Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

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La relación de Mao Zedong con los escritores de su patria siempre fue contradictoria y desconfiada. El mejor ejemplo de ello fue la Campaña de las Cien Flores. “Que florezcan cien formas de pensamiento”, dictaminó Mao al inaugurarla en 1956. Declaraba así su deseo de alentar la crítica de los intelectuales y el diálogo con ellos acerca de los problemas que aquejaban al país. La iniciativa duró algunos meses hasta que el régimen, incapaz de encajar la discrepancia que los artistas y pensadores planteaban cada vez con mayor audacia, decidió contrarrestar esa ola de libertad expresiva.
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Que los personajes de este cuento sobrevivieran al haber renunciado a su albedrío era lo que más impactaba a los lectores: todo aquel ciudadano con cierta autonomía, educación y pensamiento crítico había sido neutralizado, invalidado o destruido por el maoísmo tardío. Es el caso de Gao Xingjian, quien ganó el Premio Nobel del 2000. En los setenta se le envió al campo para que alfabetizara a los campesinos, se le ordenó destruir todos sus manuscritos y renegar de sus ficciones, acusadas de vanguardismo decadente. Fue rehabilitado en los ochenta, pero permaneció bajo la sospecha de las autoridades. En 1986 se le diagnosticó erróneamente un cáncer; cuando descubrió que estaba sano, supo que el gobierno había resuelto destinarlo a una granja remota, donde sería condenado a trabajos forzados. Se escondió y logró trasladarse a París a finales de los ochenta, donde escribiría su gran novela, “La montaña del alma”, cuyas críticas al Partido Comunista han hecho que aún hoy siga prohibida en China continental.

Autor disidente Gao Xingjian.
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No todos tuvieron la suerte de Gao Xingjian. Ai Qing, tal vez el mejor poeta chino moderno anterior a la Revolución Cultural, terminó limpiando letrinas en Beidahuang durante 16 años; su hijo, el famoso artista conceptual y disidente Ai Weiwei, creció en esas circunstancias azarosas. Peores consecuencias padeció Lao She, estupendo narrador de la China prerrevolucionaria -sus libros “La casa de té” y “El chico del rickshaw” capturan como pocos las fracturas de su tiempo-, quien en agosto de 1966 fue citado por los Guardias Rojos al Templo de Confucio en Pekín. Lo apalearon durante horas y lo obligaron a arrodillarse sobre las cenizas de sus propios libros; luego lo sacaron a la calle para humillarlo públicamente. Como había sido convocado por sus torturadores al día siguiente para continuar denigrándolo, esa noche fue hacia el lago Taiping y se ahogó.
Cuando la época del terror sin cuartel quedó atrás, emergieron distintos testimonios de aquella experiencia destructiva. Ba Jin -imaginativo novelista anarquista cuya esposa fue dejada morir sin tratamiento médico- fue el que llegó más lejos. Entre 1978 y 1986 entregó sus “Escritos aleatorios”, inclasificables textos que cabalgan entre la memoria y la autobiografía donde ejerce una dura autocrítica: se responsabiliza por no haber resistido la presión de sus acosadores, por haber escrito lo que le pidieron, por haber traicionado a colegas para salvar su vida y la de su familia. Una inmolación personal que al mismo tiempo denunciaba la tragedia colectiva en la que participó como damnificado y como instrumento de los victimarios. Una posición moral tan lúcida y dolorosa como la de Liu Xiaobo, Nobel de la Paz 2010, muerto de un cáncer no tratado en el 2017 en custodia policial, cuyo último discurso se titulaba elocuentemente “No tengo enemigos”.

Mao Zedong. (Foto: AFP)
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Cincuenta años después de la muerte de Mao, hay todavía escritores chinos que lo desafían abiertamente, aunque sea desde los márgenes. En “Servir al pueblo” -una de las proscritas novelas del irreverente Yan Lianke– los protagonistas son una pareja unida por el fetiche sexual de destruir imágenes, libros y objetos que conmemoran al líder de la revolución, cuya larga sombra sigue colándose en la memoria y en la palabra de una nación que todavía no logra sacudirse de las sombras amenazantes de su pasado.


