En noviembre del 2005, de pronto, su barrio se llenó de carteles con la palabra “perdido”. Por entonces, el escritor Alberto Fuguet preparaba el guion de una película titulada igual (que nunca llegó a filmar) y la casualidad lo dejó perplejo. Miró la imagen: los ojos inmensos del joven desaparecido, la barba y el pelo largo de lo que le pareció un Cristo ‘hippie’. Pronto la prensa explotó el tema: se llamaba Santiago ‘Chago’ Errázuriz, tenía 18 años, provenía de un colegio privado y entonces estudiaba comunicaciones.
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Días después, una tarde de domingo, Fuguet encontró al grupo que pegaba carteles y uno de ellos lo reconoció: era el hermano de Santiago y le preguntó si podía darle su teléfono. Cuando encontraran a Chago, le diría que le daría su contacto para que tomaran un café, entrevistarlo, o quizás convocarlo para asistirlo en algún filme. Fuguet se lo dio. Sin embargo, días después, el joven apareció muerto cerca del río Mapocho, a kilómetros de casa. Eventualmente, el hermano le llamó para regalarle el disco duro con los textos que Santiago subía a Internet. “No era el mejor escritor de su generación, pero sí alguien que tenía la necesidad de expresarse”, recuerda ahora Fuguet, que hoy presenta en la Feria del Libro de Lima “Ushuaia (un destino melodramático)”, novela inspirada en este malogrado muchacho. Al leer aquel material, el autor de “Tinta roja” supo que, algún día, de ellos germinaría una novela.
«Para ganar premios tienes que saber escribir para la Academia. Depende de quién es tu jurado».
Así, “Ushuaia” tiene la lógica de un palimpsesto. Es una sumatoria de textos que dialogan entre sí: el narrador; los cuentos que Bruno, el protagonista de la novela, va escribiendo en el contexto de un competitivo taller literario; poemas subidos a su blog y que no merecen comentarios; las entrevistas del periodista que investiga en la desaparición del joven autor, y especialmente el ‘off the record’. En esta urdimbre detectivesca, todos los personajes hablan, así que podemos leer tanto texto como a las mismas personas a partir de sus acciones. “Mi idea era que el lector también haga de detective”, explica el influyente autor chileno. “A mí me parece que la verdadera novela de detectives, de las que yo no soy tan fan, es la que te permite apreciar lo raro que pueden ser los personajes”.
—Siendo tu primera novela policial, se trata de un policial raro…
Yo creo que mi primer policial fue “Tinta roja”, un libro muy conocido en el Perú y que a mí me gusta bastante. Pero vale, “Ushuaia” es un policial, un thriller existencial donde no hay detective en rigor.
—En tu novela, los sospechosos pertenecen a un ambiente de jóvenes participantes de talleres literarios. Eso me recordó tu paso por los talleres que definieron a tu generación, y también pienso en tu experiencia como docente universitario. ¿Cuánto te han servido ambas experiencias para crear este mundo en que todos sospechan de todos?
Yo creo que ese mundo de los talleres literarios que viví de joven ya no existe. Todos los talleres ahora son medio ‘woke’, donde es muy importante que sus miembros se sientan acogidos y cómodos. ¡En mi época los talleres eran rings de box! ¡Eran deportes de sangre, muy competitivos! Puede que tu compañero no te cayera mal, pero era un enemigo al que debías vencer. No quería escribir solo una novela literaria, pero pensé que esos talleres tan crueles podían ser la excusa de Bruno para ingresar a un mundo mucho más amplio. Hoy, en los talleres los alumnos ya no se atreven a hablar mal de los otros.
—A propósito de la agresividad de los talleres por los que pasaste de joven, ¿esa escaldadura se mantiene hoy con tus colegas de generación o se suavizaron las relaciones?
No es un odio parido ni mucho menos, pero hay cosas que no se pueden olvidar. Es lo más parecido a haber estado en una guerrilla. Además, esto no debería decirlo, pero siento que, un poco, yo gané ese partido. Algunos dicen que yo no le he ganado a nadie y que no valgo nada, pero el hecho es que yo sigo publicando y que hay cierto interés por lo que hago, muestra que aún provoco odio y recelo, digamos. En ese sentido, es divertido que las cosas no cambien. Sería peor ser aplaudido con esa gente. En Chile ahora están todos muy interesados en publicar y en ganar premios. ¡Y en su momento solo querían hacer guerrilla!
—En “Ushuaia” están los talleristas que se niegan a escribir “prosa para viejas”, como dice uno de los estudiantes. ¿A qué llamas “prosa para viejas”?
Este libro aparece en el primer año del segundo cuarto de siglo XXI. Y me parece que, si hablamos de arte, de música, de videojuegos, de moda, este siglo está palpitando bastante más. Pero la literatura se ha quedado en un momento a fines de los años ochenta. Con los mismos jurados, con los mismos directores editoriales. Hoy los lectores son otros, incluso gente que nunca leyó a Vargas Llosa. Tengo alumnos que creen que Vargas Llosa fue el que “jodió al Perú”, y no más bien es quien se formuló la célebre pregunta. No soy un escritor de premios y tampoco digo que merezca más. Lo que digo es que para ganar premios tienes que saber escribir para la Academia. Depende de quién es tu jurado. ¡Es como ganar un Óscar! Se tiende a premiar al cuento que tenga buena prosa, que fuera lindo, que cerrara emociones, que tuviera un final feliz. Los que le gustan al lector de “The New Yorker”. Estoy seguro que Cortázar hoy no ganaría premios. Los festivales tienden a no tomar en cuenta a los Brunos del mundo. Tienes que ir ‘bañadito’, con una prosa ordenada y las ideas cerradas. Y de eso Bruno se da cuenta en su taller literario, de que si él realmente escribiera de su propia madre, una mujer vulgar, sin onda y con kilos de más, no ganaría ningún premio. Porque la literatura quiere más a una mujer que se parezca a Kate Blanchett. Él gana un premio escribiendo un buen cuento, pero que no refleja su voz.
«En Chile ahora están todos muy interesados en publicar y en ganar premios. ¡Y en su momento solo querían hacer guerrilla!».
—Justamente es el cuento con que empieza tu novela. ¿Cómo fue la experiencia de escribir un cuento ‘correcto’, lejos de tu estilo?
Me costó un poco, aunque después me di cuenta que no me costó tanto: me di cuenta de que lo que tenía que hacer era sacar las cosas fuguetianas. Fue un ejercicio divertido. Sacar, por ejemplo, las escenas en que el chico se desnudaba y se tocaba. Todo eso vuela. Después, el libro está escrito en un lenguaje “más Bruno”. Eso sí, si todo el libro estuviera escrito con el estilo de ese primer cuento, me invitarían al Hay de Cartagena, y me presentaría Juan Gabriel Vásquez, Arturo Fontaine. Me molesta mucho cuando se premia la buena conducta.
—Me gusta “Ushuaia” por ese juego. Sin pretenderlo, le estás planteando al lector criticar la literatura más convencional.
Esa fue la apuesta. Me parece que llevamos décadas en que solo se premia el contar una historia. Es ahí donde entran muchas personas ahora muy aplaudidas, porque se premia más la ideología que la estética.
Además…
A saber
Hoy a las 4 p.m. Fuguet presenta su novela “Ushuaia” en el auditorio José María Arguedas. Lo acompañan los colegas locales J. J. Maldonado y Andrea Ortiz de Zevallos.
A las 6 p.m., el autor chileno participa del conversatorio “Escritores sin tribu: los nuevos mapas de la ficción latinoamericana” en la sala José María Arguedas. Lo acompaña el escritor Dany Salvatierra.
“Ushuaia (un destino melodramático)”
Autor: Alberto Fuguet
Editorial: Tusquets
Año: 2026
Páginas: 344











