El destino de Natalia Lafourcade parecía escrito desde la infancia, aunque no de la manera más previsible. Con apenas seis años, un accidente cambió el curso de su vida: una yegua la pateó en la frente durante una fiesta de cumpleaños. La caída fue brutal, la herida profunda y los pronósticos médicos poco alentadores. “El accidente que tuve a los seis años fue un parteaguas en mi vida. Me acercó mucho a mi madre y a la música, que se volvió una compañera, una medicina, una amiga”, recuerda hoy.
Los médicos le advirtieron a sus padres que las secuelas podían ser irreversibles: dificultades para hablar, problemas de aprendizaje, una vida condicionada por la fragilidad. Sin embargo, su madre, María del Carmen Silva —pedagoga y música— se negó a aceptar ese destino. Decidió acompañar la recuperación de su hija con lo que mejor conocía: la música. Ritmos, melodías y juegos musicales se mezclaban con terapias de lenguaje y ejercicios físicos. Entre cuentos, canciones y rutinas improvisadas, Natalia aprendió a reírle al dolor.
Ese vínculo materno, forjado en medio de la adversidad, consolidó una relación íntima que marcó su identidad artística. “Desde entonces la música pasó a ser parte de mi cotidianidad y tomó un lugar muy profundo. Ese vínculo se reforzó con el tiempo y lo he afianzado cada vez más”, afirma. A su lado, su madre le transmitió no solo la disciplina del estudio, sino también la convicción de que la sensibilidad podía ser un motor de vida.
Con el paso de los años, esa niña con una cicatriz visible en el rostro fue transformando la herida en un símbolo de resiliencia. La música dejó de ser únicamente terapia para convertirse en destino. Así, entre clases con su madre y tardes escuchando a su padre —el pianista Gastón Lafourcade—, Natalia descubrió que en el arte podía habitar la plenitud.

Un alter ego musical
Con más de 25 años de carrera, la veracruzana sigue encontrando nuevas formas de reinventarse. Su más reciente trabajo, Cancionera, no solo es un disco, sino la aparición de un alter ego que condensa su esencia. “La semilla de este proyecto surgió cuando estaba por cumplir 40 años. Quería celebrarlo en el escenario, solo con mi guitarra y mi voz, como lo hicieron artistas que admiro. Esa idea terminó llevándome a un disco. La primera canción que apareció fue Cancionera, compuesta un mes antes de cumplir las cuatro décadas”, explica.
Ese tema, convertido en faro, abrió un universo narrativo en el que Lafourcade creó un personaje con dualidad: femenino y delicado, pero también rebelde y disruptivo. A través de él se permitió explorar la libertad, cuestionar sus límites y volver a mirar sus raíces. El proyecto tomó forma de viaje colectivo con músicos, productores y artistas visuales que se sumaron a construir un universo sonoro que celebra la tradición mexicana y la mezcla con lenguajes contemporáneos.
“De ahí surgieron más canciones y decidí hacerlo como un proceso colectivo, creativo, donde música e imagen se trabajaran juntas. Así nació un universo en el que se refleja mi gusto por la música tradicional y popular mexicana, y una mexicanidad compartida con todos los que colaboraron en el proyecto”, añade.
En medio de la gestación del proyecto, otro giro inesperado cambió su rumbo. “Estábamos a dos semanas de salir de gira cuando me enteré de que estoy en plena gestación”, menciona la artista. Encaminándose hacia la maternidad aplazó concierto y convirtió el cierre de esta gira en una versión especial: tres presentaciones de Cancionera con toda la banda y, además, transmitidas en vivo par a todo el mundo este 11 de septiembre.
Una madre a los 40
El embarazo sorprendió a Lafourcade en un momento en que pensaba que la maternidad no formaría parte de su vida. “Ahora mismo no sé mucho, estoy descubriendo día a día. El cuerpo cambia, las prioridades cambian, y una se da cuenta de que ya no vuelve a ser la misma. Aunque todavía no conozco a mi bebé, ya siento que camino hacia un cambio de piel. A mis 41 años pensé que no me tocaría ser madre, así que ha sido una sorpresa enorme y una alegría para toda la familia”.
Ese tránsito la llevó inevitablemente a reflexionar sobre el rol de su propia madre. “Más que nunca siento una profunda admiración por mi madre y por todas las madres del mundo. Gestar vida cambia la mirada. Me siento mucho más cercana a ella y con una empatía distinta. La infancia que tuve me dio felicidad y herramientas, y deseo poder darle algo parecido a mi hija o hijo”.
La artista, que ha cosechado once álbumes de estudio, premios internacionales y giras por los escenarios más prestigiosos del mundo, reconoce que su mayor reto ahora es otro: aprender a estar presente en la vida de su hija. “Mi prioridad ahora es estar sana, descansada y preparada en mente, corazón y espíritu para recibir este momento único. Me siento afortunada de poder darme este espacio y agradecida por la generosidad de la gente que lo comprende”.
La carrera no se detiene, pero se transforma. Los conciertos pospuestos, las giras que esperan, la música que ya habita en Cancionera y la que vendrá después tendrán como telón de fondo una nueva faceta vital. “Ya llevo 36 conciertos, y no soy la misma Natalia de antes. Cuando regrese al escenario, ya seré mamá”, menciona la artista, y en ese futuro que tanto la entusiasma, el público también estará presente.
Sobre el concierto
- Fecha: 11 de septiembre
- Hora: 20:30 (Ciudad de México)
- Plataformas: Instagram y Facebook




