Por más de cinco años, Adal Ramones no podía ver un clóset cerrado. No era una manía menor, sino la huella de un secuestro que lo dejó inmóvil, vendado y encerrado en un armario. Si la revista “Selecciones” de México no hubiera publicado un artículo sobre cómo sobrevivir a esa situación, hoy quizá no tendría respuestas. Fingió que podía sufrir un infarto en cualquier momento para generar urgencia. Luego hizo lo único posible: escuchar. Una fiesta cercana con una banda que anunciaba su nombre, un vigilante dudando entre dos tiendas, el sonido de una Harley Davidson, puertas metálicas abriéndose tras una campana. Esos fragmentos, reconstruidos después del pago, ayudaron a dar con los responsables.
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La idea de soltar no es solo un discurso escénico. Ramones describe su vida como una constelación de obligaciones: hijos, pareja, trabajo, viajes constantes. “Mi mundo tiene varios subplanetas para cada persona en mi vida”, resume. Entre grabaciones, giras y proyectos, el tiempo se fragmenta, pero insiste en encontrar espacios propios. “Me doy tiempo para mis soliloquios, para ver un documental o simplemente pensar”, dice.
Ese ritmo tiene un costo evidente en la vida familiar. Ha pasado semanas y meses lejos de sus hijos, trabajando en distintos países. Sin embargo, intenta compensarlo con presencia activa, aunque sea a distancia. “Trato de partirme en mil”, reconoce. Las videollamadas, los viajes relámpago y los reencuentros intensos se vuelven parte de una rutina donde la cercanía se redefine.

Parte de su gira por Latinoamérica, el show incluye segmentos de improvisación e interacción con la audiencia, haciendo que cada función tenga matices distintos.
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La paternidad, en ese contexto, también reconfigura sus prioridades. Si antes la muerte era una idea abstracta, hoy se traduce en una preocupación concreta. “Mi miedo es no verlos crecer”, admite. Ese temor atraviesa su discurso y se filtra en el escenario, donde la comedia deja entrever una capa más íntima. No es solo hacer reír: es ordenar lo vivido.
En esa línea, Ramones entiende su humor como una forma de terapia. No la convencional —confiesa que ha sido “muy malo” en el diván junto al terapeuta—, sino una que ocurre frente al público. “Es una catarsis personal, a mí me funciona así”, explica. Sus historias buscan en realidad reconectar con él mismo y ofrecerle el cierre que las conversaciones personales no pueden en su totalidad.

El comediante mexicano Adal Ramones, nacido el 3 de diciembre de 1961, tiene actualmente 64 años y mantiene una carrera activa entre la televisión, el teatro y el stand up. (Foto: Adal Ramones / Instagram)
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El entorno digital, sin embargo, añade otra variable: la exposición constante. Las críticas en redes sociales, las llamadas “funas”, son parte del paisaje. Ramones las deja de lado. “He vivido sin que me importe la cancelación”, afirma. No se trata de ignorar los límites, sino de no sobredimensionar la reacción. “A los tres días ya hay otro tema”, añade.
Su postura se sostiene en una idea simple: coherencia. No se puede ser uno en el escenario y otro fuera de él. “Si en tu vida real no tienes un orden, tarde o temprano se nota”, dice. Con los años, asegura, se desarrolla una resistencia natural, una “piel de cocodrilo” que permite filtrar el ruido. En ese proceso, vuelve al punto inicial de su espectáculo: elegir qué cargas valen la pena. Porque, al final, viajar ligero no es desentenderse, sino aprender a soltar.
Sobre el show de
Adal Ramones
Sábado 23 de mayo, en el Teatro Canout. Entradas disponibles en Teleticket.













