Hay hombres que, al pintar, consiguen que un pueblo no desaparezca. Primitivo Evanán Poma era uno de ellos. Hoy, lamentablemente, ha muerto. Durante más de medio siglo convirtió la madera, la tierra de colores y una pluma de ave en una forma de memoria. Sobre sus tablas cabían las familias, las fiestas, los muertos, los animales, los conflictos, las migraciones y también las heridas de un país que muchas veces ha preferido no mirarse demasiado. Si las tablas de Sarhua son una de las expresiones más reconocibles del arte tradicional peruano, una parte decisiva de esa historia, quizá la más, lleva su nombre.
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
CON UN OJO EN EL PRESENTE
Su carrera creció a partir de entonces, pero también cambió el sentido de sus tablas. La tradición familiar comenzó a convivir con la historia contemporánea y en los años de la violencia política, conflicto y terrorismo, Sarhua quedó atrapada entre Sendero Luminoso y las fuerzas del Estado. La empresa comunal de arte que Evanán había impulsado fue destruida durante aquellos años y, luego, él mismo contó que fue señalado por Sendero y que estaba programado para ser fusilado. Después terminó regresando a Lima.
Las tablas empezaron a registrar aquello que estaba ocurriendo. El terrorismo, la migración, la discriminación, la violencia contra las mujeres y hasta la pandemia. La madera dejó de ser solamente soporte de una tradición para convertirse también en archivo. Su proyecto “Piraq Kausa Kaykunapaq” —“¿Quién será el culpable?”—, realizado sobre las heridas de la violencia, terminó formando parte de las colecciones del Museo de Arte de Lima. Otras obras llegaron a museos y exposiciones internacionales, entre ellas colecciones en Dinamarca y España. Primitivo comprendió algo que su propia vida parecía demostrar: conservar una tradición no significa congelarla.
En 1982 fundó, junto con su esposa Valeriana Vivanco y otros artistas, la Asociación de Artistas Populares de Sarhua, en Chorrillos. Su casa-taller se convirtió en espacio de producción, aprendizaje y transmisión. Allí la tradición pasó de padres a hijos. Su hija Venuca Evanán, que años después desarrollaría una obra propia y llevaría las tablas de Sarhua a otros territorios temáticos, aprendió de ellos. “Estas enseñanzas no vienen de una academia. Vienen de un entorno familiar, de una resistencia comunitaria, donde hay cultura, donde hay memoria. Mi padre ha sido mi gran maestro, mi guía.” Hoy, que su padre ya no está, lo recuerda así: “Siempre nos inculcó el amor y el cariño por el arte para seguir difundiéndolo. Eso ha dejado en sus hijas y las personas de la comunidad que lo hemos querido. Su arte ha cruzado fronteras y uno de sus sueño fue llegar a ser Patrimonio de la Humanidad”.
Finalmente, Venuca agrega que “nosotros estuvimos con él hasta el último, acompañándolo siempre. Sé que ahora está junto con mi mamá y ambos caminan de la mano en el Hanan Pacha”.
Esa quizá sea una de las mayores herencias de Primitivo: haber demostrado que también existe una academia sin aulas, una escuela hecha de familia, territorio, observación y amor.
EL RECONOCIMIENTO
Después llegaron los reconocimientos. En 1990 recibió del Ministerio de Educación las Palmas Artísticas en el grado de Gran Maestro y el Premio Nacional Amauta de la Artesanía Peruana. En 2013 recibió del Congreso la Medalla y Diploma de Honor Joaquín López Antay. En 2018, la Escuela Nacional Superior Autónoma de Bellas Artes le otorgó la Medalla de Honor Daniel Hernández. Ese mismo año, las Tablas de Sarhua fueron declaradas Patrimonio Cultural de la Nación. En 2021, el Ministerio de Cultura lo distinguió como Personalidad Meritoria de la Cultura.
Pero Primitivo tenía una manera particular de recibir los homenajes. No los entendía únicamente como premios personales. En varias ocasiones insistió en que el reconocimiento correspondía a Sarhua, a su pueblo, a quienes habían pintado antes que él y a quienes continuarían después.
Incluso cuando la edad y las enfermedades comenzaron a hacer su trabajo, él seguía hablando del futuro. En 2021, después de haber pasado por el Covid-19 y un tratamiento contra el cáncer de próstata, continuaba pintando. Ese año, durante una salida a la playa, estuvo a punto de ahogarse. Una pareja que corría por la orilla lo encontró y avisó a la policía. Cuando buscaron su nombre en internet descubrieron quién era aquel hombre que acababa de ser devuelto por el mar.
La anécdota tiene algo de fábula peruana: un maestro de la memoria, después de haber sobrevivido a la violencia, la pobreza, la migración y la enfermedad, casi termina derrotado por el Pacífico. Pero el mar lo devolvió.
Primitivo Evanán Poma murió dejando una obra que es más grande que sus propias tablas. Dejó una manera de entender el arte como pertenencia y no como adorno.
Alguna vez dijo: “Si uno no deja obra, no es nadie”. Era una frase de apariencia sencilla, pero también una declaración de principios. En cada tabla de Sarhua, una familia sigue reunida. En cada figura pintada sobre madera, alguien todavía mira. En cada escena de una comunidad que se resiste a desaparecer, Primitivo Evanán Poma sigue haciendo lo que hizo durante toda su vida: recordar que un pueblo existe mientras alguien sea capaz de contar su historia.

