domingo, febrero 8

Carol Núñez Vélez

Comunicadora y psicóloga

Durante años se nos enseñó que amar era un gesto sostenido en el tiempo: esperar, escuchar sin prisa. No porque el pasado haya sido necesariamente mejor, sino porque el vínculo exigía presencia. Había errores, silencios incómodos y torpezas, pero también un aprendizaje compartido: conocer al otro implicaba detenerse. Amar no era eficiente, era humano.

Hoy el acercamiento ocurre de otra manera. Las aplicaciones ordenan personas como opciones, las conversaciones empiezan y terminan sin explicación, y el interés se mide en respuestas rápidas o reacciones breves. No es que la tecnología haya vaciado el afecto, pero sí ha normalizado una lógica de reemplazo constante. Cuando todo es inmediato, también todo es descartable. Y en ese ritmo, muchas veces se pierde algo esencial: la disposición a quedarse.

Aun así, hay experiencias que no caben en una pantalla. El silencio que se comparte sin incomodidad, una caminata sin destino, una conversación que se alarga porque nadie quiere irse. No se trata de idealizar el pasado ni de rechazar lo digital, sino de reconocer que el cuerpo, la mirada y el tiempo siguen siendo lenguajes que construyen intimidad. Ninguna aplicación puede reemplazar eso.

Amar a la antigua, entonces, no es volver atrás, sino resistir la superficialidad. Es elegir el cuidado frente a la prisa, la conversación frente al algoritmo, la presencia frente a la distracción. Es usar la tecnología para encontrarse, pero no para evitar el compromiso emocional que implica realmente conocer a alguien.

Por eso, en un mundo que invita a pasar rápido de una historia a otra, hay quienes aún prefieren tomarse el tiempo de sentir. No por nostalgia, sino por convicción. Como dice Marc Anthony: “me niego a renovarme, es mi manera, te lo confieso que quisiera, amarte a la antigua”. Y quizás, en ese gesto aparentemente fuera de época, haya todavía una forma honesta de amar.

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