El Perú vive un proceso electoral decisivo para los próximos cinco años. En ese mismo horizonte, también serán determinantes las decisiones que adopte el próximo gobierno no solo en materia de inseguridad, empleo e inversión. Aunque pocas veces ocupa un lugar central en el debate público, la política aerocomercial también será clave para el desarrollo del país.
En un territorio con brechas geográficas como el Perú, la aviación no es un asunto accesorio. Es conectividad, competitividad y crecimiento. Así lo ha señalado la IATA; el transporte aéreo cumple un rol fundamental al conectar comunidades, dinamizar el turismo y facilitar el comercio.
En el Perú, el transporte aéreo ha venido consolidándose como un aliado silencioso del crecimiento. Sin embargo, su desarrollo todavía enfrenta limitaciones. Asumir que su dinamismo depende únicamente de las aerolíneas es una visión incompleta. Cuando existen políticas públicas que acompañan y promueven al sector, el impacto se multiplica y se traduce en más oportunidades para el país.
En la región hay ejemplos recientes. En Argentina, el gobierno de Javier Milei ha impulsado medidas para desregular el sector, flexibilizar el acceso a rutas y reducir barreras operativas con el objetivo de atraer nuevas aerolíneas y ampliar la oferta. En ese entorno, JetSmart Argentina creció 83% en pasajeros entre 2024 y 2025, y aumentó 81% su capacidad medida en asientos, una señal clara de cómo una política más abierta puede traducirse en más conectividad y dinamismo.
El próximo gobierno no debería limitarse a administrar lo que ya existe. Tiene que definir si quiere un Perú que compite por atraer rutas, inversión y visitantes, o uno que sigue reaccionando tarde mientras otros avanzan. Abrir más el mercado aéreo, con reglas claras y seguridad firme, no es una concesión al sector, es una herramienta de crecimiento para todo el país.
No partimos de cero. En los últimos meses, el Perú ha dado señales en la dirección correcta con acuerdos que amplían capacidades y facilitan una mayor conectividad internacional. A ello se suma el aumento de rutas y frecuencias, así como la recuperación progresiva de conexiones regionales. Son avances importantes, pero todavía insuficientes frente al potencial que tiene el país.
También hay que corregir lo que resta competitividad. Costos y cargas mal diseñadas terminan encareciendo los pasajes y afectan la sostenibilidad de las rutas. Cada barrera innecesaria reduce la capacidad de atraer tráfico, turismo e inversión.
Por eso, el llamado a quienes pasen a segunda vuelta debe ser concreto, revisar acuerdos bilaterales con una mirada más abierta, simplificar procesos regulatorios, eliminar sobrecostos y alinear la política aerocomercial con la política turística. No basta con inaugurar infraestructura o anunciar nuevas rutas de forma aislada.
El Perú necesita crecer, atraer más turismo, mover mejor su comercio y conectar a sus regiones con el mundo. Para eso, abrir el cielo con inteligencia no es una opción secundaria. Es una decisión de desarrollo.



