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“Pueden revisar una zona del tamaño de una cancha de tenis en unos 20 minutos, mientras que a los seres humanos con detectores de metales nos tomaría hasta cuatro días”, cuenta la doctora Cynthia Fast, quien entrena a unos extraordinarios animales en la ONG APOPO.
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En un campo en el norte del condado de Derbyshire, Inglaterra, una profesional altamente cualificada llamada Emily se está preparando para ir a trabajar.
“Si la ves temblando no es porque tiene frío o está asustada. Es porque su cuerpo está preparándose, calentando sus músculos”.
Emily es una hurona de color dorado claro, de aspecto largo, ágil y flexible. El hombre que la sostiene es su jefe, o quizás, más bien, su colega James McKay.
James cuenta con más que Emily en el equipo. Dirige la Escuela Nacional de Entrenamiento de Hurones y dirige un equipo de élite de más de 40 de Mustela putorius furo.
“La gente habla de entrenar a los hurones. Yo creo que sus habilidades son innatas y que todo lo que hacemos es canalizarlas”.
Que los hurones tengan trabajo no es precisamente nuevo. Fueron domesticados por primera vez hace unos 2.500 años para cazar animales que los humanos no podían alcanzar fácilmente.
“La Legión Romana los llevaba consigo porque dondequiera que tenían que tener alguna forma de sacar a los conejos de sus madrigueras, y la única manera de hacer que salgan corriendo es enviar algo que los obligue”, cuenta James.
En siglos posteriores, además de la caza, también fueron empleados históricamente para proteger graneros y cultivos de roedores.
Pero Emily y sus compañeros no solo cazan; hacen todo tipo de cosas.
En los años 80, James se dio cuenta de que sus hurones tenían numerosas habilidades transferibles que eran útiles.
“Una granja donde solía ir a buscar conejos para controlar las poblaciones tenía un problema con los desagües del campo y el dueño se quejaba de que iba a tener que contratar equipos para excavar todo el campo y encontrar dónde estaban los atascamientos”, recuerda James.
“Tuve un destello de inspiración y le dije que podíamos meter un hurón en un extremo del desagüe, ver hasta dónde llegaba, marca ese lugar, y luego hacer lo mismo desde el otro extremo. Lo hicimos y encontrámos dónde estaba el bloqueo”, añade.
“Esa fue la pequeña semilla de la que todo germinó”.

Los hurones han ayudado históricamente en Europa y Norteamérica para cazar animales pequeños, y a controlar plagas y proteger cultivos sacando conejos y roedores de madrigueras profundas.
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Hoy en día, a James lo llaman para todo tipo de trabajos, no solo para encontrar atascamientos, tuberías y desagües, sino también para tender cables de fibra óptica de alta velocidad.
Lo hacen atando una línea fina al arnés del hurón que se interna cual aguja peluda por los rincones y grietas a los que nosotros, los humanos, simplemente no podemos alcanzar.
Pueden meterse muy profundo bajo tierra, o a través de cavidades o detrás de paredes falsas.
La buena comunicación es vital para el trabajo en equipo, y James nunca se desconecta de sus ingenieros, que llevan consigo un transmisor.
Cuenta que a veces la gente se preocupa por el bienestar animal, pero él está seguro de que sus criaturas están felices con su trabajo.
“No lo haría si pensara que hay alguna crueldad o riesgo real. Cuando pongo a mi hurón delante de un agujero, lo único que quiere es meterse y ver qué hay al otro lado”, afirma.
James, por supuesto, no es el único que ha reconocido el potencial de ingeniería en los hurones.
Uno de los hurones más famosos de todos los tiempos se llamaba Felicia.
En 1971, durante la construcción del National Accelerator Laboratory (que más tarde sería renombrado Fermilab en honor a Enrico Fermi), surgió un problema: los tubos de vacío largos y estrechos que formarían parte del acelerador necesitaban estar perfectamente limpios de polvo metálico y escombros, porque incluso una mota de polvo podía interferir con los haces de partículas.
Para resolverlo, un ingeniero británico recordó que los hurones naturalmente exploran túneles y huecos, así que sugirió usar uno para recorrer los tubos y arrastrar un cordel que luego permitiría pasar un hisopo con limpiador a lo largo del tubo.
Así se hizo, y Felicia se encargó de solucionar el problema de los científicos que investigaban la física de partículas.

«Freya» detecta correctamente una muestra de malaria en una hilera de recipientes para muestras en la sede de la organización benéfica «Medical Detection Dogs».
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Quizás hayas oído hablar de los “perros oncológicos”, los que pueden detectar cáncer.
Pero su alcance va mucho más allá: epilepsia, malaria, párkinson e incluso COVID-19.
Cómo los perros pueden olfatear la enfermedad en humanos sigue siendo una ciencia incipiente, pero la doctora Claire Guest, cofundadora y directora científica de Perros de Detección Médica (un centro de entrenamiento en Milton Keynes, Inglaterra) ha estado involucrada desde el principio.
“Los perros nos enseñaron cosas de las que antes no teníamos ni idea: fue completamente revolucionario pensar que el cáncer tenía olor. Ahora, se entiende bien que las enfermedades sí tienen olor”, dice Guest.
¿Qué hace que sean realmente excelentes en su labor?
“Bueno, primero es el increíble sentido del olfato. Hablamos de 300 millones de receptores sensoriales. Los humanos tenemos 5 millones. Si un humano pudiera detectar una cucharadita de azúcar en una taza de té, un perro podría detectarla en dos piscinas olímpicas de agua”, explica.
Claire agrega que el tipo de nariz que poseen estos animales está increíblemente diseñada.
Los perros pueden inhalar aire con un flujo continuo mientras exhalan aire por otras partes de la nariz.
Esto permite que el olor llegue mejor a los receptores olfativos sin que el aire viejo se mezcle con el nuevo.
Es decir, pueden inhalar y exhalar al mismo tiempo por la nariz, y eso maximiza la detección de moléculas olorosas, por eso pueden detectar olores muy débiles y seguir rastros durante horas.
“Es un sistema muy sofisticado”, sentencia Guest.
Pero hay otra cualidad importante que hace que estos perros sean fantásticos en su trabajo. Todo se trata de la motivación.
“Los perros lo hacen no sólo por los premios que reciben. Quieren que sus dueños estén bien”, afirma.
“Una de las investigaciones recientes demostró que cuando estamos con nuestro perro y lo acariciamos, liberamos oxitocina, esa hormona del amor que antes se pensaba que solo se producía entre madre e hijo o parejas muy cercanas”.
“Pero lo que es aún más asombroso, creo, es que el perro nos refleja y también libera oxitocina, completando así un vínculo total y recíproco. El perro está tan apegado a nosotros como nosotros a él”, asegura.

Durante la epidemia de covid, hubo una iniciativa internacional de investigación destinada a entrenar perros detectores, y Floki fue uno de los participantes australianos.
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Además de entrenar perros biodetectores que trabajan identificando muestras, en el centro también entrenan perros de asistencia médica de alerta, que viven y trabajan con un solo ser humano.
Están entrenados para dar la alarma cuando una emergencia médica pueda ocurrir.
Lauren sufre de síndrome de taquicardia postural ortostática y de trastorno neurológico funcional, que causa convulsiones no epilépticas, y Mabel es su perro de asistencia alerta, es decir, que le avisa cuando está a punto de enfermarse y tener un episodio.
“Por ejemplo, pone su cabeza en mi regazo y si intento levantarme no la quita, indicándome que tengo que quedarme sentada pues voy a desmayarme”.
Eso le cambió la vida.
“Tenía unos 16 años cuando me diagnosticaron. Estaba estudiando y me iba bien académicamente. Era bailarina y pasé de eso a no poder sentarme en la cama sin que alguien estuviera allí para asegurarme de no caerme y hacerme daño. Sin poder vestirme, lavarme, alimentarme, sentí que mi mundo se había hecho realmente pequeño”, recuerda Lauren.
“Tener a Mabel cambió todo: puedo salir y moverme por mi cuenta… es absolutamente increíble”.
Si llegara a haber una máquina que pudiera hacer todo lo que hace Mabel, ¿qué elegiría?
“Preferiría a Mabel siempre antes que a un robot porque es mucho más que solo alertar. También está esa conexión emocional con ella”, dice.
“Si piensas en el peor día que hayas tenido jamás, pero tienes a alguien que se sienta a tu lado, que te hace sentir mejor. Y no hay nada tan especial como despertarte por la mañana y que alguien esté tan feliz de verte. ¡No la reemplazaría por un robot nunca!”.














