Cuando el 27 de agosto de 1958 el avión que traía entre sus pasajeros al famoso artista arequipeño Alberto Vargas aterrizó en Limatambo, entonces el antiguo aeropuerto limeño ubicado en el distrito de San Isidro; la prensa capitalina ya estaba al tanto de la noticia de su llegada. Volvía al Perú con 62 años de edad, después de 47 años de ausencia, y lo hacía envuelto en un halo de gloria pero con su característica sencillez.
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Cuando le preguntaron cuánto valían sus cuadros, Vargas respondió que en Estados Unidos se venden entre mil y mil quinientos dólares; y los que consideraba “menos perfectos”, costaban 500 dólares.
“Estoy en el Perú y no puedo hacer negocio luego de la brillante acogida que me ha hecho el país. Quiero dejar aquí un recuerdo afectivo de mis obras, por eso es que he puesto una cifra baja. Mis Vargas Girls valdrán solamente 200 dólares”, declaró.
El artista lamentaba que, a su muerte, pasaría lo mismo que le sucedió al pintor francés Toulouse Lautrec, en el que cada una de sus chicas retratadas se convirtió en un valioso capital en manos de quien adquirió alguna de ellas.
“Si hay algo en mi parecido a Toulouse Lautrec, es el tiempo en que nos hemos demorado en triunfar. A mí me costó años de amarguras, de sacrificios y de tesón. Lautrec era hijo de un hombre con dinero, yo lo he tenido que hacer; pero tengo la satisfacción de poder decir que estoy contemplando el resultado de mi obra”, señaló en una declaración a la prensa casi profética.
Alberto y Anna cumplieron su deseo de viajar a Arequipa, la ciudad que vio nacer al maestro y donde realizaría una segunda exposición, esta vez con 60 obras, en el Paraninfo de la Universidad Nacional de San Agustín. Como sucediera en Lima, el público abarrotó la sala, mientras las principales autoridades de la ciudad lo recibieron con el cariño y el afecto del hijo predilecto que retornaba luego de triunfar en los Estados Unidos.
Tez delicada, labios de un rojo intenso, ojos casi felinos, escotes en forma de corazón. La sensualidad exquisita de las chicas Vargas será parte de una muestra en el Cultural de Arequipa, en marzo.
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Visitó el viejo estudio de su padre en la esquina de la calle Mercaderes y la plaza de Armas, cuyo edificio ya había cambiado y cumplió su sueño de visitar el otrora hermoso y tradicional balneario de Tingo para comer los deliciosos buñuelos y que hizo probar a su esposa Anna, quien no dejaba de maravillarse por la campiña arequipeña y por el cariño con que fue recibido su esposo.
Recibió la Medalla de la Ciudad de manos del alcalde de entonces, José García Calderón y allí, emocionado hasta las lágrimas pronunció una frase que quedaría grabada en la memoria popular: “Me voy llevando el nombre de mi tierra como norte, porque nací arequipeño, vivo como arequipeño y moriré como arequipeño”. Días después, Vargas dejaría la ciudad con la promesa de volver, pero eso no ocurrió.
Además…
A saber
Modelo de belleza, descaro y sutil elegancia, las chicas pin-ups combinan lo femenino con lo vintage, el burlesque y un estilo pop que muchas mujeres de hoy siguen imitando.
Si bien el término ‘pin-up’ –“fijar con tachuelas”– se acuñó en 1941, las primeras creaciones de este tipo aparecieron hacia 1886 en revistas francesas. Estas “chicas de calendario” ilustraron las revistas enviadas a los soldados en la Segunda Guerra Mundial, o las revistas de moda o publicidad en los años siguientes.
Cabe destacar que, por los 130 años del nacimiento de Alberto Vargas, se inaugurara en marzo en el Cultural Peruano Norteamericano de Arequipa.













