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Una mujer llega a un puesto fronterizo y espera que el trámite termine en pocos minutos. En cambio, dos oficiales la detienen y comienzan a hacerle preguntas. Lo que sigue es una noche en la que las palabras pierden precisión, las sospechas reemplazan a las certezas y una situación aparentemente rutinaria empieza a tomar un rumbo inesperado. Ese es el motor narrativo de “Passport”, obra del dramaturgo Gustavo Ott que se estrena hoy bajo la dirección de Sergio París.
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El Perú conoce bien la sensación de llegar a un sitio donde las reglas parecen hechas para otros. La migración interna transformó durante décadas la identidad de Lima, una ciudad construida también por quienes llegaron de distintas regiones a buscar trabajo y educación. El director recuerda que también las migraciones al extranjero, las colonias peruanas esparcidas a lo largo del mundo, pues “todos somos migrantes en algún lugar de nuestra propia historia familiar”, afirma.
Para él, esa condición no es una excepción sino una regla histórica. “La humanidad es por naturaleza migrante. El mundo se formó a partir de la migración”, sostiene. Añade que casi nadie migra por gusto y que detrás de cada desplazamiento hay una carencia, un sueño o una urgencia política, y luego un trabajo de adaptación al idioma, la comida y las costumbres del nuevo lugar, planteamiento que marca a la protagonista de esta obra.

“Passport” explora la migración, los prejuicios y la incomunicación a través de una situación absurda en la que una frontera se convierte también en una barrera cultural.
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En Passport, sin embargo, la diferencia no siempre aparece como desplazamiento. Está también en la manera en que los personajes se leen entre sí. Cada uno interpreta lo que escucha desde sus propios prejuicios y responde a una versión de la realidad que armó por su cuenta. “El no entenderse siempre es una llamada de atención”, señala París.
La frontera funciona entonces como una estructura que separa, aunque nadie recuerde qué está protegiendo. El director la describe como un límite detenido en el tiempo, que perdió su función original y conserva sus reglamentos, lo que la vuelve más riesgosa para quien la cruza y para quien la habita, elementos que se muestran en la obra, detrás de las bromas y los remates.
“Siempre juzgamos lo que tememos, por lo general lo diferente, lo extraño”, dice París, que atribuye buena parte de esos juicios a la poca atención que ponemos en nuestra propia cultura y en quienes vinieron antes. En escena el mecanismo aparece disfrazado de situaciones absurdas, y aun así resulta reconocible, porque una palabra mal interpretada puede volverse sospecha y una sospecha puede justificar cualquier reacción. El mensaje que el director quiere dejar es más simple de lo que el enredo sugiere, y es que todos nos necesitamos.
Sobre la obra:
Passport
Temporada hasta el 27 de setiembre en la Sala Quilla (Av. Francisco Bolognesi, 397, Barranco). Entradas disponibles en Joinnus.

