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Pero durante la tarde de esa jornada, y por largas horas, Lima vio sus calles convertidas en ríos, el aeropuerto inundado y miles de damnificados. Fueron 48 horas en las que el desierto limeño aprendió a temer al agua, y esto porque la capital nunca estuvo preparada para soportar la furia de una torrencial lluvia que cayó verticalmente y sin permiso.
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Desde las primeras horas, la ciudad despertó bajo un manto de nubes de tres mil metros. Fue un fenómeno o tormenta que desafió la memoria de los viejos y la resistencia de los techos, especialmente en las zonas más populares.

DILUVIO EN LIMA 1970: UN CIELO DE TRES MIL METROS
El cielo de Lima, usualmente una “panza de burro” inofensiva, decidió transformarse ese jueves 15 de hace 55 años en un escenario de la sierra, que desafió la memoria de sus vecinos limeños más tradicionales. Los archivos registraron que, desde las seis de la tarde hasta las diez de la noche, una descarga de agua sin precedentes azotó la capital, prolongándose con intermitencias hasta el amanecer del viernes 16.
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Fue un fenómeno que, según el reciente Servicio Nacional de Meteorología e Hidrografía del Perú (SENAMHI), no se veía con tal magnitud desde 1929. La ciudad, acostumbrada a la simple garúa veraniega, se vio superada por una precipitación que alcanzó los 17 milímetros en el Campo de Marte, en Jesús María, una cifra diez veces superior al promedio habitual de enero.
Los expertos explicaron que una masa de nubes de tres mil metros de espesor, que se extendía desde Trujillo al norte hasta Chincha en el sur, fue dirigida por vientos del Este y Sur-Este hacia la costa. En total, se calculó que Lima soportó la descarga de tres millones doscientos mil litros de agua, lo que significó un volumen asfixiante por metro cuadrado.

El espectáculo natural incluyó relámpagos que iluminaron las bóvedas celestes y truenos que retumbaron en el horizonte, algo que sumió a los limeños en un sentimiento de misterioso temor. Días antes las intensas lluvias de la sierra peruana habían sido noticia. Pero la verdadera noticia fue sentir esa tormenta que convirtió las pistas en ríos y los pasos a desnivel en lagunas improvisadas en plena capital, sorprendiendo a los cientos de miles de transeúntes.
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LLUVIA TORRENCIAL 1970: NAUFRAGIO EN EL AEROPUERTO
El edificio del Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, símbolo de la modernidad limeña de aquel entonces, ofreció una visión deplorable debido a las filtraciones. Su techo, carente de material impermeable y forrado apenas con un compuesto a prueba de ruidos, no soportó la intensidad del agua que caía desde el firmamento.
El Gran Hall Central se inundó completamente, obligando al personal de CORPAC a utilizar bombas succionadoras para retirar el agua hacia el exterior en una lucha contra el tiempo. El mobiliario del primer terminal aéreo quedó totalmente empapado y los servicios eléctricos quedaron inútiles, dejando el edificio principal prácticamente inoperante por varias horas.

Ante la emergencia, la atención al público viajero se trasladó al espigón nacional, donde los daños fueron menores, lo que permitió una operatividad precaria. Los pasajeros internacionales debieron ser transbordados en ómnibus de servicio interno para realizar sus trámites y abordar sus vuelos, en medio de charcos, improvisación y oscuridad.
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En la rampa del aeropuerto, la mercadería que esperaba ser despachada sufrió graves daños al quedar a la intemperie por falta de almacenes suficientes para tal contingencia. Las oficinas administrativas y el puesto de la Guardia Civil también quedaron inundados, mientras que el servicio telefónico interno permaneció fuera de uso durante gran parte del día.
De la desgracia aeroportuaria sacaron provecho algunos malos transportistas, quienes llegaron a cobrar tarifas excesivas a los pasajeros varados en el terminal. Los empleados del aeropuerto, desesperados por regresar a sus hogares tras la extenuante jornada, también padecieron los abusos de quienes lucraron con la emergencia. Como siempre ocurre en el Perú.

No fue sino hasta la tarde del viernes 16 de enero de 1970 que la normalidad administrativa volvió lentamente al Jorge Chávez, tras una limpieza profunda de los ambientes. Aquella Lima de 1970 despertó el sábado 17 con la huella indeleble del barro y la humedad, pero también con la certeza de su vulnerabilidad ante un tiempo inesperado.
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DESBORDES: LA FURIA DEL RÍMAC
El río Rímac, alimentado por las lluvias en las partes altas de la sierra, aumentó su caudal de forma alarmante, alcanzando un aforo de más de doscientos mil metros cúbicos por segundo. En Chosica, la crecida causó daños de gran magnitud, rompiendo sus defensas y arrastrando todo lo que encontraba a su paso.
Las aguas destruyeron los servicios higiénicos de un mercado e inundaron dos bloques de puestos laterales, llevándose mercaderías, cajones y techos hacia el fondo del cauce. La situación fue crítica en el humilde barrio de Moyopampa, conocido como “La Trinchera”, donde la fuerza del Rímac no tuvo piedad con las precarias viviendas de la zona.

En esa zona al este de Lima, más de 20 casas fueron totalmente destruidas por los desbordes, dejando a decenas de familias con lo único que llevaban puesto sobre el cuerpo. Alrededor de 200 personas perdieron sus pertenencias y tuvieron que ser reubicadas de emergencia en terrenos de una hacienda para pasar la noche.
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En el campamento “La Perla”, cerca del Ferrocarril Central, las familias pasaron la noche en vela viendo cómo el agua quedaba a escasos cinco centímetros de rebasar el muro. El fuerte ruido de las piedras arrastradas por la corriente hizo temblar las casas de madera, sembrando el pánico entre los vecinos que esperaban lo peor.
¡QUÉ TAL LLUVIA! CALLES CONVERTIDAS EN RÍOS
En el Cercado de Lima, la violencia de las aguas hizo temblar las estructuras cercanas al puente Dueñas, manteniendo en alarma a los vecinos de las barriadas ribereñas. El agua del río llegó a penetrar en las calles céntricas de la capital como los jirones Callao, Junín, Apurímac y Puno, inundando las casas de unas 40 familias.

Los testimonios de la época narraron cómo el agua subía por las veredas, invadiendo salas y dormitorios ante la mirada impotente de los dueños. Incluso se registró un hecho pintoresco y dramático a la vez: la caída de una cornisa en el jirón Puno destrozó un auto Volkswagen que estaba estacionado bajo la lluvia.
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Las viviendas de la época sufrieron las consecuencias de tener techos planos y sin escurrideros, obligando a sus moradores a pasar la madrugada baldeando azoteas. La quincha de las casas antiguas se humedecía peligrosamente, mientras los servicios eléctricos comenzaban a fallar en diversos distritos capitalinos.
Para los cronistas, Lima se volvió una lluviosa ciudad serrana por más doce horas, perdiendo su fisonomía de urbe costera adoptando el rigor de los Andes Centrales. La naturaleza demostró la fragilidad del hombre y de sus construcciones en una ciudad que simplemente no estaba diseñada para soportar un “diluvio” de tal magnitud.

LIMA: UNA CAPITAL SITIADA
Las comunicaciones se vieron muy comprometidas, dejando a Lima prácticamente aislada por vía terrestre tanto al norte como al sur del país. Los huaicos, consecuencias naturales de las lluvias en nuestra geografía, no se hicieron esperar en la Carretera Central, afectando tramos entre Ricardo Palma y Matucana, dejando aislados a cerca de mil vehículos.
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Un camión que se dirigía hacia la selva cayó al río en el kilómetro 66, aunque afortunadamente su chofer logró salvar la vida de forma milagrosa. Las cuadrillas de ingenieros y miembros del Ejército trabajaron arduamente para intentar habilitar la vía bloqueada por toneladas de lodo, rocas y escombros.
En la Carretera Panamericana Norte, el desborde del río Supe cortó la troncal a la altura de Barranca, mientras que el río Chillón amenazaba con cubrir las zonas bajas. La fuerza de la naturaleza no respetó las rutas asfaltadas. Por su lado, al sur, el río Pisco inundó la carretera, y en Mala, el río Chilca deterioró más de 20 casas tras salirse de su cauce normal durante la madrugada.

La capital limeña fue, por aquellas horas nocturnas del 15 de enero de 1970, una isla rodeada de agua y lodo, con sus principales arterias de abastecimiento cortadas por la fuerza de los elementos.
LA PREVIA DE UN ANIVERSARIO: ENTRE EL RESCATE Y LA SED
Uno de los momentos más dramáticos fue el rescate realizado por un helicóptero de la Fuerza Aérea del Perú (FAP) en las turbulentas aguas del río Chillón. Siete personas habían quedado aisladas en un islote durante la madrugada, con la fuerte corriente amenazando con cubrirlos por completo en cualquier segundo.
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Gracias a la pericia de la dotación del Escuadrón de Rescate de la FAP, los damnificados fueron puestos a salvo, protagonizando una escena de heroísmo que conmovió a la opinión pública. Mientras tanto, en la ciudad, otro problema comenzaba a gestarse: la falta de agua potable para los millones de habitantes.
La Empresa de Saneamiento de Lima (ESAL) hizo un llamado urgente a la población para restringir al mínimo el consumo del agua en los hogares. La extraordinaria crecida del Rímac generó graves problemas en la captación y pre-tratamiento en la planta de La Atarjea debido a la altísima turbidez del agua.

Se advirtió que, de no mejorar las condiciones del río, el agua tendría que ser sometida a tratamientos especiales o, incluso, “a ser hervida obligatoriamente”. La ironía era cruel: mientras el agua sobraba en las calles y caía a cántaros del cielo, faltaba en las casas para el consumo humano más elemental.
Mientras se reparaban los cables telefónicos y se limpiaban los monumentos cuyos pedestales fueron lavados por la lluvia, los limeños comentaban con asombro la denominada “noche eterna”. Pero, el sol de enero volvió a brillar sobre las calles húmedas, evaporando los charcos, aunque no el recuerdo de una jornada que marcó a toda una generación.
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Ese domingo 18 de enero de 1970, día de Lima, no hubo festejos ni espíritu celebratoria. Había que ponerse a trabajar de inmediato. Así llegaron los limeños a ese extraño aniversario 435, con un verano inolvidable, y una grandísima lluvia que nos hizo recordar que, bajo el asfalto de la modernidad, la capital peruana seguía siendo el valle que el río reclama.
La lluvia de enero de 1970 quedó escrita en los diarios y en la memoria colectiva como el día en que Lima, por unas horas, dejó de ser la ciudad gris para convertirse la ciudad acuática.















