Madrid, 1801. En los jardines de la corte, un muchacho criollo de 17 años, heredero de una de las mayores fortunas de Venezuela, juega al volante con el futuro Fernando VII, entonces príncipe de Asturias. En una jugada, la pluma derriba el sombrero del próximo rey de España. El joven no está acostumbrado a disculparse, y no lo hace: se llama Simón Bolívar, ha sido criado entre marqueses y se pasea por las cortes de Europa como lo que es, un aristócrata americano. Años después contará la anécdota presumiendo de no haber pedido perdón: el criollo que de joven humilló al rey y de adulto le arrebató un imperio. Es una gran historia. Pero conviene a los peruanos conocer la otra mitad, la que no se enseña en los colegios: qué hizo ese hombre con el Perú cuando lo tuvo entre las manos.
Conviene decir primero lo innegable, porque solo quien conoce el pedestal tiene derecho a examinar la estatua entera: las batallas de Junín y Ayacucho se ganaron bajo su mando, y sin esas victorias la independencia habría tardado. Pero entonces surge la pregunta incómoda: ¿por qué el país donde Bolívar gobernó con más poder absoluto es precisamente el que salió más mutilado de sus guerras de liberación? El virreinato del Perú había sido el corazón de España en Sudamérica, y de aquella hora fundacional salió amputado dos veces. Primero Guayaquil, en 1822: el puerto que gravitaba comercialmente hacia Lima fue ocupado por tropas grancolombianas antes de que sus vecinos pudieran decidir su destino y anexarlo por hecho consumado; de la entrevista que en Guayaquil sostuvo con Bolívar, San Martín salió tan derrotado que abandonó el Perú, y luego el continente, para siempre. Después el Alto Perú, en 1825: una asamblea reunida en Chuquisaca, convocada y custodiada por las bayonetas del mariscal Sucre, votó separar de Lima siglos de historia, comercio y plata compartidos, para crear un país nuevo tallado a la medida de un solo hombre: recibió su nombre, una constitución redactada por él y un presidente designado por él.
Las dos amputaciones parecieran obedecer a una misma lógica: el Perú era demasiado grande para el proyecto de Bolívar. Y no hablamos aquí de territorio, si no de grandeza, que no es lo mismo: el Perú era el único país de América cuyo prestigio no necesitaba inventarse – sede del imperio incaico y de la corte virreinal, cabeza durante siglos del comercio y de la plata del Pacífico. Un país con tal legado y características gravitaría siempre como centro natural del continente, eclipsando a la Gran Colombia que Bolívar construía entonces como proyecto personal. Reducirlo entonces no fue un accidente de la guerra: fue una condición del proyecto. Quitarle Guayaquil fue quitarle su puerta comercial del norte; quitarle el Alto Perú fue quitarle la plata y la mitad de su historia. Hasta la herencia simbólica peruana fue repartida hasta el hartazgo a ambos lados de América: el himno argentino, por poner un ejemplo, invocaba al Inca desde 1813. La escena del Cuzco condensa el método. En junio de 1825, Bolívar entró a la capital incaica entre arcos triunfales, recibió las llaves de oro de la ciudad y una guirnalda de brillantes, y elogió por escrito la originalidad de sus monumentos. Seis semanas más tarde firmaba, sin embargo, la separación del Alto Perú. Al mismo tiempo aceptaba la corona de la capital incaica y el desmembramiento de su territorio natural. Cada cual, libertadores y repúblicas, se llevó su parte de la herencia. Solo el Perú quedó partido.
Lo que siguió en Lima tampoco figura en los mármoles y monumentos. Investido dictador, Bolívar gobernó el Perú no como patria liberada sino como país ocupado: cupos, requisas y empréstitos forzosos sobre una tierra exhausta; los próceres peruanos apartados o destruidos – Riva Agüero deportado, Torre Tagle acorralado hasta morir en el Callao –; y como corona del proyecto, la Constitución Vitalicia de 1826: presidencia de por vida con derecho a designar sucesor, una monarquía sin corona escrita por el republicano más célebre de entonces, que el Perú debió jurar y derogó en cuanto se marchó. Detrás del telón, además, Inglaterra – y no por azar: Bolívar la cortejó durante toda su vida. Su primera misión revolucionaria, en 1810, fue precisamente a Londres, a pedir protección británica; el agente que dejó instalado en esa ciudad reclutó las legiones de voluntarios ingleses e irlandeses que pelearon en sus campañas; su célebre Carta de Jamaica estuvo dirigida a un caballero inglés; y al congreso continental que soñó en Panamá invitó a Gran Bretaña, en cuya protección, escribió, debía ampararse la América nueva. Claro que Londres cobró en su moneda: empréstitos que hipotecaron a las repúblicas nacientes por medio siglo y un mercado continental abierto, al punto que el ministro Canning pudo celebrar desde su despacho que si Inglaterra administraba bien sus asuntos, la América española acabaría siendo inglesa. El epílogo lo dice todo: en 1828, apenas cuatro años después de Ayacucho, la Gran Colombia de Bolívar y el Perú estaban en guerra. El hombre de los monumentos fue, cronológicamente, el primer enemigo militar de la República.
Dos siglos después, las potencias del mundo vuelven a mirar al Perú – a diferencia de Bolívar, Beijing y Washington no buscan repartir un cadáver sino cortejar a un país vivo, con puertos, bases e inversiones –, y esa sola inversión de los papeles revive la pesadilla que Bolívar confesó en Santa Marta, moribundo y pobre, cuando escribió que quien sirve una revolución ara en el mar. Y es que su verdadero temor, a juzgar por sus actos, nunca fue el caos sino el orden: un orden continental que gravitara, como durante los tres siglos anteriores, hacia el Perú. A evitarlo dedicó sus mayores esfuerzos, y ahí están los resultados: una tierra ensangrentada, endeudada, sin Guayaquil y sin el Alto Perú. Ahora bien, ningún ejército extranjero volverá a intentar lo que él logró; esa época parece haber terminado. Pero la historia enseña que a las naciones rara vez las derriban dos veces desde afuera: la segunda vez, cuando ocurre, el trabajo se hace desde adentro. Hace dos siglos se necesitó al hombre más célebre de América, dos amputaciones, una constitución vitalicia y una guerra para debilitar al Perú. Reconocer ese espíritu – la convicción de que un Perú grande es un estorbo que conviene achicar – cada vez que asome, y en quien asome, es la única batalla que la República tiene pendiente.

