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¿Puede una roca escoger a un artista para contar su historia? Para Alfredo Rolando Grosman, incluso puede escoger por dónde debe empezar a contarla, cómo debe hacerlo y hasta dónde puede seguir tallándola para dejarla —incluso más— al natural. Después de ser invitado el año pasado a la feria internacional JustMAD, el artista peruano repite el gesto con una nueva presentación en el Palacio Neptuno, en España, como parte de una exposición colectiva que busca contar esa historia tallada.
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Su materia prima es el alabastro, una singular piedra que tarda millones de años en formarse. Son, en resumidas cuentas, microcristales que se compactan hasta convertirse en esta materia translúcida. Y ese peso del tiempo geológico es el que carga Grosman al sacar el martillo y el cincel, y al enchufar la amoladora. “Mi trabajo es establecer la conexión con la materia, y para eso hay que estudiarla al detalle”, comenta.
Lo visible en sus esculturas no es el volumen de las mismas, tampoco una superficie ornamentada, sino la tensión de la materia: un cuerpo frágil que encierra el concepto de resistencia. De forma técnica, ese concepto se explica desde su intervención, donde somete al alabastro hasta alcanzar un punto en el que su propia resistencia se pone a prueba, casi al borde de la fractura. Allí, en ese umbral, comienza el arte de Grosman.
El trabajo del artista peruano ahora se despliega en Madrid, donde el artista participa en la exposición colectiva “Fronteras móviles: Arte latinoamericano en tránsito” en Casa de América. Comisariada por María Lightowler y Óscar García García, la muestra reúne a artistas latinoamericanos cuyas propuestas abordan el tránsito cultural y las fronteras simbólicas. En ese contexto, las esculturas de Grosman —pertenecientes a la serie “Forma en Resistencia”— introducen su reflexión.
En el plano formal y académico, sus piezas investigan el límite entre lo que puede sostenerse y lo que puede destruirse. “Cada decisión formal debe considerar ese límite”, se repite el artista al decidir —en conjunto con la roca— por dónde deben ir los cortes, hasta dónde debe hacer el desgaste o hasta dónde le permite el alabastro continuar. Por ese motivo, no hay dos esculturas iguales.
El escultor peruano vuelve a Madrid tras su paso por JustMAD, consolidando su presencia en el circuito internacional con una investigación centrada en la resistencia de la materia.
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Aunque la roca no lo sepa del todo, también encierra las experiencias del artista, quien residió en diferentes partes del mundo y explica que el concepto inherente a la roca jamás será igual para todos. “En Canadá, la resistencia puede estar vinculada a cuestiones culturales. En China —otro país donde residió— está asociada a la alta competitividad. En el Perú, muchas veces la resistencia está relacionada con necesidades básicas: agua, vivienda, alimentación”, explica.
En tiempos anteriores a la amoladora de Grosman, el alabastro fue empleado en diversas culturas para ventanas, lámparas y objetos litúrgicos. En el Antiguo Egipto se usaba en ritos funerarios, en forma de vasos para conservar vísceras en procesos de momificación; en Mesopotamia, para estatuillas en templos de oración; para romanos, bizantinos y árabes, formaba parte de la decoración en casas de lujo. El Perú no fue indiferente al material: los Wari lo utilizaron para elaborar el kero de alabastro hallado en el Castillo de Huarmey. Y hoy Grosman lo lleva a España para presentarlo hasta el 7 de marzo.
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Después de meses de trabajo arduo y continuo, sometida al mandato del arte que busca darle sentido a lo que vivimos ¿Qué nos dice la roca a nosotros? Grosman responde por ella: “Nos recuerda lo tangible, distinto a modificar un archivo digital o un prompt en ChatGPT. Trabajar con cosas táctiles es recordar aquello que es primordialmente humano”.













