A los 12 años, Víctor Acuario no sabía que estaba haciendo un casting. Ese día contó un cuento en quechua, ante unas quince personas desconocidas que aparecieron en la puerta de su casa, en Maras. No sintió nervios, tampoco entendía bien qué buscaban. Terminó de hablar y alguien dijo: “Es él”. Así empezó todo. La película era “Willaq Pirqa”.
A los 12 años, Víctor Acuario no sabía que estaba haciendo un casting. Ese día contó un cuento en quechua, ante unas quince personas desconocidas que aparecieron en la puerta de su casa, en Maras. No sintió nervios, tampoco entendía bien qué buscaban. Terminó de hablar y alguien dijo: “Es él”. Así empezó todo. La película era “Willaq Pirqa”.
“No pensaba estudiar actuación”, dice hoy, a los 21. Pero el cine ya lo había elegido.
Cuando grabó “Willaq Pirqa” tenía 12. Cuando se estrenó, 17. En el camino llegaron reconocimientos como los Premios Luces y los Apreci. La experiencia fue deslumbrante. También engañosa. Después del estreno, las propuestas dejaron de llegar y, con ellas, la inseguridad se apoderó del nobel actor adolescente.
“Lo más difícil en el mundo artístico no es conseguir trabajo, sino mantenerse. Cuando terminé ‘Willaq Pirqa’ quería seguir actuando, pero no me llamaban. Sentí que algo se me había roto y decidí no volver a actuar”, recuerda.
Se matriculó en mecánica automotriz y estudió dos años y medio. “Yo no quería saber ya mucho del cine”, dice, como si alejarse hubiera sido una forma de cuidarse. Pero el corte no fue definitivo. Cuando estaba en el último ciclo, lo llamaron para que actúe en “El banquete”.
“Acepté. Y no solo volví a actuar, también decidí hacerle caso a mi mamá y me puse a estudiar actuación”, recuerda.
Entrar —y sobre todo quedarse— no es sencillo. Víctor Acurio tuvo la fortuna de ingresar “por la puerta grande” gracias a «Willaq Pirqa», pero aun así la describe como una industria cerrada.
“Es bien complicado entrar, hay argollas, lamentablemente”, dice. Más adelante llegó el spot del Festival de Cine de Lima y, con eso, una forma distinta de abrirse paso: “Ya era cuestión de presentarme dentro de los directores, conversar y hacer como que comunicación social”, relata.
El año pasado, esa fragilidad del oficio se le hizo constante. Pasó casi diez meses sin proyectos, de enero a octubre, y esa pausa lo empujó a buscar otras salidas. De ahí nacieron sus cortometrajes —escritos, producidos y dirigidos por él—: «Tomay Kichwa», «¿Aún quieres ser actor?» y «Ñanninta». En ese tramo, incluso evaluó enrolarse en el Ejército.
Víctor Acurio, el recordado actor de «Willaq Pirqa,» quien ahora debuta como productor y director de dos cortometrajes. (Foto: Gincarlo Ávila)
/ NUCLEO-FOTOGRAFIA > GIANCARLO AVILA
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“Vivo solo en Lima. Fueron días difíciles, sufrí depresión. Se me cruzó por la mente ir al Ejército, era mi sueño de adolescente, pero de alguna manera ya lo había vivido con el entrenamiento militar y el uso de armas que tuve para mis personajes en ‘Chavín de Huántar’ y ‘El corazón del lobo’”, reflexiona.
En ese impulso por no quedarse quieto, Víctor asumió la producción de sus cortometrajes de manera empírica, aprendiendo en la práctica, a partir de lo que observó en los rodajes en los que participó, y sosteniéndose en una red de amigos, familia y gente que confía en él.
“Un amigo, el director de fotografía César Martel, puso la cámara. Luego se sumó David Romero. Y lo demás fue impulso puro. No hicimos una preproducción extensa. El 2 de noviembre grabamos ‘¿Aún quieres ser actor?’. Nos demoramos un día y medio”, recuerda con emoción.
El corto fue autofinanciado y levantado con un equipo armado desde la confianza. Él actúa y comparte protagonismo con Carolina Villarreal, compañera de escuela.
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“A Carolina, le dije que tenía el proyecto, pero que no tenía dinero para pagarle… Aceptó”, cuenta. La historia, añade, tiene algo de ajuste de cuentas con la realidad del oficio: “Habla sobre un joven que estudió actuación, pero no tiene la suerte de ingresar al medio”.
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El siguiente proyecto, “Ñanninta”, nació con más ambición, en junio del 2025. Es un drama social. Narra la violencia ejercida por docentes, en escuelas, durante los años 80.
“Como no llegamos al presupuesto total, amigos, familiares, gente del medio y quienes no conocíamos pusieron su granito de arena. El rodaje fue en Cusco. Mover el equipo desde Lima fue un rompecabezas, pero se hizo”, dice satisfecho. Sus padres ayudaron. Los actores los encontró allí, aclara.
El año pasado entró a “Luz de Luna 4” y fue como cambiar de idioma. “Casi toda mi vida he hecho cine y un poco de teatro, y entrar a televisión ha sido un ejercicio muy bacán. En TV, el texto llega un día antes: ‘Lees y vamos’. Se graba con varias cámaras, pocas tomas, mucha presión”, reconoce.
Su niñez en Maras la recuerda “divertida”, “magnífica”. Y si el cine se mudara al Cusco, él se mudaría con él. Lima lo agota.
“Odio Lima, por el tráfico. Un 60% de tu vida diaria la pasas en el tráfico… y solo un 40% es como que puedes hacer algo”. Aun así, en la capital está su centro de acción. “Cuando no salgo, me encierro en mi cuarto y hago desde ahí”, señala.
Y vuelve a la frase que lo resume todo: “¿Qué me dio Willaq Pirqa? El cine. Yo no conocía el cine”. No para seguir los pasos de Sistu, sino para contar historias a su manera.




