En el Perú de chimpunes Player, ya entrado el profesionalismo, las décadas podían resumirse en apellidos. Los 60 fueron de Perico, los 70 de Teófilo y los 80 de Julio César Uribe. Desconocer ello es un agravio, ataca directamente nuestra memoria y nos convierte en trogloditas cuya única virtud es tener un celular.
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Digo punto final porque de una agresión así no se vuelve. Esto es como romper la vajilla más cara de la casa. Uribe no solo es el actual Director Deportivo, tiene una tribuna con su nombre en el estadio y cuatro títulos nacionales como jugador, sino que es el último símbolo real, con el suficiente peso político y sentimental, capaz de servir de puente para reconciliar a las partes. Se puede hablar de Cazulo, más cercano a estos tiempos, o de Soto, hoy asistente técnico en el club, pero ninguno resume con tanta fidelidad el pasado con el presente, el viejo club de los Bentín con la corporación que trastabilla ya siete años con Raffo a la cabeza.
En ese sentido, el golpe del salvaje no solo le cayó al ídolo, también atacó a la historia celeste, ese pasado al que curiosamente exigen volver a punta de insultos. ¿Sabrá el muchacho agresor la grandeza de la camiseta que “defendía”? Algunas manchas salen con detergente. Otras se disimulan. Esta no sale nunca más.

