El sonido de una campana volvió a escucharse en la Bombonera. Habían pasado dos años desde la última vez que ese golpe metálico anunció el inicio de una pelea. Dos años de silencio en un lugar acostumbrado al ruido de los guantes, al grito de las tribunas y a las historias de hombres y mujeres que aprendieron allí que para levantarse también había que saber caer.
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Las nuevas butacas, las luminarias y los ambientes renovados podían darle otra apariencia al escenario, pero había algo que ninguna remodelación podía cambiar: la memoria.
Porque la Bombonera no es solamente un gimnasio ni un recinto deportivo. Es uno de los lugares que ayudaron a construir la historia del pugilismo peruano. Allí, durante décadas, generaciones de boxeadores encontraron un espacio para entrenar, competir y perseguir un sueño que muchas veces parecía demasiado grande.
Entre quienes volvieron el domingo estuvo Alberto ‘Chiquito’ Rossel. Para él, regresar tenía un significado todavía mayor. Llegó a la Bombonera cuando apenas tenía 15 años. Allí comenzó a forjar la carrera que lo llevó a convertirse en el primer campeón mundial interino de boxeo masculino del Perú.
Esta vez no estaba allí únicamente como excampeón. También estaba como formador y cazatalentos, como uno de los encargados de buscar entre cientos de jóvenes a los próximos representantes del boxeo peruano como cabeza de las Academias del IPD.
“Es una alegría inmensa tener esta oportunidad de estar presente en la reapertura de la Bombonera del Estadio Nacional”, dijo Rossel. No escondía la emoción. Tampoco la nostalgia. Había regresado al lugar donde empezó todo.

‘Chiquito’ Rossel es encargado de las Academias IPD y se encarga de descubrir talentos en el boxeo. (Foto: César Bueno / GEC)
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Y mientras hablaba, en las tribunas habían alumnos de las academias del IPD. Algunos esperaban su turno para subir al ring. Otros observaban con atención cada movimiento de sus compañeros. Para ellos, aquella tarde no era una exhibición más. Era la oportunidad de sentir, aunque fuera por unas horas, lo que significa ser parte de una historia que comenzó mucho antes de que ellos llegaran.
Los primeros en subir fueron los alumnos de las academias del IPD. Hubo seis combates que sirvieron para inaugurar nuevamente el escenario competitivo. Canto Grande, Carabayllo, San Luis, Estadio Nacional, Matute, Santa Anita y Videna estuvieron representados.
Cada golpe llevaba detrás horas de entrenamiento. Cada abrazo después de una pelea parecía decir que el resultado importaba menos que haber llegado hasta allí.
Después llegaron los boxeadores invitados. Entre ellos estuvo James Llontop, quien además de dedicarse al boxeo ha representado al Perú en las artes marciales mixtas. La jornada comenzó a tomar el ritmo de una velada profesional, mientras las tribunas respondían a cada intercambio con aplausos y gritos.
Pero la noche todavía guardaba su momento principal. Carlos ‘Mina’ Zambrano y Leodan Pezo fueron los encargados de cerrar la jornada. Dos generaciones frente a frente. Dos historias distintas encontrándose en un mismo cuadrilátero.
Zambrano fue aquel joven que en 2016 firmó un contrato con Mayweather Promotions, la prestigiosa empresa dirigida por Floyd Mayweather. Pezo, en cambio, representa a una generación más reciente y lleva consigo una medalla de bronce conseguida en los Juegos Panamericanos Lima 2019 y la experiencia de haber competido en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020.
El combate estelar fue, en cierto modo, una fotografía del presente y del pasado del boxeo peruano. Pero quizá la imagen más importante estaba fuera del ring. Estaba en los rostros de los alumnos que miraban. Rossel los conoce bien. Sabe que detrás de cada joven que llega a entrenar puede esconderse una historia parecida a la suya. Por eso insiste en la necesidad de que el Perú vuelva a tener presencia olímpica con mayor frecuencia.
Recuerda a Carlos Burga en 1972. Recuerda su propia participación en Atlanta 1996. Recuerda a Leodan Pezo en Tokio 2020. Demasiados años entre una generación y otra. “Uno de mis sueños es ver a la selección nacional en los Juegos Olímpicos. No esperar tantos años para verlo”, confesó.
La frase resume buena parte del desafío que tiene por delante el boxeo peruano. La reapertura de la Bombonera no soluciona todos los problemas, pero devuelve algo fundamental: un lugar donde empezar.

Después de dos años se reaperturó la Bombonera del Estadio Nacional. (Foto: César Bueno / GEC)
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El recinto fue renovado con nuevas butacas, camerinos y servicios higiénicos, mejoras en la zona de entrenamiento, luminarias y trabajos destinados a convertirlo nuevamente en un escenario seguro y funcional. El objetivo es que vuelva a recibir entrenamientos, exhibiciones y competencias de alto nivel.
Y ese domingo recibió, además, algo que ninguna obra puede construir por sí sola: gente. La Bombonera volvió a escuchar aplausos. Volvió a sentir los pasos de los boxeadores. Volvió a recibir familias. Volvió a tener jóvenes soñando con convertirse en campeones. Después de dos años, el silencio terminó.
Quizá por eso la imagen más poderosa de la jornada no fue la de un golpe ni la de un ganador levantando los brazos. Fue la de aquellos muchachos de la Academia IPD abrazándose después de cumplir un sueño. Porque algunos llegaron para pelear. Otros, para mirar. Y algunos quizá todavía no lo sepan, pero entre todos ellos puede estar el próximo nombre que lleve al Perú nuevamente a unos Juegos Olímpicos.
La Bombonera volvió a abrir sus puertas. Y con ella, también volvió a abrirse una posibilidad. La de que el boxeo peruano vuelva a tener una nueva historia que contar.
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