El péndulo colombiano es ideológico pero no de estilo: un excéntrico de izquierda, Gustavo Petro, dará la posta a un excéntrico de derecha, Abelardo de la Espriella Otero (47).
No exagero en el adjetivo: De la Espriella se jacta de usar bótox, de comprar ropa de lujo y de maridar quesos y vinos caros.
Sin embargo, su extravagancia está empaquetada en un perfil conservador, como mandan estos tiempos: talante machista, toques de homofobia, nones al aborto, mano dura contra delincuentes y migrantes ilegales, admiración hacia Trump. Donald, por cierto, ya le devolvió los piropos invocando su apodo, El Tigre.
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El derechista Abelardo de la Espriella ganador de la segunda vuelta presidencial en Colombia pronuncia un discurso en Barranquilla, el 21 de junio de 2026. (Mauricio Dueñas Castañeda / EFE)
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No hace falta ser extravagante para ganar, sino saber comunicar, lucirse, pelear. Abelardo aprendió todo eso desde muy joven, en Montería, cerca del Caribe colombiano, trabajando en la radio. Estudió derecho e hizo fortuna -he aquí la fuente de las controversias- defendiendo a paramilitares acusados, entre otros delitos, de narcotráfico. Vaya péndulo: si Petro encarno la vigencia de la violencia de izquierda, como ex guerrillero que fue; De la Espriella encarnará la del otro bando, como defensor de este que fue.

Abelardo de la Espriella (izq) reacciona junto a su vicepresidente José Manuel Restrepo, durante la entrega por parte del Consejo Nacional Electoral (CNE) de su credencial como presidente electo de Colombia. (EFE/ Mauricio Dueñas Castañeda).
/ Mauricio Dueñas Castañeda
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Si hay un personaje que nos sirve de antecedente, salvando distancias, es Roy Cohn, el abogado que instigó el macartismo, predicó el conservadurismo siendo él gay y fue mentor de Trump. En la abundante literatura y filmografía sobre Cohn y su influencia sobre Donald, se suele citar estos mandamientos que ayudan a comprender no solo a Abelardo sino a muchos liderazgos en construcción: nunca reconocer un error, falta o derrota; siempre, pero siempre, atacar y contratacar; y convertir cualquier asunto en una batalla política y mediática. Tendremos tiempo de contrastar estas máximas en la región.
La ética, qué lata
El ‘abogado del diablo’ -así titula “El País” un extenso perfil sobre Abelardo- recibió sus credenciales el jueves pasado, a 4 días de la 2da. Vuelta. ¡Qué envidia!. Anunció el arranque de ‘La era del Tigre’, deplorando la ‘connivencia’ y ‘contemporización’ del régimen de Petro con el crimen organizado. Usa palabras difíciles porque así se lucía en las cortes y en la radio; pero las combina con arengas coloquiales y un puño que se proyecta hacia adelante, como si fuera un gancho de box.
El candidato a la Presidencia de Colombia Abelardo de la Espriella llega a votar en Barranquilla. (EFE/ Mauricio Dueñas Castañeda).
/ Mauricio Dueñas Castañeda
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Si lo proyectara hacia arriba, sería un homenaje al bando opuesto. Claro que le importan las formas, el lenguaje y los referentes; pero no soporta que la prensa ausculte eso y su pasado para echárselos en cara.
A una colega periodista que le recordó una frase –“la ética no tiene nada que ver con el derecho”- que había usado en la radio RCN, en una de sus controvertidas defensas mediáticas, Abelardo le replicó: ‘usted es una ignorante porque no ha estudiado derecho ni filosofía del derecho’. En rigor, una conducta antiética puede ser absolutamente legal; pero admitir esa diferencia desde la política es deplorable. Ha querellado más de una veintena de veces a sus críticos, lo que augura un periodo complicado para la prensa y la verdad en Colombia.
El panorama es tan auspicioso como difícil para el outsider: aunque ganó apretado, está surfeando la ola del momento, alineado con EE.UU y el nuevo ciclo de la derecha regional. Ha hecho mítines de campaña protegido por una urna de vidrio antibalas, lo que no se le puede achacar a su extravagancia (José Antonio Kast también lo hizo en Chile) sino a su seguridad, habida cuenta del asesinato del pre candidato de derecha, Miguel Uribe Turbay, el año pasado. Ahora, con la seguridad del Estado, tendrá que bajar al llano a conciliarse con ‘los nunca’, su marca registrada para referirse a los pobres, los don nadie o los de abajo. Su retórica populista recién va a ser refrendada o no, ya lo veremos, en el poder. El de Abelardo será un camino mucho más complejo y laborioso que el de Nayib Bukele en El Salvador, país laboratorio mucho más manejable que la gran Colombia.
El pasado de Abelardo ha quedado más expuesto que el de Javier Milei, por poner un ejemplo del vecindario. Se conocen sus casos de defensa airada y mediática de gente tan controvertida como Álex Saab, el magnate colombiano que fue testaferro de Nicolás Maduro y hoy cumple prisión en EE.UU.
Se conoce su vida, la que ha contado, con acentos dramatúrgicos, en innumerables entrevistas. Se sabe por ejemplo -el toque espiritual que faltaba- que era ateo pero se convirtió al catolicismo tras el duelo por su querida tía Beatriz.
Su extravagancia no está reñida con la buena vecindad internacional. Por lo pronto, ha expresado su simpatía por Keiko Fujimori desde antes de la segunda vuelta y apostamos por un pronto intercambio de visitas, el 28 de julio él y el 7 de agosto ella, al arranque oficial de la ‘era del Tigre’.




