Fue una semana de zapatillas gastadas y fe inquebrantable en una maratón que se extendió desde la Plaza de Armas, en el Centro Histórico, pasando por distritos como Breña, Pueblo Libre, Jesús María, y de nuevo el Cercado de Lima, hasta la Plaza de Armas de nuevo. Así se gestó una de las etapas más vibrantes, entusiastas y difíciles para el fondismo nacional.
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ANIVERSARIO 491 DE LIMA: EL ASFALTO CALIENTE DEL CENTRO
Fue una carrera intensa, que mezcló a profesionales, aficionados y espontáneos en las calles de una Lima que ya sufría los embates de un letal “Niño” y de las altas temperaturas diurnas. El sábado 15 de enero de 1983, el centro de la capital despertó con una efervescencia distinta, pues los limeños sabían que el cuerpo de cientos de hombres y mujeres corredores sería llevado al límite.

El certamen se promocionaba entonces como la “Gran Maratón ‘Ciudad de Lima’”, y la organizaba la Municipalidad de Lima. El año anterior (1982), la misma maratón llegó a convocar solo a poco más de 200 runners, sin embargo en 1983 esta cifra sería largamente superada, marcando un récord de mil participantes, en medio de los festejos por el aniversario de Lima.
Desde muy temprano, la Plaza de Armas se convirtió en un gimnasio al aire libre. Atletas de todas las condiciones sociales se dieron cita frente al Palacio de Gobierno, estirando los músculos bajo una luz que ya anunciaba un mediodía infernal. Las inscripciones, abiertas incluso hasta una hora antes de la partida, permitieron que ningún rezagado se quedara fuera de la gran fiesta deportiva.
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Incluso este diario estuvo presente no solo con sus libretas y cámaras, sino también con el esfuerzo físico de sus trabajadores, pues una delegación conformada por Severo Gervasio, Rómulo Tito, Manuel Valencia, Julio Grimaldo y José Parrilla llevó el estandarte de El Comercio a lo largo del duro trayecto.
A las nueve de la mañana, un clásico y sencillo silbato marcó el inicio de la prueba de 12 kilómetros para los varones. El recorrido fue un mapa vivo de la Lima de entonces: los corredores enfilaron, primero, por el jirón Conde de Superunda hacia la avenida Tacna, cruzando luego por la avenida Garcilaso de la Vega (ex Wilson) en un rítmico galope que contrastaba con el tráfico sabatino.
LIMA DE ANIVERSARIO: EL TRIUNFO QUE LLEGÓ DEL NORTE
El trayecto continuó por el Paseo Colón y la avenida Brasil, donde el sol ya empezaba a cobrar sus primeras víctimas. Al llegar al Óvalo de Pueblo Libre, las mujeres se sumaron a la competencia para cubrir un tramo de cinco kilómetros. Ciertamente, eran otros tiempos, pues actualmente las mujeres corren las mismas distancias maratónicas que los hombres.
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La ruta de retorno, cruzando las avenidas San Felipe, Salaverry y 28 de Julio, fue un calvario de sudor en plena subida, que desembocó nuevamente en el corazón de la ciudad hasta llegar al municipio limeño, en la Plaza de Armas de Lima.
El triunfo absoluto en varones fue para el maratonista piurano Oscar Gonzales, quien con una zancada firme y una resistencia envidiable, cruzó la meta con el tiempo de 44’03’’. Gonzales no solo ganó una carrera; ratificó la supremacía de los atletas de provincias, aquellos que forjaban su temple en las carreteras del norte o en las alturas de los Andes, lejos de las comodidades de la capital.
Tras él, llegaron otros valientes que completaron el cuadro de honor: Walter Vera, de la calurosa Casma, obtuvo el segundo lugar; seguido por José Santos Bravo, Inse Chaumbia y Hugo Ruiz. Cada uno de ellos representaba el espíritu de un deporte que, sin grandes auspicios en esos duros años, lograba convocar a una multitud enfervorizada en las calles de Lima.
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En las otras categorías, los nombres de Mauro López (juveniles) y Humberto Medina (veteranos) se inscribieron en el palmarés de la jornada con tiempos de 47’26” y 50’30”, respectivamente. Por su parte, la corredora huancaína Ruth Jaime Campos se coronó en la carrera femenina, demostrando que el fondismo en el Perú tenía, y sigue teniendo, nombre de mujer andina.
ANIVERSARIO DE LIMA: SOMBRA Y DRAMA EN LA META
Pero la maratón de aquel sabatino 15 de enero de 1983 no estuvo exenta de drama. Las crónicas de la época registraron un hecho que puso en alerta a los organizadores: un corredor, cuya identidad quedó protegida por el anonimato de su cansancio, llegó a la meta totalmente desvanecido.
La intervención de la Guardia Civil fue crucial para auxiliar al atleta, quien sucumbió ante el esfuerzo extremo y la deshidratación. Como imagina el querido lector: en esos años 80 nadie colocaba “puntos de hidratación” en el trayecto maratónico, como es usual actualmente.
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Este suceso generó una inmediata ola de críticas. Muchos deportistas y especialistas señalaron que largar una competencia de tal magnitud después de las nueve de la mañana, en pleno enero, era un error técnico que ponía en riesgo la vida de los participantes. El sol limeño no tuvo piedad con quienes intentaron domar el asfalto bajo su cenit, y la lección fue aprendida para las siguientes convocatorias.
Sin embargo, el entusiasmo no decayó. Mientras el país seguía las incidencias de la Copa Davis entre Perú y Brasil en el Lawn Tennis, la “familia atlética” empezaba a murmurar sobre el siguiente gran reto. El sábado siguiente, una nueva cita aguardaba bajo un nombre que ya era parte del desayuno de los peruanos: la maratón de Café Cafetal.
Esa segunda competencia de enero sería diseñada con una estrategia distinta para evitar, supuestamente, el bochorno del mediodía. Se fijó la partida para las cuatro de la tarde, buscando que el descenso de la temperatura favoreciera el rendimiento de los fondistas.
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LIMA DE FIESTA: UNA REVANCHA CON AROMA A CAFÉ
La maratón Cafetal del sábado 22 de enero de 1983 planteó un recorrido emblemático que unía dos mundos. La partida se ubicó en la plaza de El Porvenir, en La Victoria, un distrito popular, con alma deportiva y calles que sabían de la lucha diaria. Desde allí, los atletas debían recorrer doce kilómetros que los llevarían por la avenida Abancay y la avenida Tacna, antes de emprender el largo camino hacia el sur.
El plato fuerte de la ruta era el paso por la avenida Arequipa. Más de cinco kilómetros de asfalto recto y sombreado por los árboles que guiaban a los corredores hacia Miraflores. La meta se fijó en el Parque Salazar, frente a la inmensidad del mar, donde la brisa del Pacífico prometía ser el mejor premio para los pulmones agotados.
Además del desafío físico, el incentivo económico fue un factor determinante. Se anunciaron premios por un total de dos millones quinientos mil soles de la época, una cifra que atrajo a los mejores exponentes del atletismo nacional. La expectativa era ver si Oscar Gonzales repetiría su triunfo o si surgiría una nueva revelación de las provincias.
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Se especulaba con la participación de figuras de provincias. La prensa deportiva de El Comercio siguió cada detalle, entendiendo que estas maratones eran mucho más que carreras: eran termómetros del ánimo social de un país que encontraba en el deporte un refugio y una esperanza.
LIMA EN ACCIÓN: EL LEGADO DE UN VERANO ATLÉTICO
Aquella jornada sabatina del 22 de enero, Lima volvió a sentir el pulso de los corredores. La ciudad reafirmó su vocación por las grandes pruebas de fondo. Esa vez, el atleta lambayecano Ricardo Reupo, de 22 años, se proclamó ganador de la Gran Maratón Cafetal sobre un recorrido de 12 kilómetros entre La Victoria y Miraflores, que completó en un tiempo de 47’54’’. Mientras, en damas, la victoria, como hacía una semana antes, fue para la joven huanca Ruth Jaime Campos.
Pese a ese momento de triunfo, la fatalidad no fue ajena a Lima. La maratón cafetera cerró con una nota trágica: el deportista Gaspar Pachas, de 37 años, se desplomó sobre el pavimento tras cruzar la meta, perdiendo el conocimiento. Fue auxiliado de inmediato y trasladado a la Asistencia Pública de Miraflores, donde horas después se confirmó su fallecimiento.
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Hoy, al revisar aquellos archivos de 1983, vemos cómo fue ese verano de corredores en donde las calles dejaron de ser espacios de tránsito para convertirse en escenarios de superación personal. Recordamos que la grandeza de Lima no solo está en sus monumentos sino también en la memoria de sus ciudadanos corriendo hacia una meta.
Aquellas maratones de enero fueron el prólogo de una tradición que aún perdura, recordándonos que, pase lo que pase, el Perú siempre ha sabido cómo seguir adelante hasta el final.




