viernes, marzo 13

En la sala de su casa en San Borja, sobre una mesa de centro, Anabel Gómez Alva nos presenta un paquete de documentos, fotos y medallas que ha ordenado para nuestro encuentro. Hay carpetas, cancioneros, recortes periodísticos, medallas, discos, letras mecanografiadas… todo es parte del material que ha acumulado en más de veinte años de investigación sobre la obra de su tío abuelo, el compositor de música criolla Felipe Pinglo Alva. Anabel conoce estos documentos de memoria. Los cita sin necesidad de abrirlos porque ha pasado décadas construyendo en su mente un orden para tanta información.

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Cuando los evaluadores del comité peruano del programa Memoria del Mundo, entidad vinculada a la Unesco dedicada a identificar y preservar el patrimonio documental de alto valor del Perú, llegaron a su casa a revisar el expediente, encontraron algo que, según ella recuerda, los tomó por sorpresa. Vieron una documentación construida con una exigencia científica. Gómez Alva, que es química farmacéutica, no investigó como investigan los aficionados, acumulando versiones, sino como lo haría en un laboratorio: sin afirmar nada que no pueda sostenerse con una prueba. “Por ejemplo, algunos hablan de más de 300 canciones de Pinglo. Yo valido solo 71 composiciones”, dice. “El resto pueden ser de él, pero si no tengo cómo probarlo, no puedo afirmarlo”.

Anabel Gómez Alva con dos de sus tesoros: el reconocimiento otorgado por el comité Memoria del Mundo de Unesco y un disco antiguo de una emisión de radio con composiciones de Pinglo. (Foto: Diego Moreno)

/ Diego Moreno

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“El plebeyo”, “El espejo de mi vida”, “La oración del labriego”, “El huerto de mi amada” son canciones que han pasado el filtro de veracidad que puso Gómez Alva, pero no una canción como “Alma latina”, señala entre otras. Ese rigor terminó dando resultado. El 10 de febrero de este año, en una ceremonia pública, se entregó la certificación que incorpora la obra de Pinglo al registro de Memoria del Mundo. El reconocimiento destaca la obra de quien es considerado una figura fundamental de la música criolla peruana, con canciones de gran sensibilidad humana y social.

Obra musical de Felipe Pinglo Alva ingresa al Registro Peruano Memoria del Mundo – UNESCO.

Obra musical de Felipe Pinglo Alva ingresa al Registro Peruano Memoria del Mundo – UNESCO.

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Gómez Alva no llegó a este trabajo por vocación académica. Al comenzar la entrevista nos explica el complicado árbol familiar: Felipe fue hijo único, tuvo dos hijos y ningún nieto. Su vinculación viene por la rama de los Alva —ella es nieta de un primo muy querido del compositor, vecino suyo en Barrios Altos—. Durante mucho tiempo llevó una vida ajena a la nostalgia familiar, entre posgrados y el ritmo ordenado de una carrera científica. Así hasta hace unos veinte años, cuando empezó a investigar por su cuenta, fatigando archivos y bibliotecas, en la memoria de Felipe.

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En 2023, cuando se acercaba el aniversario 125 del nacimiento de Pinglo, Gómez Alva reunió a la familia y planteó un tema que nadie había querido abordar: la obra de su pariente corría el riesgo de quedarse sin nadie que respondiera por ella. “Los sobrinos ya fallecieron todos; quedamos los sobrinos-nietos”, dijo. “Alguien tiene que asumir esa responsabilidad”. Y todos en la sala sabían quién era la más indicada.

En sus vacaciones, Gómez Alva desaparecía en la biblioteca durante semanas enteras. Revisaba periódicos de los años veinte y treinta, no para encontrar el nombre de Pinglo, sino para reconstruir el mundo en que vivió: el lenguaje de la época, los temas que preocupaban a la gente, el clima social que respiraban las canciones. Lo que encontró fue revelador. Su pariente era un hombre respetado entre los músicos criollos, una figura de barrio con autoridad entre sus pares, pero su fama no trascendía las calles donde vivía. Cuando murió, en mayo de 1936, los diarios no lo cubrieron. Solo apareció el obituario que costeó la familia, perdido entre las páginas interiores. No era una anomalía: en esa Lima, la música criolla circulaba de boca en boca, de patio en patio, y los nombres de quienes la creaban rara vez salían del barrio a las primeras planas.

La vida de Pinglo transcurrió casi por completo en Barrios Altos, y esa geografía aparece con frecuencia en las historias familiares que Gómez Alva heredó. En una época residía en la cuadra ocho del jirón Áncash; su primo —el abuelo de Anabel— lo hacía cinco cuadras más allá. Según los relatos que se conservaron en la familia, las tardes solían terminar en reuniones en casas del barrio o en espacios como Mercedarias o Maravillas.

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Allí se cantaba y se conversaba. Pinglo llegaba con letras, como las de “El huerto de mi amada”, con ideas de melodía, con fragmentos que iba armando en voz alta. “Él componía la letra y tenía en mente la música”, explica Gómez Alva. “La tarareaba y los amigos la tocaban con guitarra”. Pinglo no era instrumentista en sentido estricto. Trabajaba sobre todo de oído. Cuando una canción tomaba forma, encargaba la partitura a copistas profesionales. Era el procedimiento habitual en una época en que las grabaciones eran todavía escasas.

Parte de la investigación de Gómez Alva consistió en someter a prueba algunos de los mitos más extendidos sobre el llamado “Bardo Inmortal”. Uno de ellos es el de “El plebeyo” como canción autobiográfica. Hay leyendas que dicen que la canción nació de un amor no correspondido del compositor con una chica de otra clase social a la que su familia llevó a Europa, para alejarlo de él. Según Anabel y los relatos familiares que ha recopilado, la inspiración no fue propia sino ajena: la historia le pertenecería a un amigo del compositor llamado Luis Enrique, aludido en la misma letra de la canción.

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