Hay un hombre sentado en medio de veinte mil personas. No sabemos su nombre, su edad exacta ni qué circunstancias lo llevaron aquella noche hasta Costa 21. A su alrededor, la multitud permanece de pie, canta, baila, levanta los teléfonos y parece haber llegado a un acuerdo tácito: durante las próximas horas estará permitido recordar a quien no conviene recordar. Él, sin embargo, permanece sentado. No es indiferencia, necesariamente. Hay personas que escuchan la música desde lugares a los que los demás no tenemos acceso. Pasarán las canciones, los estribillos, las confesiones sentimentales. Solo cuando suene “Coqueta”, el último tema de la noche, el hombre se levantará. Entonces será uno más entre miles. O quizá no. A veces basta ponerse de pie para contar una historia entera.
Es sábado 17 de octubre y el Grupo Frontera ha conseguido llenar Costa 21. Las localidades están agotadas. Más de veinte mil personas, distribuidas entre la explanada y las tribunas, participan de un fenómeno que hace apenas unos años habría parecido improbable: una agrupación nacida en Texas, dedicada a reinterpretar los sonidos del norte de México, convoca a una multitud peruana que conoce de memoria canciones sobre separaciones, arrepentimientos y segundas oportunidades. La geografía, evidentemente, importa bastante menos que el despecho.
Desde antes de que comience el espectáculo, el ambiente tiene algo de celebración y de espera. Las conversaciones se superponen al rumor del mar, las luces de los teléfonos iluminan rostros que aparecen y desaparecen entre la multitud, y las colas para comprar alcohol avanzan con una lentitud que exige paciencia. Hay parejas abrazadas, grupos de amigos, y hombres y mujeres con sombreros que miran distraídamente sus pantallas. La noche tiene la particularidad de permitirle a cualquiera estar rodeado de desconocidos y, aun así, sentirse acompañado en asuntos que normalmente se prefieren callar.
La música regional mexicana ha descubierto algo que el bolero sabía desde hace casi un siglo: el corazón humano no ha evolucionado demasiado. Cambian los instrumentos, las plataformas, las maneras de conocerse y de abandonarse. Cambia incluso la velocidad con que alguien puede desaparecer de nuestra vida, pero seguimos necesitando que un desconocido, desde un escenario, encuentre las palabras que nosotros no conseguimos pronunciar. Y esta noche, en Lima, los desconocidos tienen nombre propio.
Gabriela no había llegado necesariamente al concierto imaginando que terminaría negociando su vida sentimental frente a miles de personas. Álvaro, su exnovio, probablemente tampoco esperaba convertirse en uno de los personajes principales de un espectáculo al que ni siquiera había asistido. Sin embargo, ahí están.
Durante “En Altavoz”, Payo, vocalista de Grupo Frontera, convierte una canción sobre la imposibilidad de olvidar en un experimento sentimental de consecuencias imprevisibles. Gabriela acepta contactar a su expareja. El cantante toma el teléfono y realiza una videollamada. Álvaro responde. Su rostro aparece en las pantallas y, de pronto, una conversación que normalmente habría ocurrido entre dos personas adquiere las dimensiones de un acontecimiento público. Payo hace de intermediario. La multitud observa. Gabriela espera. Álvaro tiene que responder una pregunta que, formulada en privado, ya sería suficientemente complicada. “¿Vuelves o no vuelves con tu exnovia?”. Veinte mil personas esperan una respuesta. Álvaro dice que sí.
Gabriela y Álvaro acaban de protagonizar una reconciliación que, por lo menos durante unos minutos, parece contar con el respaldo unánime de una pequeña ciudad.
Pero alrededor de aquella llamada hay otras, invisibles, que nunca llegan a realizarse. Personas que acaso han pensado en marcar un número conocido, escribir un mensaje o preguntar cómo está alguien de quien se alejaron hace meses. Basta mirar algunos rostros durante las canciones más dolorosas para reconocer esa vacilación que precede a ciertos impulsos. Un teléfono puede permanecer guardado en el bolsillo y, sin embargo, ocupar toda una noche. ¿Cuántos habrán querido llamar a sus exparejas mientras Gabriela hablaba con Álvaro? ¿Cuántos habrán agradecido, al terminar la canción, no haberlo hecho?
La distancia entre una decisión y un arrepentimiento puede ser muy breve. También puede durar años. Quizá por eso la reconciliación de Gabriela provoca una alegría que no pertenece exclusivamente a ella. Durante unos segundos, la multitud celebra la posibilidad de que una historia inconclusa encuentre una continuación.
Uno quisiera creer que bastará con eso. Que después de semejante declaración no habrá nuevas discusiones, silencios prolongados ni mensajes interpretados de tres maneras distintas. Pero el amor tiene una particularidad difícil de eludir: lo que se resuelve en público debe aprender a sostenerse en privado. Mañana, cuando se apaguen las pantallas y nadie esté coreando una respuesta, Gabriela y Álvaro tendrán que averiguar si todavía saben conversar sin veinte mil personas alentándolos.
Antes de conquistar escenarios internacionales, Grupo Frontera fue una banda de amigos de Edinburg, Texas, que comenzó interpretando versiones de canciones ajenas. En 2022, su adaptación de “No se va”, originalmente de Morat, se convirtió en un fenómeno viral. Aquella mezcla de acordeón, bajo sexto, percusión y sensibilidad pop encontró un público que no parecía preocupado por las fronteras entre géneros musicales.
Después llegarían “Que vuelvas”, junto a Carín León; “Bebé dame”, con Fuerza Regida; “Frágil”, con Yahritza y Su Esencia, y “un x100to”, la colaboración con Bad Bunny que terminó por convertirlos en protagonistas de la música latina contemporánea.
El quinteto, integrado por Adelaido “Payo” Solís, Juan Javier Cantú, Julián Peña Jr., Alberto “Beto” Acosta y Carlos Guerrero, ha construido una identidad reconocible: canciones que pueden bailarse mientras se procesa una catástrofe sentimental. Sus influencias abarcan desde agrupaciones norteñas como Intocable y Duelo hasta artistas de generaciones más recientes, entre ellos Eslabón Armado e Iván Cornejo.
Durante las últimas décadas del siglo XX, el desamor tuvo sus propios intérpretes y ceremonias. José José convirtió la fragilidad masculina en una forma de grandeza vocal; Juan Gabriel hizo del abandono una declaración pública; Emmanuel, Camilo Sesto y José Luis Perales enseñaron a varias generaciones que la derrota sentimental podía narrarse con una elegancia casi teatral. Los Bukis, Los Temerarios y Bronco trasladaron aquellas mismas preocupaciones a otras sonoridades, más próximas a la música popular mexicana. Y antes de todos ellos estaban los boleristas, convencidos de que una despedida merecía, por lo menos, tres minutos de música.
Hoy ese territorio lo ocupan también Carín León, Grupo Firme, Christian Nodal, Fuerza Regida y Grupo Frontera. Las grandes baladas han cedido parte de su espacio a los corridos, las cumbias norteñas y las fusiones regionales, pero las preocupaciones siguen siendo reconocibles. La diferencia es que el antiguo amante esperaba junto al teléfono de su casa; el contemporáneo comprueba si alguien ha visto sus historias de Instagram. La tecnología ha perfeccionado los instrumentos de la nostalgia, mas no sus remedios.
La gira “Triste pero bien c*brón” lleva esa paradoja hasta el título. En Lima, el repertorio transita por canciones como “La del proceso”, “Por qué será”, “De lunes a lunes”, “Que vuelvas”, “Ojitos rojos”, “No se va”, “Frágil”, “El amor de su vida”, “Bebé dame” y “un x100to”. Son distintas estaciones de una misma geografía sentimental: la esperanza, la pérdida, la negación, el deseo de regresar y, finalmente, la posibilidad de continuar.
El acordeón conduce las melodías, las guitarras aportan su carácter norteño y la percusión sostiene una fiesta que se resiste a parecerse a un funeral. Payo canta con una cercanía que vuelve conversacionales las letras. No necesita interpretar a un héroe romántico. Le basta con sonar como alguien que también ha tenido que aprender a perder. Y mientras los músicos avanzan por su repertorio, abajo ocurre algo que difícilmente podría registrarse en una lista de canciones.
Algunos hombres lloran y mantienen los ojos fijos en el escenario, otros cantan con una concentración casi solemne. Hay quienes consiguen contener las lágrimas hasta el último verso y quienes fracasan bastante antes. El llanto masculino, tantas veces administrado con una vergüenza absurda, encuentra aquí una forma de expresión compartida. Entre los acordes y las voces de miles de desconocidos, la tristeza deja de ser una experiencia estrictamente privada.
Hay otra manera de leer lo que ocurre aquella noche: observar las colas para comprar alcohol.
Durante buena parte del concierto, los puestos de bebidas reciben una afluencia constante de asistentes. Se forman filas, se intercambian miradas de impaciencia, alguien regresa con vasos en las manos y debe abrirse paso entre los cuerpos para encontrar a sus amigos. El olor de la cerveza se mezcla con el aire húmedo de la Costa Verde. A medida que avanzan las canciones, la noche adquiere esa temperatura particular de los conciertos multitudinarios, hecha de movimiento, cercanía y cansancio. Media hora antes de que termine el espectáculo, la cerveza se ha agotado.
El dato podría pertenecer exclusivamente a la contabilidad del evento, pero resulta difícil no encontrarle alguna resonancia sentimental. Sobre todo cuando en el repertorio aparece “un x100to”, la colaboración de Grupo Frontera con Bad Bunny, cuya primera confesión es inequívoca: “Me queda un porciento”. La canción habla de alguien que bebe mientras intenta reunir el valor necesario para llamar a una persona que todavía ama. Y aquí, en Costa 21, entre quienes han pasado buena parte de la noche cantando sobre ausencias, las últimas cervezas han desaparecido antes de que termine la música.
No sería justo afirmar que todos bebían para olvidar. Muchos simplemente habían salido a divertirse. Pero existe una relación antigua entre la bebida y las canciones de desamor, una asociación que atraviesa las rancheras, los boleros de cantina y buena parte de la música popular latinoamericana. En esas historias, el alcohol rara vez consigue borrar los recuerdos; más bien suele devolverlos con una nitidez inconveniente.
La gente continúa cantando. Algunos abrazan a sus amigos. Otros observan el escenario con una quietud que contrasta con el movimiento general. Hay rostros iluminados por las pantallas, labios que repiten palabras conocidas y miradas que se pierden unos segundos antes de regresar al presente.
Es posible que más de uno tenga todavía ganas de llamar a alguien. También es posible que la ausencia de cerveza termine favoreciendo decisiones más prudentes.

