sábado, agosto 29

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Ernesto Álvarez, el ministro de Justicia, el ilustre señor que se desmelena cuando habla de los caviares, ha reclamado más de una vez para sí el Lugar de la Memoria (LUM). Su argumento es que la izquierda hace con él un relato indulgente con los terrucos e ingrato con las Fuerzas del Orden. Martín Tanaka, aquí en El Comercio, ha explicado, con profusas citas del Informe Final de la Comisión de la Verdad, que ese relato es mucho más equilibrado que como lo pinta el Minjus. Jaime de Althaus ha terciado poniéndose en un punto intermedio entre Tanaka y Álvarez. He aquí una polémica al rojo vivo que pone en el candelero al dueño de la cancha a la que está adscrito actualmente el museo: don Alberto Beingolea, flamante cabeza del Ministerio de Cultura (Mincul).

El solo nombre de Alberto fue una provocación para el hipersensible y saltón sector cultura, que lo descalificó por saber poco o nada del rubro. En realidad, sus críticos, para evitarse calificativos snobs, prefirieron ignorar el debut de Alberto en el grupo de ‘burbujitos’ de Yola Polastri y, más adelante, su largo paso por el periodismo deportivo televisivo. Por cierto, quienes recuerdan sus ‘Goles en acción’, no lo distinguirán de otros tantos espacios de repetición de jugadas y fruición retórica en torno al fútbol. Pero también produjo para el cable otros programas más próximos al talkshow de conversación que al periodismo deportivo. Sus ‘Crónicas de balón’, lo llevaban a distintas locaciones, bares y cafés, a poner en escena su charla inactual con algún célebre pelotero. Para no pecar de discriminador, digamos que tiene una trayectoria ligada a la producción audiovisual televisiva, una industria cultural como otras tantas que ha de promover el Mincul.

El sector tiene un miedo más profundo que los goles y las burbujas: que Alberto sea un ministro pasajero, pues el objetivo de fondo del fujimorismo conservador sería que el Mincul sea absorbido por el Ministerio de Educación (Minedu). En ese supuesto, negado por voceros de FP que dicen que no hay fusión de carteras en agenda (aunque el ministro de Economía, Elmer Cuba, ha dicho lo contrario), el primer ministro Galarreta habría buscado a su amigo de vieja militancia pepecista, para manejar esa transición conciliando con quienes le salten a la yugular. Por lo pronto, ya tiene denuncias que responder, con suficiente base como para haber provocado una investigación fiscal sobre la contratación de ex militantes del PPC, en especial, Sofía Aguayo, flamante gerente general de la Biblioteca Nacional y la madre de esta, Lourdes Morales, que ha recibido una orden de servicios del despacho ministerial.

Alberto, ex presidente del PPC y ex congresista, está acostumbrado a la esgrima política con calvos, pelucones y desmelenados. Respondió rápida y tajantemente a Álvarez, que el LUM está en sus dominios y punto. Pero ha vuelto sobre el tema con una posición de fondo: no soltará el LUM pero coincide con Ernesto en que el museo ha estado dominado por un sector –‘ha servido para la desunión’, dijo- y ello debe cambiar. O sea, recoge el reclamo anticaviar, aunque con un matiz de diferencia: mientras el Minjus amenaza con dar una batalla cultural para enderezar al LUM hacia posiciones conservadoras, el MINCUL lanza una promesa de pluralidad. Liberales versus conservadores en el gabinete Galarreta.

La extravagancia de su amigo Lucho de llamarlo al gabinete ha puesto a Alberto entre dos fuegos. Su candelero sopla las llamas por dos frentes: el ‘culturoso’ que lo ve como un sepulturero del ministerio que no fue creado por la izquierda, sino por Alan García; y el conservador que quiere hacer sentir qué facción manda en el gabinete. Álvarez no está solo. José Antonio Chang, ministro de Educación y su colega de Universidad San Martín de Porras (José Antonio es rector y Ernesto es decano de la facultad de Derecho, ambos con licencia) lo ha de apoyar. A Ernesto no le van a dar el LUM porque lo pida, eso es una impertinencia mayúscula; pero a José Antonio, en el horizonte naranja, podrían darle el Mincul.

Alberto ha hecho gestos a ambos lados, para que ninguno lo queme. Ante los culturosos aparece como defensor del sector; a los conservadores les da a entender que, a su manera, se hará cargo de la batalla cultural. Su apuro es que recién está conociendo un sector que es más grande y complejo de lo que se cree: preservación del patrimonio cultural, promoción de las industrias culturales, interculturalidad, registro de comunidades y pueblos indígenas, certificación de inexistencia de restos arqueológicos. El candelero no se apagará así nomás.

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