Hace casi dos años escribí una columna sobre cómo la agenda laboral de ese momento, abocada a los intereses de grupos específicos de la fuerza laboral, aunque disfrazándolos de la “clase trabajadora”, a falta de mejores ideas, se había enfocado en el incremento del descanso remunerado a través de la creación de nuevos días feriados. No es difícil mostrar que es una porción relativamente pequeña de la fuerza laboral la que se beneficia de este tipo de medidas o puede siquiera soñar con vacaciones pagadas.
En efecto, según datos para el 2025, del total de la fuerza laboral (o PEA) ocupada, apenas la mitad son asalariados. Este es un porcentaje pequeño con relación a países de la OCDE, donde aspiramos a ingresar; en Estados Unidos es alrededor del 90% mientras que, en Europa, 85%. El Perú está también bastante por debajo de nuestros vecinos Chile (76%), México (69%) o Colombia (54%). Pero los descansos remunerados no alcanzan siquiera a todos ellos, puesto que menos de la mitad de los asalariados privados (46%) tiene un contrato laboral. Así, apenas poco más de un quinto de la fuerza laboral ocupada goza de descanso remunerado, asumiendo que en el sector público todos lo tienen. El resto de los trabajadores o no lo tiene o lo tiene con su plata.
Tenemos un mercado laboral en el sector privado donde 21% son asalariados formales, 37% son asalariados informales y 41% trabajadores independientes, de los que nueve de cada diez son informales. Cada uno de estos grupos tiene una historia diferente de acceso a descanso remunerado. Los asalariados formales los pueden disfrutar o vendérselos al triple de su remuneración diaria a su empleador, si este está dispuesto a comprárselos. Por su lado, los asalariados informales pueden o no disfrutar de los beneficios de un feriado; la sospecha es que pocos lo hacen. También podría ocurrir que algunos feriados convoquen más al descanso que otros, quizá los más tradicionales en relación con los recientemente creados. Finalmente, los independientes pueden regalarse un día de asueto y posiblemente los mejores remunerados entre ellos lo hacen, puesto que, además de que seguramente se lo merecen, sus clientes, muchos de ellos empresas, no trabajan.
Si hacemos el ejercicio de comparar el número de horas trabajadas en semanas sin feriados y con feriados para cada uno de estos grupos, lo que encontramos son patrones diversos. Los feriados están asociados a reducciones significativas en las horas trabajadas entre los asalariados formales, de manera más limitada entre los asalariados informales, mientras que para los independientes no se observa ningún cambio en las horas trabajadas. Esto es, para el grueso de los trabajadores peruanos no hay tal cosa como un descanso remunerado. Así, dificilmente este tipo de políticas se puede calificar como en favor de la clase trabajadora; son más bien, como el grueso de políticas implementadas en las últimas décadas, en favor de un grupo de interés específico: los asalariados formales.
De hecho, se podría argumentar que este tipo específico de políticas es contrario a lo que demanda la clase trabajadora peruana. El peruano es laborioso, trabaja todo lo que necesita y un poco más. Una muestra de esto es que los trabajadores independientes, que no están sujetos a una jornada laboral mínima, le dedican 20% más horas al trabajo que los asalariados formales. Claramente se hace necesario un giro en las políticas para el mercado laboral, hacia aquellas que efectivamente tengan ‘chances’ de beneficiar a la amplia y diversa clase trabajadora peruana, no solamente al pequeño grupo en el que se han enfocado recientemente.

