Lautaro llora porque recuerda el hijo que fue. El niño que recibió de las manos de papá Mario sus primeros botines y soñó en hacerle un gol a los ingleses. El pibe al que mamá Karina le siguió tendiendo la cama cuando le tocó dejar la casa en Bahía Blanca para ir a vivir a la pensión de Racing. El ‘Toro’ llora por el papá que es. Por Nina de 5 años que le hizo “bajar dos cambios” y por Theo de 2 años que llegó con el pan del gol bajo el brazo. El goleador llora por el amigo que es. Porque le dijo a Facundo Medina minutos antes de entrar al campo que anotaría el gol del triunfo. Y lo cumplió.
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Hay futbolistas que necesitan 90 minutos para cambiar una historia. Lautaro Martínez, en cambio, parece haber encontrado una especialidad mucho más difícil: resolver partidos cuando el reloj aprieta y las piernas ya pesan. En esta Copa del Mundo 2026, el delantero argentino se ha convertido en el mejor suplente del torneo, un futbolista que entra desde el banco con la misma naturalidad con la que otros llegan al área rival.
La última prueba apareció en Atlanta. Lionel Scaloni lo envió al campo a los 81 minutos para enfrentar a una Inglaterra que resistía como podía el asedio argentino. Once minutos después, Lautaro apareció donde mejor sabe hacerlo: entre los centrales. Lionel Messi levantó la cabeza y lanzó un centro preciso. El ‘Toro’ atacó el espacio, ganó por arriba y conectó un cabezazo letal para firmar el 2-1 definitivo a los 92 minutos y clasificar a Argentina a una nueva final del mundo.
No fue una casualidad. El juego aéreo es una de las mayores virtudes del atacante nacido en Bahía Blanca. Entre sus clubes y la selección argentina ya acumula 35 goles de cabeza, una cifra que explica por qué cada centro hacia el área termina siendo una amenaza. Con la Albiceleste ya suma cuatro tantos de esa factura y, además, llegó a los 40 goles con la camiseta argentina. En este Mundial también atraviesa su mejor registro personal: lleva tres anotaciones, luego de quedarse en blanco durante toda la Copa del Mundo de Qatar 2022.
Su rol cambió, pero no su importancia. Julián Álvarez le ganó el puesto de titular por su capacidad para asociarse con el mediocampo y presionar desde la primera línea. Sin embargo, Lautaro encontró otro camino para hacerse indispensable. Ya había marcado el 3-1 frente a Suiza en los cuartos de final con un gol en el minuto 121. Ahora volvió a hacerlo contra Inglaterra en el descuento.
Hay otro detalle que ayuda a entender su fortaleza aérea. Antes de dedicarse por completo al fútbol, Lautaro creció muy cerca del básquet, un deporte que moldeó su capacidad para calcular tiempos, anticipar rivales y dominar el salto. No es casual que provenga de Bahía Blanca, la misma ciudad que vio nacer a Manu Ginóbili. Hoy, el gigante de esa ciudad ya no mide más de dos metros. Mide 1,74. Se llama Lautaro Martínez y, desde el banco, está escribiendo algunas de las páginas más decisivas de la Argentina finalista.
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