Bien dice la leyenda popular que al peruano le gusta sufrir. Y como tanto nos gusta, lo hicimos hasta el final. La tranquilidad del viernes se convirtió rápidamente en preocupación del sábado. Los gritos de aliento eran cada vez más fuertes, pero los silencios eran también más profundos.
Se nos fue el punto en el dobles en medio de una marea de cuestionamientos y decisiones en las que ahora, post victoria, ya no tiene sentido ahondar. Y aunque nos hubiera encantado cerrar la serie inmediatamente, sabíamos, en el fondo, que era un panorama un tanto utópico.
Lo que le siguió fue lo más parecido a un paro respiratorio colectivo. Cuatro mil personas en el estadio, al unísono, intentaban reavivar un partido que, en manos de nuestro colorado más grande, se terminaría escapando por muy poco. Presión, competencia, son detalles. Paraguay logró quitarnos, en un par de horas, el enorme gramo de esperanza que la noche anterior la escuadra peruana nos había regalado. La tenacidad de Daniel Vallejo los puso en empate, sabíamos que podía pasar. ¿Sorpresa? Probabilidades, más bien.
Ya nada estaba dicho. En realidad nunca lo estuvo, pero elegimos creer. Siempre lo hacemos.
Con el dolor de haber tenido una ventaja que se nos iba escurriendo de las manos poco a poco y la efímera e inocente creencia de que pudimos haber salido temprano del Jockey Club, nos fuimos al punto decisivo. Ese punto que asusta, que genera incertidumbre. Ese punto que nos llena de preguntas pero que, por alguna paradójica razón, hoy sabía a grandiosa esperanza.
Y aunque físicamente las tribunas comenzaban a ser abandonadas lentamente, había algo en el ambiente que las llenaba en su totalidad. El amor por la camiseta blanquirroja hecho persona se alistaba para ser nuevamente héroe. Juanpi Varillas, el guerrero de la Davis. Nuestro soldado histórico, el que siempre está armado para ir a la guerra.
Porque cuando Juanpi viste estos colores su raqueta cobra vida propia y, como si estuviera de nuevo parado en la prestigiosa Philippe-Chatrier llevando el nombre del Perú a lo más alto de la élite, volvió a prender en fuego un estadio entero que anhelaba verlo rugir.
Uno siempre debe terminar lo que empieza. Y así, con absoluta autoridad tenística y sin regalar la más mínima ventaja al rival, Juanpi terminó de completar la hazaña que venía cocinando desde la noche anterior. El marcador comenzaba a ampliar distancias y con ello ese paro respiratorio colectivo comenzaba a sentirse como un aliento de vida. Cuando todo estuvo consumado, dejándose caer de rodillas y con las manos en la cara, completamente entregado a la arcilla como los más grandes lo han hecho en la historia, Juanpi Varillas nos convocaba a gritar y llorar junto a él esa victoria que escondía detrás mucho más que una clasificación. Algo que nos dijo días antes pero teníamos que comprobarlo por nuestros propios medios: estaba realmente de vuelta.
Siempre escuché que el tenis te da revancha y hoy la vimos materializarse frente a nuestros ojos. Porque el trabajo da sus frutos, pero el amor por ese trabajo puede hacerlos aún más grandes. Miles de voces que no dejaban de corear “Juanpi corazón”, una noche tremendamente emocionante que se iba terminando, y un muchacho que nunca dejó de creer en él mismo.
No todos los héroes usan capa. El nuestro usa raqueta y pasión. Así, entonces, con varios peligros de infarto en el medio, la garganta completamente destrozada y los ojos con algunas lágrimas que querían soltarse, podíamos ya respirar. Mientras el equipo completo se abalanzaba sobre Juan Pablo, el aire ya se sentía ligero. Pasamos, una vez más, a los qualifiers de la Copa Davis. Lejos de haber sido fácil y con tropiezos en el camino, pero con la reconfirmación inmensa de que nuestro tenis está en buenas manos y la ilusión seguirá creciendo. De que Perú fue, es, y siempre será clave.
Y con el corazón explotado de alegría y la nostalgia que me invade desde incluso antes de pisar el Jockey Club, me despido yo también de los torneos en el Perú por un tiempo, hasta que el universo decida traerme de vuelta. Emprendo en unos días un sueño enorme en mi carrera, de esos que nunca me atreví siquiera a pensar, y estaré por unos años lejos de mi país, pero sintiéndolo más cerca que nunca después de esta noche. Seguiré haciendo exactamente lo que hago, solo que, esta vez, con algunas horas de diferencia y varios miles de kilómetros.
Gracias, muchachos queridos. Esta victoria hoy me sabe mucho más que un logro deportivo. Hoy me sabe a casa, a la casa que extrañaré tanto; a todas las series que fuimos locales y tuve el privilegio de verlos dar el alma entera; a las entrevistas y ruedas de prensa; a las risas que solté, a las manos rojas de tanto aplaudir; a la comunidad tan linda que hacemos crecer semana a semana, a los amigos que formé y a las puertas que este deporte bendito me sigue abriendo todos los días.
Hoy les debo mucho más que un gracias por el triunfo. Les debo los sueños de esa estudiante universitaria que soñaba con hacer algo grande, que buscaba incansablemente a quién admirar. Porque ahora tengo un propósito que va mucho más lejos y sé exactamente a quiénes admiro. Y es a ustedes. A ustedes que cada día me dan un nuevo motivo para seguir amando esta locura de trabajo y esta inexplicable obsesión por la adrenalina que el tenis nos trae. A ustedes que no se rinden y siguen peleando por que el nombre de nuestro país suene en cada rincón del mundo. Los seguiré a donde sea que vayan y mientras la vida me lo permita.
Gracias Juanpi, Nacho, Arklon, Gonza, Alex, Conner. Gracias, Lucho. Desde la tribuna apoyando o desde la cancha peleando cada punto. Desde la silla del capitán o desde una sala de conferencias. Dejo un momento mi rol de periodista y ahora les hablo plenamente desde la fanática empedernida del tenis que hay detrás.
Gracias de nuevo. Me hicieron inmensamente feliz.

