Tras ser anunciado como el invitado principal del Hay Festival Arequipa del año pasado, el rumano Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956) tuvo que cancelar de forma imprevista su visita y dejó un sinsabor entre sus lectores. Este 2026, el autor de “Nostalgia” y “Solenoide” se saca la espina y, ahora sí, estará en la Ciudad Blanca como uno de los participantes estelares del evento.
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— Intuyo, además, que una gran responsable de su éxito en Latinoamérica es su traductora al español, Marian Ochoa de Eribe. ¿Cómo describiría la relación que tiene con sus traductores? ¿Les da libertad en su trabajo o suele supervisar cómo abordan sus libros?
Es una muy buena pregunta. Primero tengo que decir que no solo se lo debo a Marian, sino también a mi editor en España y director de Impedimenta, Enrique Redel. Ambos han contribuido enormemente a mi popularidad en el mundo hispanohablante. Sin ellos, yo no sería nada. Somos una especie de triángulo: viajamos juntos todo el tiempo, pensamos juntos los libros, etc. Marian es una traductora fantástica, confío muchísimo en ella. Yo nunca interfiero en lo que ella hace. No me interesa corregirla ni mantener correspondencia sobre esos detalles porque sé que es perfecta, sé que es la mejor. Solo trabajo con los mejores: son como un club de 15 o 20 traductores a diferentes idiomas. La mayoría ha ganado grandes premios por traducir mis libros y estamos muy contentos por ello. Pero es cierto, no soy esa clase de escritor pesado que se entromete en el trabajo ajeno. Traducir es su trabajo y yo lo respeto.
— En “El ojo castaño de nuestro amor” usted incluye un texto que me gusta mucho sobre Nabokov y “Lolita”, un libro que siempre se enfrenta a la controversia, con sugerencias de censura o pedidos de advertencia para los lectores. ¿Qué piensa al respecto?
Bueno, no es el único caso. Muchos escritores en el pasado asumieron riesgos para no traicionar su visión del arte, de la literatura o de lo que querían hacer. Por supuesto, “Lolita” es un libro espléndido. Una especie de enorme cinta de Moebius hecha de palabras. Pero para la sensibilidad de nuestro tiempo, tengo que aceptar que resulta un poco incómoda. Incómoda por el tema que eligió. Y no es su único libro así: “Ada o el ardor”, su última novela, tiene el mismo problema. Pero ese mismo problema se encuentra en Salinger y en otros muchos autores. Yo no juzgo a nadie. En lo que a mí respecta, no me atraen los temas polémicos, no soy un escritor al que le guste el escándalo. Intento abstenerme de temas que no son agradables para mucha gente. Eso no significa que no cruzaría ciertas líneas si sintiera que es bueno para mis fines estéticos, pero es algo que no ha ocurrido hasta ahora. Thomas Pynchon tiene un libro titulado “Un lento aprendizaje”, en el que dice que se avergüenza de algunas páginas que escribió en su juventud, donde era un poco sexista, un poco racista, etc., y que se arrepentía de ello. Eso me gustó mucho. Creo que, de alguna manera, un escritor debe ser decente.
— Por cierto, Nabokov tenía una obsesión con las mariposas y Kafka soñaba con transformarse en un insecto. Usted también parece tener una obsesión con las mariposas e insectos en varios de sus libros. ¿Qué hace a estas criaturas tan literarias?
Para mí son fascinantes no solo para la literatura o el arte en general, sino por la vida en general. Son pequeños autómatas. Seres, hasta donde sabemos, sin motivaciones, sin sentimientos, sin todo aquello que “humaniza” a los demás animales. Como espléndidos robots. Y eso es lo que me fascina: que sean animales sin ser animales, porque no tienen ánima. Algunos, como la mariposa, son interesantes no solo por ser criaturas espléndidas, sino por su metamorfosis. Yo estoy seguro de que los humanos recibimos la idea de la inmortalidad de la mariposa: nuestros antepasados vieron que una mariposa es primero una oruga. Y la oruga se arrastra por la Tierra como lo hacemos todos nosotros: nos arrastramos por la superficie del planeta en el que nacimos. Y luego se encierra en la crisálida como nosotros al final de nuestras vidas terminamos encerrados en un ataúd. Al ver que de esa crisálida emerge una maravillosa criatura alada, albergamos la esperanza de hacer lo mismo: nos encerramos en nuestro ataúd, pero tenemos la esperanza de resucitar, como ángeles, como seres superiores. Yo usé el símbolo de la mariposa principalmente en “Cegador”. Y en “Solenoide” cambié a seres aún más fascinantes: los ácaros, que son como los insectos de los insectos. En el libro que estoy escribiendo ahora, el insecto que está en el centro de todo es la avispa. Últimamente he estado obsesionado con ellas. Espero que mi avispa sea apreciada por los lectores.
— Sé que ha publicado un libro de poesía recientemente, que aún no se ha traducido al español. Y que lo escribió tras una depresión durante la pandemia. ¿De qué manera el dolor o la tristeza pueden inspirarlo?
Cuando tenía 30 años, yo ya había escrito ocho libros de poesía. Por aquel entonces se me consideraba poeta. Pero en un momento dado pensé que ya era suficiente. No quería convertirme en un poeta viejo con 30 libros publicados, repitiéndome todo el tiempo, como hacen muchos poetas. “No voy a escribir ni un solo verso más a partir de hoy”, me dije. Y mantuve mi promesa durante 30 años: no escribí un verso en tres décadas. Pero en 2020, cuando empezó la pandemia, todo cambió porque enfrenté un COVID muy duro. Estuvo a punto de matarme. Y después de eso, algo cambió en mi mente. De pronto sentí el impulso de volver a la poesía. Y empecé a escribir compulsivamente ese verano, hasta 20 poemas cada día. Fue como un tsunami poético. No entendía qué me estaba pasando. Después de escribir de esa manera durante 10 o 15 días, le puse fin porque era una locura. De lo que había escrito, elegí 100 poemas. Eran poemas breves. Por lo general escribo poemas muy largos, pero esa vez escribí poemas cortos. A diferencia de todo lo que había hecho antes, a esta la definiría como una “poesía pobre”: sin adorno alguno, sin metáforas, sin nada poético. Era solo dolor. Todos y cada uno de los poemas expresaban un dolor insoportable. Y a veces pienso que están entre lo mejor de mi humilde obra, porque nunca expresé tal intensidad y sufrimiento como en ese libro de poesía, que se titula “Nunca pidas ayuda”. Es un libro que solo ha sido traducido al húngaro.
— ¿Y se va a traducir a otros idiomas?
No lo sé. No lo he ofrecido para ser traducido. El único caso fue el de ese amigo húngaro, que me pidió que aceptara publicarlo en su idioma. Pero yo soy bastante tímido. No me gusta ser insistente. No me gusta enviar mis libros a todas partes. Nunca he tenido agente, solo tengo una editorial que me ayuda, Paul Zsolnay Verlag, que posee los derechos mundiales de la mayoría de mis libros. Tal vez en algún momento les pida que intenten vender este libro también en el extranjero, pero no lo he decidido aún.
— Me gustan mucho los diarios de escritores: Kafka, Pavese, Piglia, Ribeyro… Y sé que usted ha mantenido un diario durante años. ¿Se animaría a publicarlo?
Sí, a mí también me gustan mucho los diarios. Trato de leer todos los que encuentro. Soy un gran admirador del diario de Kafka, del de Virginia Woolf y de muchos otros. Y también he escrito un diario desde que era adolescente. Empecé en setiembre de 1973, cuando tenía 17 años, y nunca lo he dejado. Así que mi diario tiene ya 52 años. En un momento dado, sí empecé a publicarlo y hasta ahora han aparecido en rumano cinco entregas muy grandes, unas 2500 páginas en total. A la fecha, solo se ha traducido al sueco y al catalán. Pero Enrique Redel, mi editor, también quiere publicar una parte en español en el futuro. Para mí el diario es una parte esencial de mi obra. Es como el tronco de mi árbol, y de él emergen todas las ramas, que son mis libros. Todos mis libros tienen sus raíces en mi diario. Es como mi segunda piel, una especie de piel escritural. Por ejemplo, en él he anotado todos los sueños que he tenido en 52 años, o por lo menos los que recordaba. Deben de haber unos 1000 sueños. Y todos los libros que he leído están comentados de alguna manera en el diario. Todos los pensamientos que tengo, todos los libros que he escrito, los he debatido conmigo mismo en ese diario. Es una suerte de entrevista larguísima que me he hecho a mí mismo a lo largo de toda mi vida.
— El cuerpo es otro aspecto muy importante en sus libros…
Sí, la biología es otra de mis aficiones. Leo mucho sobre este campo, sobre todo la biología del cerebro, que es la que más me obsesiona: la relación entre el cerebro y la conciencia, cosas por el estilo. Al igual que los insectos de los que hablábamos, el cuerpo humano, los tejidos biológicos, son también fascinantes. Son construcciones muy complejas que se acoplan de una manera especial y perfecta. Y creo también que todo es importante en nuestro cuerpo. Habrá gente que dirá “bueno, nuestro meñique no es tan importante”, pero nadie aceptaría que se lo cortaran, porque aunque el meñique no parezca muy importante, forma parte del esquema de nuestro cuerpo. Pasa lo mismo cuando la gente me pregunta si creo que todos mis libros son importantes. Tal vez no lo sean para los lectores, pero para mí todos son igual de importantes. Algunos son libros mayores, como los órganos principales que tenemos (el cerebro, el corazón, sin los cuales estaríamos muertos). Pero hay otros que parecen poco importantes y que aún así son parte clave de la obra que he construido.
— ¿Y qué hay de la sexualidad? Siempre he pensado que es un tema complicado para muchos escritores al momento de evitar el cliché, el tabú o lo cursi. ¿Cómo lo aborda?
La sexualidad adulta y “normal” no me interesa mucho por lo general. Hablando en términos generales, los adultos no me interesan demasiado. Me interesan mucho más los niños y los adolescentes. Creo que el libro más importante en el que exploré la sexualidad es “Travesti” (“Lulu” en su traducción al español), una novela corta que escribí cuando era muy joven y que habla de las turbulencias de la adolescencia antes de encontrar un camino en su sexualidad. Al principio esa sexualidad es difusa, los adolescentes están confundidos. Pero luego aparecen chicos que se enamoran de chicos, y chicas que se enamoran de chicas. Eso es algo que me parece fascinante porque es una suerte de imaginación fantástica. Tzvetan Todorov, el gran teórico de la novela fantástica, decía que hay dos temas dentro de lo fantástico: la fantasía del “yo” y la fantasía del otro. Por eso la transexualidad, la homosexualidad, y cualquier tipo de sexualidad que sea “diferente” nos resulta fascinante y a la vez fantástica. Los homosexuales o transexuales nos resultan más interesantes que la gente “común” haciendo cosas comunes. Y creo que eso es algo bueno para la literatura. “Travesti”, al principio, fue considerado un libro gay. Recuerdo que la primera reseña italiana se titulaba “Travesti: una piccola Bibbia gay” (“una pequeña Biblia gay”). Incluso recibí la oferta de una productora para hacer una película sobre la novela, que lamentablemente tuve que rechazar. Les expliqué que tengo mucho respeto por las comunidades LGTB, pero da la casualidad de que no soy gay. No me sentía un representante. A partir de entonces, todas las ofertas cesaron.
— Por cierto, ¿alguno de sus libros ha sido adaptado al cine?
No, hasta ahora no hay ninguna adaptación de mis historias, lo cual me resulta bastante extraño porque creo que algunas encajarían muy bien en la forma de una película. Pero no he recibido ofertas. Sí hubo una obra de teatro realizada en los años 90 por un famoso director de teatro rumano basada en “El Levante”. Fue una obra espléndida.
— En “Solenoide”, usted escribe algo así como que cada libro necesita la ausencia de una de las dos partes, el escritor o el lector. Lo que me lleva a preguntarle sobre su relación con sus lectores. ¿Cómo la describiría?
Hay cosas que consideramos separadas, pero que en realidad están mezcladas. Una de ellas es el proceso de escribir y el proceso de leer. No hay tal separación. Un escritor es también un lector, el primer lector de su libro. Lee al mismo tiempo que escribe. Todas y cada una de las frases que escribes tienes que leerlas después para saber si suenan bien, o si suenan como pretendías. Ningún libro lo escribe una sola persona. Un escritor necesita un lector que lo entienda, que tenga la misma enciclopedia interior, como decía Umberto Eco, y que sea como una especie de hermano gemelo del escritor. Por eso yo no escribo para cualquiera: busco a mis hermanos o hermanas gemelos repartidos por todo el mundo. Cuando escribo, pienso en ellos. Además, es muy fácil entender que si dos personas leen el mismo libro, en realidad leen dos libros diferentes, porque un libro es solo un código. ¿Cómo decirlo? Es un código abstracto que el lector llena con sus propios recuerdos, sentimientos, ideas, etc. Por ejemplo, si empiezas tu libro diciendo “era una hermosa noche”, el lector no tiene acceso a tu mente. Solo tiene un código y llena ese código con el recuerdo de alguna hermosa noche que experimentó en su vida. Por eso digo que el lector participa en el proceso de hacer el libro. Mucha gente me dice: “No hables de Kafka todo el tiempo, porque todo el mundo habla de él”. Y yo siempre digo que no estoy hablando de Kafka, sino “mi Kafka”. Y mi Kafka es diferente a tu Kafka y a todos los demás Kafkas del mundo.
Además…
A saber
Cartarescu se presentará el viernes 6 de noviembre, a las 6 p.m., en el Teatro Municipal de Arequipa. Las entradas están a la venta en la página web del festival: www.hayfestival.com/arequipa
Antes de eso, tendrá un breve paso por Lima, en un conversatorio que se llevará a cabo el miércoles 4 de noviembre, a las 7 p.m., en el CCPUCP de San Isidro. El ingreso será gratuito hasta completar el aforo.


