Este año me invitaron a moderar el panel sobre prosperidad en la Cumbre Perú Sostenible 2026. En una sola sesión quedó claro aquello que llevamos años debatiendo sin resolver: la prosperidad no es un asunto de escasez de recursos, sino de cómo los usamos. Y en eso, el Perú no tiene excusa.
Turismo y gastronomía son nuestros activos más visibles. No solo generan ingresos: promueven empleo en cadenas que tocan a decenas de regiones simultáneamente. Desde quien pilotea un avión hasta quien vende artesanía en un mercado rural. Desde hoteles de lujo hasta pequeños restaurantes. Ambos sectores son, además, orgullo nacional. Nos identifican. Pero aquí está el problema: mientras otros países monetizan su identidad cultural a escala, nosotros seguimos viendo el turismo como una actividad marginal en nuestras agendas de desarrollo regional. Las regiones cuyos aeropuertos han experimentado mejoras para el ingreso de vuelos comerciales—Ayacucho, Huaraz—han experimentado transformaciones visibles en empleo. La conectividad no es un lujo: es infraestructura habilitante de prosperidad.
Luego está la minería. No se trata de aceptar cualquier proyecto minero en cualquier lugar. Se trata de reconocer que donde la minería opera responsablemente, genera dinámicas de desarrollo que van más allá del empleo directo. Cerro Verde con Arequipa es el caso. No es filantropía de la empresa; es modelo de cadena de valor territorial. Un ejemplo de ello es el manejo del agua. El agua que gestiona para la mina también llega a la ciudad. Las capacidades que desarrolla para operar también las transfiere a contratistas locales. Ese tipo de integración regional es lo que cierra brechas, no el asistencialismo.
Pero aquí viene lo incómodo: tenemos dinero. Los gobiernos regionales reciben canon minero. Hay presupuesto. Lo que falta es ejecución alineada con lo que realmente cierra brechas. Con frecuencia, los recursos se gastan en proyectos que no generan capacidades locales duraderas, que no cierran brechas estructurales, que no preparan a las regiones para prosperar cuando se agoten los recursos extractivos.
La pregunta del panel fue directa: ¿por qué entonces seguimos con desigualdad? La respuesta no está en la magnitud de los recursos. Está en tres cosas que se pueden cambiar mañana.
Primero: invertir en conectividad. La remodelación del aeropuerto en Ayacucho transformó esa región. Huaraz, luego de dos años de operación y 150.000 personas transportadas, hoy es otra. Conectar es permitir.
Segundo: mejorar capacidades técnicas en regiones. No solo educación formal; formación profesional alineada con oportunidades reales. El canon debería financiar centros de capacitación de excelencia en minería, en turismo, en gastronomía, en cadenas de valor.
Tercero: exigir que la ejecución de presupuestos sea transparente y medida en cierre de brechas, no en gasto. ¿Genera empleo duradero? ¿Forma capital humano? ¿Integra la región a cadenas de valor competitivas? Los índices de medición para el desempeño de las autoridades no deberían estar centradas en el porcentaje que ejecutan, sino en el impacto que esas ejecuciones tienen.
Turismo, gastronomía, minería: el Perú ya tiene los activos. Lo que hace falta es voluntad de usarlos estratégicamente, con rigor, sin paternalismo. La prosperidad no está afuera. Está en lo que decidamos hacer con lo que tenemos. Esperemos que las autoridades sub nacionales que se estrenan el primero de enero tengan esto claro.

