Hoy que ha vuelto a ponerse de moda el “upapá, upapá, Cienciano es el papá”, vale la pena recordar que hace solo unos años los cusqueños malvivían en la segunda división. Que pese a haber ingresado 11 millones de dólares por sus títulos internacionales, en el 2008 apenas poseían “sesenta soles, unas cuantas copas ganadas en sus mejores años de gloria y un televisor LG”, de acuerdo con un reportaje del periodista Pedro Canelo publicado en esta casa editora. Ni siquiera tenían en custodia los trofeos de la Sudamericana y la Recopa. Eran un club a la deriva.
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Boys es la consecuencia viva de la falta de institucionalidad que aqueja a la mayoría de nuestros clubes. A punto de cumplir 100 años de existencia, ha tenido mecenas importantes como el comandante Jorge Labarthe, Alberto Levy o Antonio Cuba, pero en cuanto se agotó la billetera de estos y otros aportantes generosos, las angustias empezaron a carcomerlo.
Otro importante miembro de este desgraciado grupo es UTC, que ha tenido el infortunio de caer en manos de personajes más interesados en ensalzar su presencia política, que en su crecimiento. Del cuadrazo que en los ochenta arrasaba con Jesús Purizaga bajo los tres palos, Leoncio Cervera en el medio y Armando Portilla en el ataque solo queda un tenue recuerdo. La resta de diez puntos que acaba de recibir, también por deudas, prácticamente lo ha sentenciado al descenso.
En los últimos años, el grueso de los equipos de nuestra liga reemplazó a los mecenas por los ingresos por derechos de televisión. Olvidaron la necesidad de mejorar su gobernanza, diversificar sus fuentes de financiamiento y acercarse a la gente. Por eso subsisten a la buena de Dios. Tienen la consistencia de un cascarón.

