“Era un niño común, incluso gordito. No tenía nada extraordinario. Lo único que tenía era un sueño: quería hacer algo realmente grande. Y eso fue lo que me convirtió en un hombre fuerte”.
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Antes de llegar al circo, Tulga fue luchador de la selección nacional de Mongolia y practicó gimnasia y acrobacia. Luego, viendo videos en Internet, descubrió los actos de fuerza. “Pensé: ‘Esto es increíble. Quiero desafiarme a mí mismo’. Así empecé”, recuerda.
Battulga creció en el desierto de Gobi, una región donde, según recuerda, las temperaturas pueden pasar de un calor extremo en verano a decenas de grados bajo cero durante el invierno.
“Es uno de los climas más duros del mundo. En verano, la temperatura puede rozar los 50 grados y, en invierno, caer hasta los 30 bajo cero. Crecer en esas condiciones te obliga a ser fuerte”, reflexiona.
Su padre, oficial militar y aficionado al levantamiento de pesas, fue una de sus primeras referencias. Tulga creció viéndolo entrenar, correr y cargar peso, una imagen que terminó marcando también su propia idea de fortaleza.
“Siempre fue muy atlético y eso me inspiraba. Yo corría detrás de él y pensaba que tenía que ser fuerte, estar entre los mejores. Desde pequeño quería convertirme en un hombre fuerte”, recuerda.
Tulga convierte la fuerza en espectáculo con números que combinan riesgo, precisión y resistencia física. (Jaime Ruiz Caro)
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Pero convertirse en el hombre que imaginaba no dependía únicamente de desarrollar músculos.
“Diría que la fuerza viene de la mente. Todos tenemos dos brazos y dos piernas y el cuerpo humano tiene límites. Yo tengo una contextura normal, no soy el hombre más grande ni el más alto del mundo. Pero el cuerpo puede hacer cosas increíbles si eres mentalmente fuerte”, asegura.
Ese convencimiento ha tenido que recordárselo muchas veces. Porque también hay mañanas en las que el peso parece mayor, días en los que el cuerpo responde y otros en los que no.
“Somos seres humanos, no robots”, señala. La verdadera dificultad, explica, es volver a entrenar aun entonces. Mantener la constancia. Estar preparado cada vez que se encienden las luces del escenario.
Entrena habitualmente por las mañanas y procura hacerlo seis días por semana. Durante su estadía en Lima ha encontrado incluso un compañero peruano con quien empieza las sesiones alrededor de las 6:30 a.m. en un gimnasio de Barranco.
En su acto utiliza dos grandes troncos. Uno mide cinco metros y pesa alrededor de 40 kilos; el otro supera los seis metros y llega a unos 65 kilos. A ellos se suman tres bolas de boliche de seis kilos cada una. Y sí, tiene miedo.
“Antes de cada espectáculo aparecen los nervios y pienso: ‘¿Qué pasa si fallo?’. Por eso intento mantenerme positivo. A veces pienso que soy como un soldado de nuestros legendarios antepasados, y esa idea me da más fuerza”, señala.
Y ese temor no es gratuito. Poco antes de llegar al Perú sufrió una caída durante una presentación televisiva en Italia. Estaba en el aire, sostenía uno de los troncos con la boca y el fuego formaba parte del número. Cayó, mientras su compañera alcanzó a apartarse a tiempo.
No ha sido el único accidente. Ha recibido golpes en la cabeza y acumulado lesiones durante años. Por eso, antes de cada presentación revisa elementos, motores, asistentes y fuego. No solo teme hacerse daño él.
“Si algo falla o se rompe, no quiero que alguno de mis asistentes resulte lesionado”, aclara.
La lesión más dura, sin embargo, ocurrió lejos de la pista. Estaba en Ciudad de México cuando cayó de una bicicleta y se fracturó la clavícula. Al día siguiente tenía que presentarse ante unas 20 mil personas.
“El médico me advirtió que, si levantaba los brazos por encima del hombro, el hueso podía desplazarse. El espectáculo llevaba meses preparado y sentí que no podía detenerme. Así que salí a escena. Actué lesionado en Ciudad de México y luego en Dallas”, recuerda.
No todas sus luchas, sin embargo, dejan una fractura visible.
“A veces me frustro porque siento que no fui lo suficientemente fuerte. Entonces me obligo a seguir, a desafiarme y a superar mis propios límites. Mi principal competencia soy yo mismo”, aclara.
En el mundo, calcula, apenas cinco o seis artistas realizan números parecidos al suyo. Cada uno tiene su propia técnica. Para Tulga, superar a los demás importa menos que conseguir que lo que ayer parecía imposible mañana deje de serlo.

Tulga, artista mongol y poseedor de dos récords Guinness, lleva la fuerza al límite con un número que combina potencia física, disciplina y precisión sobre la pista de “Sueña”. (Foto: Difusión)
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Esa búsqueda terminó llevándolo también a los Guinness World Records.
Durante una aparición televisiva en Italia le propusieron medir cuánto tiempo podía realizar algunos de sus números. Hasta entonces nunca se había detenido a calcularlo: en el circo simplemente los hacía.
El resultado fueron dos récords. Para uno de ellos sostiene con la boca una pieza metálica sobre la que coloca un tronco de más de cinco metros encendido con fuego y lo hace girar sin utilizar las manos. Lo consiguió durante 38 segundos. En el segundo hizo girar otro tronco sobre el hombro, también sin manos, durante un minuto y 19 segundos.
Dominar la técnica le tomó años. Sin embargo, cuando Tulga sale a escena, todo ese esfuerzo se concentra en apenas unos minutos.
“Detrás de esos seis o siete minutos de actuación está toda mi vida. Hay muchísimo sudor, entrenamiento, dolor, sonrisas, momentos felices y tristes”.
Curiosamente, tampoco pretende que el público lo vea todo. No quiere colocar el sufrimiento en el centro de su espectáculo. Prefiere que alguien salga de la carpa pensando que también puede hacer algo que antes creía imposible.
“A veces se acercan y me dicen: ‘Te vi y ahora quiero ir al gimnasio’. Ese es mi objetivo. Si un niño quiere hacerse fuerte o alguien decide empezar a entrenar después de verme, para mí eso es lo importante. Eso me hace feliz”, asegura.

El artista mongol Tulga posee dos récords Guinness por números que desafían la resistencia de su cuerpo. (Foto: Jaime Ruiz Caro)
/ ANDREAS ENGELHARD
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Y mientras busca inspirar a otros con lo que hace sobre la pista, todavía guarda un gran sueño propio. Cuando era niño quería convertirse en atleta olímpico. Ahora quiere participar como artista en una ceremonia de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028.
¿Y si mañana dejara de ser fuerte? Tulga no parece temerle a esa posibilidad. “Quiero seguir actuando mientras pueda. Soy feliz sobre el escenario”, responde. Sabe que aparecerán nuevos talentos y lo celebra: “Eso también me hará feliz”, concluye.


