Innovar en salud no significa únicamente desarrollar un nuevo medicamento. Para María Julia Caffaro, gerente general de Roche Farma Perú, también supone revisar procesos que retrasan el diagnóstico y tratamiento, fortalecer capacidades y conseguir que la atención llegue hasta donde se encuentra el paciente. En conversación con El Comercio durante el Roche Press Day, realizado en Costa Rica, la ejecutiva sostiene que el Perú ha avanzado en regulación y evaluación de tecnologías sanitarias, pero todavía tiene por delante el reto de convertir experiencias exitosas en políticas que alcancen a más pacientes.
En el marco del Día Mundial de la Lucha contra el Cáncer de Mama, que se conmemora cada 19 de octubre, Caffaro pone el foco en una brecha que va más allá de detectar la enfermedad a tiempo: un diagnóstico temprano pierde buena parte de su valor si la paciente debe esperar demasiado para iniciar el tratamiento. Para la ejecutiva, el desafío del Perú está en reducir todo el recorrido, desde el tamizaje y la sospecha hasta la confirmación del diagnóstico y el acceso oportuno a la terapia.
—En salud solemos asociar innovación con nuevos medicamentos o tratamientos. ¿Cuánto se puede innovar también desde los procesos y la gestión?
Desde Roche entendemos que innovar en salud no solamente significa traer un medicamento o una tecnología. Si uno quiere empezar a ver mejores resultados en salud y un sistema más eficiente, innovar involucra fortalecer capacidades, optimizar procesos que ya tenemos establecidos, generar más vías de acceso para todos, innovar en gestión y hacerla más eficiente. Eso es verdaderamente lo que nos permite obtener los resultados a escala que estamos buscando.
—Usted presentó experiencias en Arequipa y Junín que consiguieron reducir los tiempos de atención oncológica. Si sabemos que funcionan, ¿qué impide llevar estos modelos a escala nacional?
Presenté dos modelos de atención prioritaria y navegación del paciente oncológico, en Arequipa y Junín, pero son dos entre muchos otros pilotos que ya están implementados en el Perú, están funcionando y están mostrando resultados. Hay una reducción muy significativa en los tiempos en los que los pacientes navegan dentro del sistema, desde la sospecha diagnóstica hasta el diagnóstico y el tratamiento.
Acortar estos tiempos significa mejorar los resultados. Si un paciente navega mejor por el sistema, llega antes a un diagnóstico de certeza y antes a la posibilidad de tratarse, eso tiene un correlato con los resultados en salud y con la eficiencia del sistema.
¿Qué nos falta para escalarlo y que no sean experiencias aisladas?
Desde mi perspectiva, falta institucionalizar la navegación oncológica. Tenemos que dar mayor visibilidad a cómo estas optimizaciones de procesos, que son intervenciones relativamente sencillas, pueden producir resultados significativos para el paciente y para el sistema.
En el Perú tenemos una gran oportunidad porque contamos con un marco normativo para el cáncer y para la organización de la atención oncológica. El siguiente paso es institucionalizar esta práctica de gestión para que no sean pocos pacientes quienes se beneficien, sino cada peruano o peruana que lo necesite. En cáncer, el tiempo cuenta. Hay una diferencia muy significativa entre iniciar un tratamiento en un estadio avanzado y hacerlo en un estadio inicial. Estamos hablando de oportunidades de curación y de mortalidad.
—En cáncer de mama, ¿dónde está hoy la mayor deuda del Perú: en el diagnóstico temprano o en el acceso oportuno al tratamiento?
Creo que sería un error pensar cuál debemos priorizar. Necesitamos mejorar las metas de tamizaje, conseguir que las mujeres realicen sus controles, que ante una sospecha puedan acceder rápidamente a un diagnóstico de certeza y que después puedan navegar desde ese diagnóstico hasta el tratamiento de manera oportuna.
También necesitamos que tengan acceso a los estándares de tratamiento de acuerdo con las guías de práctica clínica. Tenemos que actuar en cada uno de esos puntos. No vale tener un diagnóstico temprano si esa mujer con cáncer de mama va a tener después una demora inaceptable para acceder al tratamiento. El valor que agregamos con el diagnóstico temprano lo perdemos si demoramos el tratamiento.
—Durante el encuentro se mencionó que cuatro de cada diez personas que se estima que viven con hemofilia en Latinoamérica todavía no estarían diagnosticadas. ¿Cuál es la situación del Perú?
Es una cifra alarmante para Latinoamérica. Nosotros no tenemos datos oficiales sobre pacientes con hemofilia en el Perú. Hay algunos registros y se estima que existen alrededor de 1.200 a 1.300 pacientes diagnosticados, pero sabemos que existe una brecha entre los pacientes diagnosticados y las personas que podrían estar viviendo con hemofilia.
Además tenemos una distribución territorial muy desigual de los médicos. Solamente alrededor del 10% está en zonas alejadas o rurales. Entonces, cuando hablamos de enfermedades raras y huérfanas, que tienen baja prevalencia y muchas veces son casi invisibles, la pregunta es cómo encontramos a esos pacientes.
El primer punto es fortalecer el conocimiento y la capacidad de sospecha del personal de salud del primer nivel. Si un paciente llega con un sangrado, un hematoma o alguna manifestación hemorrágica y el profesional no sospecha que podría tratarse de hemofilia, no vamos a avanzar hacia el diagnóstico. Después necesitamos capacidad diagnóstica para realizar las pruebas correspondientes. Estas brechas se repiten en otras enfermedades raras y huérfanas. Hay una enorme oportunidad para encontrar a esas personas, incorporarlas al sistema de salud y darles acceso real al diagnóstico y al tratamiento.
—Usted habla de “oportunidades” incluso cuando describe problemas bastante grandes del sistema peruano. ¿Por qué?
Soy médica de profesión y soy muy optimista. Cuando llegué al Perú encontré un país donde sí existen fuertes inequidades en salud: brechas territoriales, fragmentación del sistema y oportunidades de articulación. Pero podemos verlo como un problema y bajar los brazos o verlo desde la oportunidad de trabajar articuladamente entre los distintos sectores: público, privado, industria farmacéutica, sociedad civil y Ministerio de Salud.
Lo que me mueve desde mi posición en Roche Farma Perú es encontrar soluciones que nos permitan mejorar la vida de las personas.
—Cuando un tratamiento innovador ya existe internacionalmente, ¿qué camino debe recorrer para llegar efectivamente a un paciente peruano? ¿Dónde están las principales barreras?
Hay distintos puntos en ese recorrido. Primero está la aprobación regulatoria: que nuestra agencia evalúe el perfil de eficacia y seguridad de una nueva tecnología y otorgue la aprobación. Después tenemos el proceso de evaluación de tecnologías sanitarias, regido en el Perú por un manual multicriterio, que vuelve a evaluar eficacia y seguridad, pero incorpora también el valor social y económico de esa tecnología. Hoy es muy importante poder medir la costo-efectividad cuando incorporamos una nueva tecnología al sistema de salud.
Si esa evaluación es positiva, necesitamos financiamiento. Y ahí aparecen dos preguntas: cómo financiamos lo nuevo y, de aquello que ya tenemos, qué está generando valor y qué podemos desfinanciar para darle lugar a la innovación. No hay lugar para todo. Los presupuestos son finitos y las prioridades en salud son muchas.
Después necesitamos asegurarnos de que esa tecnología esté disponible en las instituciones y, finalmente, que el paciente pueda llegar a ella. Por eso hablamos tanto de descentralización. No es cómo el paciente llega, sino cómo llegamos al paciente.
En el Perú hemos tenido avances: los tiempos regulatorios han mejorado, existen mecanismos de evaluación rápida para determinadas situaciones y contamos con un manual multicriterio para la evaluación de tecnologías sanitarias. Pero siempre hay que seguir optimizando, sobre todo los tiempos que demanda cada proceso. La innovación va a tener valor si llega al paciente. Si cada uno de esos procesos es lento y genera demoras, esa innovación no produce el valor que esperamos en resultados para el paciente y eficiencia para el sistema de salud.
—Si tuviera que señalar las prioridades para que el Perú consiga mejores resultados de salud en los próximos cinco años, ¿cuáles serían?
Te diría tres. La primera es seguir fortaleciendo el primer nivel de atención, porque ahí están los tamizajes, las campañas de prevención y promoción de hábitos saludables, y es el primer punto de contacto para generar una sospecha diagnóstica y avanzar hacia el diagnóstico.
La segunda es fortalecer las redes, mejorar la articulación entre los niveles y los procesos de referencia y contrarreferencia. Estamos hablando de optimizar los tiempos desde la sospecha hasta la confirmación diagnóstica y el acceso al tratamiento. También debemos analizar qué tecnologías digitales, incluida la interoperabilidad, pueden ayudarnos a hacer más eficientes esas redes.
Y la tercera es trabajar con indicadores claros y medir resultados. Cuando podamos generar datos de nuestras intervenciones, medirlos, analizarlos y hacerlos visibles, podremos tomar mejores decisiones sobre dónde invertir, qué procesos mejorar y qué costos evitables sacar del sistema. Si pienso en qué nos puede llevar de aquí a cinco años a mejores resultados y sistemas más eficientes, diría: prevención y diagnóstico temprano, redes de referencia y contrarreferencia, y datos para tomar mejores decisiones.

