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La labor periodística se viene desarrollando en un contexto de cambios profundos y sin pausa en los últimos años, que podrían considerarse más grandes que los vistos durante en décadas previas. En el último tiempo, la prensa ha presenciado el auge de los algoritmos informáticos como moderadores de la información relevante junto a una creciente polarización discursiva generada en las plataformas digitales, además de atravesar una migración hacia nuevos formatos a los que ha debido adaptarse sobre la marcha y con premura.
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—¿Cómo ha cambiado la forma de comunicar y hacer periodismo de cara al gran público en un contexto que ha mutado de forma tan pronunciada en un tiempo tan corto?
Ha cambiado mucho. El pasado reciente puede abarcar los últimos tres años, los últimos cinco años o hasta una década, y lo más característico ha sido que hemos tenido cambios muy seguidos.
Hoy mismo uno de los rasgos más distintivos es la fragmentación de los ecosistemas informativos. El público también está completamente fragmentado y, en parte, esto tiene que ver con el dominio de los algoritmos, que esculpen cierto tipo de discurso y de publicaciones para mantenerte más enganchado, posiblemente de forma más emocional que racional, a unas plataformas que lucran con la cantidad de tiempo que permaneces ligado a ellas.
A partir de ahí, el nivel de intervención con fines de manipulación deliberada es brutal. Viene siendo difícil enfrentar la magnitud de las campañas de desinformación: tienes un montón de herramientas que permiten instalar determinadas tendencias, noticias e ideas. Asimismo, entre quienes comentan, ya no sabes quiénes son personas reales.
Entonces, creo que ha cambiado de muchas maneras distintas en términos de formato. Consumo mucho periodismo en audio y ahora me dedico a hacerlo yo mismo a tiempo completo; también veo prensa gráfica, pero siento que han desaparecido los espacios para hacer textos más extensos e investigaciones más largas. A medida que han ido desapareciendo esos espacios, han ido surgiendo otros formatos, como el pódcast, que funciona como un receptáculo natural de ese tipo de contenido.
En términos de contenido hay un montón de desafíos. Puedo decir, de forma muy personal, sin ser conservador y siendo muy consciente de que todo se puede aprovechar para hacer un buen periodismo, que uno de los elementos más sólidos para que la prensa se sostenga en esta época es justamente mantener cierta metodología clásica: preguntar, escuchar y verificar información.
Finalmente, hay una audiencia que sí necesita eso, que lo sigue queriendo y que de alguna manera va a terminar otorgándole valor al saber que hay una persona detrás haciendo periodismo y contando la realidad, incluso con contradicciones y matices.
—¿En qué medida la fragmentación política tiene que ver también con la fragmentación de los formatos? ¿La primera es consecuencia de la otra o viceversa?
No creo que el problema sea la fragmentación de los formatos y su multiplicación, más allá de que obviamente hay algunos que impiden una profundidad mayor. X (antes Twitter) es la muerte del matiz, porque en poco espacio no se alcanza a tener una discusión seria o matizarla y entonces busca otro tipo de efecto. Pienso también que los vídeos cortos ahora están consumiendo todo.
En todo caso, es un problema de la fragmentación de las plataformas de distribución y del fraccionamiento de los discursos legitimados, de los espacios de enunciación y de los consensos.
Me parece que, en realidad, hay mucho oportunismo político en los últimos años. Gracias a este juego de las plataformas y de los algoritmos para lograr la reacción y la interacción emocional, muchos actores han entendido cómo aprovecharlo.
Numerosos políticos o sus asesores entendieron que podían jugar a la batalla cultural en términos discursivos para interpelar a sus audiencias a partir de objetivos muy específicos. Esto representa una oportunidad para gente inescrupulosa a la que no les importa la verdad, el bienestar o los valores.
Por ejemplo, si salgo a hacer una campaña fuerte sobre temas como el aborto o la seguridad sé que determinados sectores se van a involucrar. Hay mucha gente que se monta en este tipo de operaciones de manera instintiva o profesional, con asesores de comunicación que buscan generar atención como una de las monedas de cambio de esta época para que la población se involucre. Tienes varios perfiles llamativos, payasescos o extremos, y eso es también un producto de esta época.
«El dilema para la prensa es que pierda su estatus de un relato comprobado, verificable y sólido sobre la realidad»
—¿Hay peligro para la prensa de que los políticos —con Javier Milei como ejemplo— tengan este gran alcance sin esta intermediación y moderación tradicional que representaban los medios? ¿Es un desafío en sí mismo o depende de la formación y criterio del público?
No creo que sea peligroso para la prensa que los políticos tengan un alcance amplio y directo. Es peligroso por sus efectos, porque el discurso de la prensa se supone que tiene que responder a determinados principios que regulan éticamente la profesión.
Todos sabemos que igual se miente un montón, se exagera mucho y que hay intereses políticos en medio, pero es esperable que el periodismo se rija por determinados preceptos. El discurso de un Milei o un Trump no se guía por ningún principio, y lo que hay es la búsqueda de instalar relatos paralelos. Cada país tiene su versión de esas cosas.
Sin embargo, hay una búsqueda de instalar realidades alternativas que no se condicen con los hechos porque no hay problema para hacerlo. Fue una discusión en su momento, cuando Donald Trump perdió las elecciones contra Joe Biden y siguió sosteniendo, a través de los distintos canales públicos que tenía, que le habían robado las elecciones, sin ninguna prueba.
Perú sufrió lo mismo en las elecciones anteriores. Hubo un montón de difusión de información no verificada y creo que el problema para la prensa es que la gente cree que tiene derecho no a la opinión, que todo el mundo posee, sino a un “derecho a su propia realidad”.
El obstáculo para la prensa con ese discurso, que al final es el fin último de la desinformación, es que nadie confíe en nada. El dilema para la prensa es que pierda su estatus de un relato comprobado, verificable y sólido sobre la realidad.
—¿Es cercano un escenario en el que el periodismo serio y responsable se convierta en un producto de nicho o se trata de algo que ya se está viviendo en este momento?
Me parece que no hemos llegado por completo a ese punto. El escenario peligroso es que, al final, la gente que pueda pagar una suscripción o sostener económicamente fuentes de información confiables va a acceder a determinado tipo de periodismo, mientras que el resto va a tener a su disposición contenidos interesados que son gratuitos justamente porque el producto es el consumidor.
Sí creo que eso es un riesgo. También creo que, salvo muy pocas excepciones, los medios tradicionales de nuestros países, en algún momento de todos estos años, han dejado muy huérfanos a los lectores que los elegían por su seriedad, por estar bien escritos y porque presentaban una mirada al mundo. Considero que se ha dejado huérfanos a muchos lectores en este camino.
De todos modos, siento que hay fuentes de información a las que uno puede acceder de forma gratuita y que son verificables, solo que exigen un mayor trabajo personal como consumidor. Es diferente de pagar por un medio en el que confías, pero si tú quieres realmente informarte y no vas a pagar una suscripción, tienes que ser mucho más serio y consciente en tu búsqueda de información.
—¿Cómo se percibe en Argentina esta pugna cada vez más grande entre el presidente Milei y los medios o los periodistas con nombre propio?
Vivo en México desde hace una década, pero sé cómo se vive en Argentina. Considero que lo que mencionas no se vive de manera normal y que hay gente que entiende lo extremo que es el presidente en su discurso, aunque los periodistas no teman sufrir algún incidente de violencia como pasa acá en México.
Sí, es un presidente y un gobierno que puede arruinar la vida de las personas si quiere. Pienso que en Argentina no se toma livianamente tener un presidente que no tiene el más mínimo respeto por la prensa, por la diferencia de opiniones ni por la objetividad de los hechos que le marcan.
Siempre está el discurso, por un lado, de quienes dicen que se trata de un loco y, por otro, el de quienes lo ven como un loco peligroso que define no solamente la vida de todo el país, sino que también puede definir la vida de personas individualmente y de manera muy puntual.

Los líderes políticos son cada vez más activos en las redes sociales, por lo que no siempre es necesaria la mediación de los medios para que sus mensajes, algunas veces sin el filtro de asesores, lleguen a la población. (Foto: EFE/EPA/BONNIE CASH / POOL)
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No vi con más profundidad el caso, pero recientemente expulsaron del país a un periodista brasileño que hablaba en contra de Javier Milei y le prohibieron la entrada durante cinco años, por ejemplo.
Eso me parece gravísimo, porque justamente Milei acaba de ir a España a insultar a su presidente. El hecho de que no dejen volver al país a un periodista extranjero radicado hace tiempo en Argentina porque es crítico con el gobierno es terrible y es una muestra pequeña de que no es simplemente una cuestión que molesta por la violencia discursiva.
«Es imperioso recuperar escenarios de diálogo, de discusión y de fricción, pero cara a cara»
—Se habla de que las redes sociales no generan violencia por sí mismas, pero que sí provocan una sensación de impunidad por imitación. ¿Comparte esa idea de que las plataformas digitales han generado una suerte de inmunidad ante la gente y de que esto ha contribuido a la polarización?
Las plataformas han deteriorado muchísimo determinadas reglas básicas de convivencia colectiva. Ahora hay quienes dicen públicamente cosas que antes no se veían, porque simplemente no se comentaban o no había otros que las validaran, pero que deberían dar vergüenza.
La gente es abiertamente racista o clasista, y se trata de personas con familia, con hijos y uno se pregunta qué valores se están inculcando.
Por otra parte, la radicalización también es un efecto de la arquitectura misma de algunas de estas plataformas. A la vez, tienes casos de intervenciones comprobadas en las que se silenciaron determinados tipos de cuentas y se potenciaron otros contenidos, como sucedió con Elon Musk y X. También se han visto intervenciones de este tipo por parte de Meta en Brasil.
Entonces no solamente se ha deteriorado el escenario por el comportamiento mismo de las personas, porque estas se retroalimentan a veces con las peores cosas; sino también por la manipulación y la intervención directa como sucede con las granjas de bots. Todo esto ha ensuciado mucho el discurso público.
Las manifestaciones me parecen parte de lo que hay que recuperar en la actualidad. No necesariamente tienen que ser protestas, pero sí momentos de convivencia colectiva no mediados por las plataformas de Internet.
Como sociedad necesitamos recuperar el hecho de vernos cara a cara, porque esta radicalización y fragmentación cada vez más extrema genera lucro para gente que no tiene ningún incentivo de reducir la exacerbación, sino de duplicar la apuesta.
Estamos hablando todo el tiempo con la caricatura de la persona que está del otro lado y en esta época es imperioso recuperar escenarios de diálogo, de discusión y de fricción también, pero en espacios públicos, en la calle.
—¿Hay otras maneras de luchar contra estas cámaras de eco y convencer a la gente de que el consumo de información requiere responsabilidad?
Está difícil y es uno de los grandes problemas de la democracia hoy porque, con estas burbujas y cámaras de eco, con la inteligencia artificial y las plataformas sociales, estamos desacostumbrándonos a la fricción. Ante cualquier cosa que afecte el punto de vista propio, hay una reacción visceral. La gente no está dispuesta a otorgar la misma legitimidad e importancia a las opiniones de otra persona que piensa de modo muy diferente.
Por eso decía que una cosa que permite eso es el encuentro cara a cara y tener situaciones en las que uno pueda entender que la otra persona puede ser muy diferente, pero que igual tenemos que convivir con ella y que necesitamos un piso común.
No obstante, hay muchas personas que no están dispuestas a hacer ese esfuerzo. Hemos perdido la noción de que tener una democracia implica sacrificios individuales en pos del bienestar colectivo, para poder vivir en un sistema que es, por lo menos, lo mejor que hemos encontrado hasta ahora.
Esta es una época en la que muchísima gente no quiere asumir eso ni hacer un sacrificio, por lo que hay un montón de discursos para los que resulta mucho más interesante, útil y lucrativo que esa gente crea que está sola y que depende únicamente de sí misma.
—En este escenario hay quienes abogan por la necesidad de moderar las plataformas, algo que se cree que se ha perdido. ¿Es una tentación viable o correcta la intervención de las redes para su moderación desde un organismo independiente?
Me parece que necesitamos reglas. Es un gran problema porque tener organismos de moderación independientes es una herramienta poderosa, pero sí es importante impedir los discursos de violencia y odio.
Hubo todo un esfuerzo que las plataformas tiraron a la basura o disminuyeron apenas pudieron con el segundo gobierno de Trump. Hasta entonces tenían programas que no eran tan ambiciosos, pero servían de algo para la comprobación de información.
Facebook eliminó casi todo eso, X hizo lo mismo y ambas también quitaron la verificación de los usuarios para que se pagara por ella. Además, se otorgaron premios monetarios a la gente para que generara más interacciones, lo cual es lo peor que puedes hacer al convertir en algo lucrativo el ‘engagement’ a cualquier costo.
Yo sí creo que necesitamos acuerdos y regulaciones para discursos teniendo en cuenta cuestiones que nos importan a todos como sociedad. Así como no permitiríamos libremente discursos de apología a crímenes, deberíamos tener normativas para impedir el racismo abierto, el negacionismo climático o campañas de desinformación sobre las vacunas que derivan en riesgo de salud para poblaciones vulnerables.
Hay situaciones en las que podemos tener un consenso y decir que algo “está mal”. No todo rechazo a un discurso es censura: si alguien está difundiendo noticias de fraude por interés político o económico, es algo que debe ser rechazado.
—¿Hay maneras de presionar a los grupos tecnológicos, que tienen cada vez más participación en el discurso político, para imponerles estas reglas de responsabilidad?
Definitivamente hay maneras. Hace poco Meta decidió hacer un acuerdo para pagar un monto que puede parecer una fortuna, pero que para ellos no lo es, solo después de una semana de que se inaugurara el juicio masivo que le hicieron en Estados Unidos por diseñar plataformas como Instagram y Facebook para ser adictivas a pesar de que dañan a los adolescentes.
Por informes internos, la empresa sabía que estas plataformas eran dañinas, causaban adicción y afectaban la autoestima y la percepción que los más jóvenes tenían de sí mismos. A pesar de que entendían esto, en Meta se hicieron deliberadamente los tontos durante un montón de tiempo.

Mark Zuckerberg y su compañía, Meta, han estado bajo un escrutinio severo por varias demandas colectivas que acusaban a redes como Instagram de tener un diseño deliberadamente adictivo y que promovía la inseguridad entre la población joven. (Foto de Brendan SMIALOWSKI / AFP)
/ BRENDAN SMIALOWSKI
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Si decidieron llegar a un acuerdo tan pronto, teniendo los servicios legales más caros del mundo, es porque esta gente sabía que tenía las de perder. Tenían conocimiento de que estaban haciendo daño a conciencia.
Entonces sí se les puede parar. Lo que pasa es que para eso hace falta voluntad política y que un montón de actores lleguen a un tipo de consenso. De hecho, estas empresas todo el tiempo están haciendo cosas en contra de este tipo de acciones, ya que la forma en la que han intervenido en distintos procesos en nuestros países es evidente.
Estamos hablando de compañías que han reunido un nivel de capital y poder que no se conoce en la historia del capitalismo. Tienen una gran posibilidad de inhabilitar o empañar carreras políticas, mucho poder de lobby y mucho bolsillo.
Creo que hay mecanismos y leyes —dependiendo de cada país— que permiten ponerle un límite a esta actividad, pero lo que falta es coraje, voluntad política y consenso.

