Ocho autores retratan al Alfredo Bryce Echenique más íntimo: el de los encuentros en París, las madrugadas de whisky y algún desencuentro con la policía. Un manojo de anécdotas tiernas que celebran al gran fabulador, al amigo generoso y al militante ‘tabernícola’. Cuando los amigos se reúnen, los recuerdos fluyen.
MIRA: El manuscrito de una amistad
El recuerdo de una salida al mercado
Por Abelardo Sánchez León (Escritor, sociólogo y profesor universitario)
En el último tramo de 1975 Alfredo Bryce andaba solo por París porque su esposa había regresado definitivamente al Perú. Yo también andaba solo pero solamente por unas semanas: regresaría al Perú, algo desconcertado, porque no estaba seguro de cuál sería la decisión a tomar y le daría el alcance a mi esposa que había partido a Lima hacía dos meses. Por supuesto que Alfredo me abrió las puertas de su departamento en la legendaria 8 bis rue Amyot y me alojé en la sala, imagino que en una cama portátil. A los dos días, Alfredo tomó la gran decisión: hay que ir de compras, me dijo, y como él me había enseñado a comportarnos en una continua economía de guerra parisina hicimos las cuentas pero, en esta oportunidad, dándonos nuestros buenos gustos. En verdad, quien invitaba era Alfredo: era mi hermano mayor y me quería y protegía. Salimos cada uno con su canasta al hombro y bajamos silbando hacia la calle Tournefort. Regresamos cargados, felices, arrastrando nuestras botellas de vino. Vi cómo Alfredo lo ordenaba todo y casi le ponía un día a cada potaje. La pasaríamos de lo mejor, conversando, bebiendo y comiendo.
De pronto sonó el timbre. ¿Quién podría ser? ¿Quién? Era nada menos que Paco Igartua, su cuñado, buenmozo y sonriente. Se quedaría unos días en París y se alojaría en el departamento de Alfredo. Uy. ¿Dónde iré a dormir?, me pregunté. Pero ya Paco había olfateado y descubierto nuestro botín. ¡Qué buenos quesos, qué buen jamón, qué buen vino! Lo que habíamos reservado para quince días, se redujo en un minuto a una muy buena tarde plena de conversación y sucesivos brindis. Después de su partida nos quedamos Alfredo y yo viviendo la clásica vida parisina de casi siempre, no siempre: unos enlatados de atún porque no ensucian, son fáciles de lavar los platos y son alimenticios. ¿Dónde fue que dormí esas dos o tres noches? Mejor no lo digo.
De alegrías y penas
Fernando Ampuero (Escritor)

En algún momento, en la hora melancólica de los adioses, llega el final. Y una buena forma de aliviar el trance es retroceder en el tiempo: evocar el principio, la alegría que aún sabe poco de penas. De ahí que, a pedido de este diario, rescato un pasaje sobre cómo Alfredo Bryce y yo nos hicimos amigos. Eso ocurrió hacia mediados de los años setenta, aunque en dos etapas; primero, tomé la vía epistolar: le escribí manifestándole mi admiración por su obra, y tuve la suerte de que me contestara, pues él vivía en París y yo en Lima; segundo, nuestro querido Julio Ramón Ribeyro, a quien yo había conocido desde antes, me dio la clave para visitarlo en su pisito de la rue Amyot. “Alfredo no abre a los desconocidos”, aleccionó Julio Ramón. “Pero es un hombre con un problema: la mirilla de su puerta; no es de las modernas con lente ojo de pez, vale decir, es de visión directa: te verá y no te reconocerá. Mejor que no te vea. Y para eso, una vez que hayas tocado su timbre, lo que tienes que hacer es ponerte a un lado de la puerta y esperar ahí en absoluto silencio, por un minuto o dos. Alfredo espiará por la mirilla, carcomido por la curiosidad. Y, en esa desesperación, abrirá la puerta y tú podrás explicarle quién eres”.
Así fue, tal cual. Me presenté y me hizo pasar, mientras se acordaba de un cuento mío que le enviara en las cartas que habíamos cruzado. Sentí un alegrón. Luego me preguntó: “¿Qué haces en París?” Yo estaba de paso hacia Budapest, donde me aguardaba una beca. Sin embargo, omití ese dato y acabé soltando una abrupta confesión: “Estoy en París para buscar a mi mujer, que me ha abandonado”. Alfredo cambió de expresión y me ofreció un whisky. “Siéntate”, susurró, apuntando a su sillón Voltaire. El piso era modesto y pequeñito, pero ya tenía ese sillón. Y de pronto, en las siguientes horas, me calló y habló sin parar de las mujeres que a él lo habían abandonado; y lo hizo, sí, con total confianza, ya en tren de amigos íntimos.
La memoria de los ‘tabernícolas’
Jorge Eduardo Benavides (Escritor)

La última vez que vi a Bryce fue en noviembre, cuando San Marcos le rindió un merecido homenaje. Estábamos almorzando un grupo de amigos en la terraza del club de golf de San Isidro, y luego, cuando ya casi todos habían partido, disfrutábamos de una copa contemplando el campo, desierto de jugadores. En alguna momento de la conversación recordamos los apodos que nos pusimos las veces que tomábamos unas copas en Madrid y nos quedamos hasta muy tarde. «¿Te acuerdas, Alf, cómo nos llamábamos en ese entonces?» «Éramos unos tabernícolas», respondió Alfredo. Y cuando las tabernas fueron desplazadas por los bares de copas, nos dimos cuenta de que habíamos pasado a ser antronautas, le recordé yo mientras mirábamos el campo de golf, inmenso y vacío. «Oye, Alf», le dije, aquí no juega al golf ni el tato, parece que solo estamos nosotros y mira, bebiendo. Alfredo sonrió y asintió levemente, mientras bailoteaba su copa en la mano. «Sí, pues, hermano», me dijo. «Ahora este club debería llamarse «los Golfos». Y se rió bajito, contento con ese estrenado nuevo mote, ese que ya no podremos usar más y que tan huérfano se ha quedado sin el caballero eterno que era Alfredo.
De madrugada, un capitán y la policía…
Gustavo Rodríguez (Novelista y comunicador. Premio Alfaguara de Novela por “Cien cuyes”)

Una madrugada neblinosa, Alfredo, Carol y yo subimos a mi carro luego de una larguísima velada en el Bar Olé: yo había tomado solo un capitán y confiaba en mi suerte. Alfredo iba a mi lado y respiraba con dificultad.
Ni bien doblamos la esquina, una patrulla nos detuvo. ¿De verdad la policía estaba para emboscar parroquianos en busca de dinero?
Bajé iracundo con mis documentos y le dije al policía que si quería hacerme un dosaje etílico, lo hiciera, que era lo justo, pero que antes tenía que dejar en su casa a mi acompañante, “una persona mayor y nuestra mayor gloria literaria”, le advertí.
El policía dudó y llamó a su superior. Mientras Alfredo tosía, el superior sonrió y me sugirió colaborar con alguito. Accedí consternado: con ese billete se fueron al carajo unos veinte años invictos en coimas.
Cuando trepé al carro, le dije a Alfredo que me había bastado mencionar su nombre para que nos dejaran ir.
Desde entonces, cada vez que estábamos solos, Alfredo solía preguntarme lo mismo.
—Gustavo, pero esa noche… ¿le pagaste o no le pagaste?
Nunca acepté la verdad, aunque era obvio que él la sabía: al más grande fabulador no se le podía engañar con esa ingenuidad.
Con ganas de un bistec por la mañana
Raúl Tola (Escritor)

Las anécdotas de Alfredo Bryce rivalizan en fama con los libros que ha escrito. Además de protagonizarlas, él mismo se encargaba de difundirlas y exagerarlas, en un proceso de permanente transformación, casi de creación literaria en vivo y en directo. Ahora que lo pienso, en cada una de las veces que nos vimos pasaron cosas dignas de ser contadas. Lo conocí gracias a una entrevista que le hice en Canal N, y la siguiente vez que lo entrevisté —ahora para la señal abierta— fue memorable. Mientras Bryce y yo estábamos en el set, algunos de sus mejores amigos participaron desde el bar inglés de Hotel del Country, contando anécdotas y haciendo preguntas. Cuando el programa terminó, nos fuimos a darles el alcance.
Estuvimos hasta que los mozos comenzaron a barrer y fuimos al departamento que tenía en Barranco, adonde me había aprovisionado de una buena dotación de vodka. Me acuerdo de esa velada porque Alfredo estuvo deslumbrante, contando una historia tras otra; porque cada vez que entraba a la barra a servirse, Guillermo Niño de Guzmán reventaba un par de copas (acabó con todas); porque la noche se alargó hasta las nueve de la mañana, y porque tuve que salir a dictar clase apurado y en estado comatoso. Después de despedirnos y mientras me dirigía a mi auto, oí que el incombustible Alfredo Bryce proponía al resto seguirla con unas cervecitas y un bistec apanado en el Gloton’s de Comandante Espinar.
Alfredo al final del arco iris
Rossana Díaz Costa (Cineasta. Directora del filme “Un mundo para Julius»)

En 1997, vivía en La Coruña, bajo la lluvia casi permanente de Galicia. Era una estudiante sin dinero que compartía un cuartito con una compañera de estudios. Una mañana, ella me enseñó el periódico: Alfredo Bryce ofrecía ese día una conferencia en la ciudad. Esa noche, lo vi y escuché en persona por primera vez. Era genial y gracioso y peruano. Al terminar la conferencia, me acerqué y le pedí por favor me firmase su novela y reconoció mi acento peruano. Y así empezó una conversación maravillosa que continuó en la calle. Empezamos a hablar de literatura bajo la lluvia, todo el camino entre el Teatro Colón donde ofreció la conferencia y un restaurante frente al puerto, donde lo esperaban. Me preguntó que cómo una peruana vivía bajo la lluvia, que a él lo ponía muy triste, y le dije que a mí me gustaba, porque podía ver el arco iris al final.
Recordé todo esto cuando Alfredo, en noviembre del 2021, veía “Un mundo para Julius” delante de mí en el estreno de la película en el Teatro Municipal de Lima. Julius se mete a la piscina del pasado, sale a la piscina del presente, se ven nuestras desigualdades, pasan los créditos y yo muerta de miedo, pensando en su opinión, la única que me importaba. Temblaba pensando en La Coruña ese 1997, en el arco iris, en los esfuerzos que me había costado hacer la película. Se prendieron las luces y Alfredo, tras su mascarilla pandémica, me dijo que había hecho una película maravillosa. Tenía los ojos rojos, visiblemente emocionado. Respiré y agradecí por la suerte que había tenido.
Un ‘rockstar’ en Santiago de Chile
Jeremías Gamboa (Escritor y periodista. Autor de “El principio del mundo”)

Yo era fanáticamente vargasllosiano y por eso no me reconocía en Bryce. Cuando conocí a Mariana, mi pareja, una de las primeras cosas que me dijo es que yo era muy fan de Mario pero que mi estilo era tributario de Bryce. Al principio me chocó. Luego me di cuenta de que había escrito mi primer libro de cuentos sobre la forma de “Huerto cerrado”, y que cuando surgió el brote inicial de mi primera novela, encontré la formaacometerla después de leer “La vida exagerada de Martín Romaña”. Aún no conocía a Bryce. Lo saludé en dos o tres oportunidades y una tarde almorcé con él y con Germán Coronado en Santiago de Chile, adonde él llegó como un ‘rockstar’. La última vez que lo vi, ya plenamente consciente de su influencia sobre mí, le di mi última novela diciéndole que era el relato invertido de un “Un mundo para Julius”. Ahora la historia la contaba el hijo de la nana. Bryce abrió mucho los ojos, y al final de la velada pidió que le alcanzarán el libro, que colocó sobre su regazo y que acarició mientras se despedía de todos. Es la última imagen que tengo de él.
El tío Alfredo viene a casa a jugar fútbol
Patricia del Río (Periodista y escritora. Conduce el programa “Letras en el tiempo”)
A diferencia de muchos, no recuerdo la fecha exacta en la que conocí a Alfredo Bryce. Debe haber sido en algún momento de la década del setenta, cuando yo era una niña pequeña y él llegaba de vez en cuando a casa, con unos shorts blancos raídos y un polo desteñido, a jugar fútbol con mi papá. Bryce siempre fue el tío que contaba historias hilarantes, el amigo que había estudiado con mi padre en un colegio interno, el personaje bigotón de anteojos redondos que les ponía las mejores chapas a sus patas.
En casa estaban todos sus libros, que yo leí muy pronto: primero por simple curiosidad y luego con devoción. Empecé con sus cuentos y ya no lo abandoné más. Todo lo que caía en mis manos lo devoraba, dejando que la imagen del ídolo literario reemplazara a la del tío gracioso.
Lo quise y lo seguiré queriendo por su humor, por su inmenso talento literario, por su ternura, por supuesto; pero, sobre todas las cosas, por haberme enseñado que se puede ser genial y vulnerable, por partes iguales.














