecinal de Matute fue concebida como un organismo integral: viviendas, escuela, iglesia, canchas y piscina, todo articulado bajo una misma idea moderna que entendía el barrio como una extensión natural del hogar.
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Matute no fue solo una obra arquitectónica; fue un experimento donde la calidad de vida buscaba fundirse con la utopía de una Lima más igualitaria, eso estaba en el pensamiento de sus creadores. Y así llegó aquella jornada dominical del 29 de octubre de 1950, cuando el viento de ese fin de mes morado agitaba los estandartes y trajes de las autoridades en un descampado que prometía futuro a miles de familias trabajadoras.

Esa mañana, el habitual bullicio de La Victoria dio paso a un acto solemne: la colocación de la primera piedra de la Unidad Vecinal de Matute. Con ese gesto simbólico, se anunciaba el despertar de una nueva era para la vivienda social en Lima. Era el inicio de un proyecto audaz que, al amparo de la llamada Revolución Restauradora, buscaba resolver de raíz el drama del arrendamiento precario y las heridas abiertas de la insalubridad urbana.
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El presidente Manuel A. Odría, acompañado de ministros, congresistas, alcaldes y vecinos, buscó poner fin a las viejas promesas de vivienda, a través de la Corporación Nacional de la Vivienda (Conavi), fundada en 1946, durante el gobierno constitucional de José Luis Bustamante y Rivero, en cuyo régimen se hizo la histórica Unidad Vecinal Nº 3 de Mirones, en el Cercado de Lima.
El acto inaugural de la Unidad Vecinal de Matute en La Victoria abriría la puerta a un barrio moderno dotado de los servicios esenciales, y concebido bajo una lógica que buscaba unir comunidad, bienestar y progreso compartido.

MATUTE: PRIMEROS TIEMPOS, PRIMER ACTO
El terreno se mostraba modesto bajo el cielo de primavera: doscientos mil metros cuadrados —unas veinte hectáreas— de polvo y promesas, que pronto serían el hogar de cientos de familias trabajadoras. En el centro del descampado, el “trípode ceremonial”, engalanado con cintas patrias, sostenía la primera piedra. Una polea descendería aquel bloque simbólico, como si la esperanza misma se hundiera en los cimientos del nuevo barrio.
La ceremonia comenzó con solemnidad. Bandas de música y batallones de infantería blindada marcaban el ritmo del acto, presidido por el capitán César Moscoso, mientras un público nutrido de obreros y empleados aplaudía la llegada de las autoridades. El presidente Manuel A. Odría apareció acompañado por el ministro de Fomento y Obras Públicas, José del Solar, junto a una larga comitiva de ministros y directores.
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El doctor Juan B. Lastres, presidente del Directorio de la Conavi, abrió la jornada con un discurso que convirtió la retórica en propósito: “Colocamos hoy la primera piedra de la Unidad Vecinal de Matute, cumpliendo el compromiso hecho ante la ciudadanía”, afirmó.
Luego se presentaron los alcances del proyecto: viviendas pensadas especialmente para obreros, con dormitorios de distintos tamaños, sala, comedor, cocina, servicios higiénicos y amplias áreas libres para el desenvolvimiento familiar. Pero las promesas iban más allá del simple techo. Las nuevas unidades incluirían un sector comercial, tiendas para el abastecimiento del barrio y sus alrededores, reemplazando la precariedad por una auténtica vida urbana.

El plan se completaba con espacios para el deporte popular: campos de fútbol y atletismo, canchas de básquetbol y vóleibol, y servicios higiénicos adecuados, todo concebido como una extensión de la salud y la convivencia comunitaria.
ODRÍA APROVECHÓ LA EXPECTATIVA PARA HACER POLÍTICA
A su turno, el presidente Manuel A. Odría evocó en su discurso la inspiración patriótica de su llamada Revolución Restauradora. La acción de su Gobierno, afirmó, no buscaba reemplazar hombres, sino corregir males, consolidar logros y extender sus beneficios a todas las regiones golpeadas por la falta de vivienda digna. “El bienestar del pueblo es nuestra meta suprema”, resonó su voz en la explanada, con el propósito de marcar un antes y un después en la política urbana y habitacional del Perú.
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Odría subrayó que las soluciones debían ser accesibles: el costo de la vivienda no debía exceder el 20% de la renta mensual de los asalariados. Se trataba, dijo, de responder a las verdaderas necesidades de las clases trabajadoras, lejos de la improvisación y del abuso del alquiler que por años habían agravado el problema.
El diseño de Matute no dejó nada al azar. El nuevo barrio contaría con jardines, depósitos, garajes para las casas de un piso y una variada oferta comercial: botica, bodega, panadería, cafés, bazar, lavandería, zapatería, sastrería y ferretería. Las propuestas comerciales y recreativas convivían con espacios culturales y deportivos: sala de estar, biblioteca, café-bar y recintos multifuncionales para actividades comunitarias.

En el ámbito educativo, el proyecto contemplaba un jardín de infancia para 600 niños, dos escuelas primarias con capacidad para más de 600 alumnos, un comedor infantil y amplios patios de recreo. También se pensó en la vida espiritual: la iglesia del conjunto, diseñada para acoger a 400 personas, incluiría un bautisterio y vivienda parroquial, completando así la visión integral de una comunidad moderna y autosuficiente.
MATUTE: LAS PROMESAS DEL SECTOR ASISTENCIAL Y SANITARIO
El papel lo aguantaba todo. Odría prometió que no faltarían los servicios médicos integrales: una posta sanitaria, consultorios dental, óptico, médico y prenatal; además de un servicio de rayos X, laboratorio, dormitorio para internos y una cuna maternal con capacidad para 180 pequeños.
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El enfoque social del régimen incluía también un policlínico, servicio de primeros auxilios y atención especial para los menores de tres años, reflejando una inusual preocupación por los sectores más vulnerables del vecindario. Las viviendas, anunció Odría, serían cómodas e higiénicas, pensadas para las familias trabajadoras y diseñadas conforme a sus posibilidades y necesidades. En conjunto, los planes de Matute resultaban audaces para su tiempo.
Llegó entonces el momento solemne ese 29 de octubre de 1950. La música celebraba la esperanza mientras la piedra descendía lentamente por el trípode, rodeado de gallardetes y vítores. La multitud, compuesta sobre todo por obreros, sentía que las palabras oficiales se transformaban al fin en un hecho concreto y cercano.

Una compañía del Batallón Blindado Nº 33 hizo flamear sus estandartes. El Estado rendía honores a la promesa de la “vivienda digna”. Y el presidente Odría, junto con su comitiva, recibía aplausos sinceros, sin el boato habitual.
OTROS “MATUTES”: LA PROMESA DE EXPANSIÓN
La Unidad Vecinal de Matute no fue concebida como un proyecto aislado. El plan original contemplaba replicar su modelo en otros distritos de Lima y en ciudades como Arequipa, Cusco, Trujillo y Piura. La visión era clara: extender el éxito allí donde las necesidades de vivienda digna se volvían más urgentes.
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El programa del Gobierno apostaba por el capital humano bajo el lema “Salud, Educación y Trabajo”, pilares de su discurso modernizador. El nuevo conjunto habitacional incluiría una agencia municipal, un centro cívico para asambleas y oficinas de reparación y mantenimiento, completando así el ideal de comunidad autosuficiente. En el papel, poco había que objetar.
Apenas medio año después, el 4 de abril de 1951, las maquinarias y obreros de la Corporación Nacional de la Vivienda tomaron posesión del fundo de Matute, iniciando la prometida transformación urbana. Era un verdadero hito en la planificación de Lima, símbolo de un Estado que se asumía constructor y gestor del futuro.

La obra avanzó con rapidez. Entre 1951 y 1954 se completó la primera etapa, revelando una arquitectura funcional y humana. La idea rectora era ambiciosa y humanista: Matute no debía limitarse a levantar muros, sino a edificar una comunidad moderna, con previsión de necesidades para varias generaciones.
Al mismo tiempo, las autoridades reafirmaban su compromiso de continuar y expandir el plan de vivienda social, ajustando cada decisión al pulso real del país y al sueño —tan vigente entonces— de una Lima planificada y más justa.
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MATUTE: LA RESPUESTA CIUDADANA
La noticia fue recibida con entusiasmo por los distintos sectores de trabajadores, que veían en la Unidad Vecinal de Matute la posibilidad concreta de un hogar propio, digno y asequible, frente a una realidad que hasta entonces solo ofrecía, por las crisis económicas continuas y las interminables migraciones, hacinamiento, crisis y desesperanza colectiva en las zonas populares.
Las autoridades municipales y barriales contribuyeron a reforzar la confianza en la Corporación Nacional de la Vivienda como motor de transformación social. Sin embargo, no todo marchó conforme al plan. Una vez culminada la primera etapa del gran proyecto habitacional, los nuevos habitantes de Matute enfrentaron un problema inmediato: la escasez de unidades de transporte público, un servicio esencial para las cientos de familias que necesitaban desplazarse a diario hacia el Centro de Lima.

El 14 de julio de 1955, El Comercio informaba que la Línea N.º 14 —que cubría la ruta Matute en La Victoria—Maravillas, en Barrios Altos— contaba con apenas 35 vehículos, todos antiguos y propensos a fallas mecánicas. Las unidades se detenían a mitad de ruta, generando retrasos de hasta media hora. Los trabajadores y estudiantes llegaban tarde; en las horas punta, el caos era cotidiano.
Otro problema grave afectaba a la nueva comunidad: la inseguridad en los accesos. Si bien dentro del conjunto habitacional reinaban el orden y una relativa tranquilidad —con excepción de las quejas por vecinos bulliciosos—, uno de los principales ingresos, el jirón Bélgica, permanecía sin asfaltar. Aquel pampón polvoriento se había convertido, según denunció el diario Decano en su edición del 22 de noviembre de 1955, en un auténtico “muladar”, reflejo del abandono de las autoridades ediles.
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A fines de ese mismo año, los vecinos de Matute se vieron sorprendidos por el alza de las “gabelas”, es decir, de los impuestos municipales. Los residentes protestaron argumentando que su barrio no era una “zona residencial” sino un conjunto de viviendas de interés social, levantadas precisamente para resolver el agudo problema habitacional.
La misma situación se había repetido en la Unidad Vecinal N.º 3 de Mirones, en el Cercado de Lima, construida en los años 40. No obstante, pese a las dificultades propias de toda urbe en crecimiento, la visión original de Matute como una “Ciudad-Jardín” no se perdió. En los primeros años de vida del conjunto, las autoridades locales procuraron mantener viva esa idea.

La Inspección de Alamedas y Paseos de la Municipalidad de La Victoria se encargó de sembrar árboles en las principales avenidas y de cuidar los jardines recién plantados dentro de la unidad vecinal, extendiendo su labor también al Parque El Porvenir y a la avenida México, en un esfuerzo por preservar la armonía urbana que inspiró el proyecto desde su nacimiento.
MATUTE: EL LEGADO
Así, el acto de colocar la “primera piedra” de la popular Unidad Vecinal de Matute aquel domingo 29 de octubre de 1950 simbolizó el tránsito de la palabra a la obra, en una Lima que empezaba a aprender a crecer desde el barrio y la comunidad.
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La Victoria, con Matute en su corazón, quedó desde entonces —al menos durante aquella década de 1950— asociada a una aspiración mayor: la de construir una ciudad más justa, humana y habitable.
De este modo, Matute, como proyecto y como paisaje, se inscribió para siempre en la memoria urbana de la capital, testimonio de una época en que la modernidad aún se soñaba posible.















