Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

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La victoria de Abelardo de la Espriella en Colombia no solo puso fin a cuatro años del primer gobierno de izquierda en uno de los países más influyentes de Sudamérica. También confirmó una tendencia que se viene consolidando en América Latina: el avance de candidatos de derecha en las urnas. En los últimos años, figuras como Javier Milei en Argentina, Daniel Noboa en Ecuador y Nayib Bukele en El Salvador han logrado capitalizar el malestar ciudadano por la inseguridad, el estancamiento económico y el desgaste de los gobiernos de turno. Con el resultado colombiano, el mapa político regional vuelve a inclinarse hacia el otro extremo del péndulo ideológico. ¿Qué hay detrás de este giro y cuánto tiempo podría durar?
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Actualmente, la izquierda gobierna en México, Brasil, Uruguay, Venezuela, Nicaragua y Cuba.
Este mapa político regional no implica necesariamente una desaparición de la izquierda, pero sí evidencia un cambio en las preferencias electorales de gran parte del electorado latinoamericano.

Elecciones en América Latina desde el 2023.
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- 2023, Paraguay, derecha
- 2023, Ecuador, derecha
- 2023, Argentina, derecha
- 2024, Guatemala, izquierda
- 2024, El Salvador, derecha
- 2024, Panamá, derecha
- 2024, República Dominicana, derecha
- 2024, México, izquierda
- 2024, Uruguay, izquierda
- 2024, Venezuela, izquierda
- 2025, Ecuador, derecha
- 2025, Bolivia, derecha
- 2025, Chile, derecha
- 2025, Honduras, derecha
- 2026, Perú, derecha según el avance del conteo oficial
- 2026, Colombia, derecha
¿Estamos ante una nueva hegemonía conservadora en América Latina o frente a un ciclo electoral marcado por el descontento ciudadano? Esa es una de las principales interrogantes que dejan los últimos resultados en la región.
¿Por qué América Latina está votando por la derecha?

El presidente de Argentina, Javier Milei, gesticula desde el balcón de la Casa Rosada, en Buenos Aires, el 25 de mayo de 2026. (Luis ROBAYO / AFP)
/ LUIS ROBAYO
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El politólogo colombiano Manuel González Vides, magister en Ciencia política y profesor del Departamento de Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana de Bogotá, explicó a El Comercio que el fenómeno no debe interpretarse como una consolidación ideológica de largo plazo, sino como el resultado de una combinación de voto castigo, desgaste de los oficialismos y nuevas formas de comunicación política.
“Hay una ola de antioficialismo”, sostuvo. En otras palabras, dijo, más allá de si los gobiernos son de izquierda o de derecha, los electores parecen inclinados a castigar a quienes están en el poder cuando consideran que no han cumplido sus expectativas.
Según González, este fenómeno tiene relación con las secuelas políticas y económicas que dejaron el estallido social del 2019 y la pandemia de COVID-19. Ambas crisis facilitaron el ascenso de gobiernos progresistas en varios países, pero también generaron expectativas difíciles de satisfacer. “Lo más probable es que el gobierno de turno pierda”, resumió.
Agregó que temas centrales de la agenda pública han sido aprovechados con mayor eficacia por los candidatos conservadores. Uno de ellos es la inseguridad. “La apelación a la mano dura históricamente ha existido en la derecha y hoy volvió a tomar fuerza”.
También mencionó el malestar por el desempeño económico, los déficits fiscales y la percepción de que muchos gobiernos no lograron traducir sus promesas de redistribución en mejoras concretas para la población.

Trump saludó la victoria de De la Espriella en Colombia. (EFE).
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El analista identificó además un factor externo: la influencia de Estados Unidos en la política regional. Lo que denomina el “toque Trump” ha contribuido a reforzar la percepción de que una mayor cercanía con Washington puede traer beneficios económicos y políticos, mientras que la continuidad de gobiernos de izquierda podría afectar esa relación.
Pese al avance electoral de la derecha, González consideró que sería prematuro hablar de un cambio político duradero en América Latina. Por el contrario, cree que el péndulo ideológico volverá a moverse.
“Me temo que sí”, respondió al ser consultado sobre la posibilidad de un retorno de la izquierda. Su argumento es que muchos de los nuevos líderes conservadores llegan al poder como outsiders, sin partidos sólidos ni mayorías parlamentarias propias. Esa situación los obliga a pactar con las fuerzas tradicionales o a enfrentar dificultades para gobernar, lo que puede erosionar rápidamente su respaldo ciudadano.
Además, advirtió que los principales problemas que impulsaron su llegada al poder —como la inseguridad o el estancamiento económico— son demasiado complejos para resolverse en el corto plazo.

El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, es fotografiado antes de una reunión con el presidente de Costa Rica, Rodrigo Chaves el 11 de noviembre de 2024. (Foto de Ezequiel BECERRA / AFP).
/ EZEQUIEL BECERRA
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En ese sentido, cuestionó la exportación de modelos de seguridad inspirados en El Salvador. “Intentar aplicar el modelo Bukele en otros países es como tener una pecera pequeña para un pez grande. Es una solución corta para un problema tan complejo como el crimen organizado”, afirmó.
González sostuvo que el avance de la derecha responde tanto al voto castigo como a factores emocionales e identitarios. “Hay dos fenómenos que se entrelazan”, explicó. Por un lado, los ciudadanos sancionan a gobiernos que consideran ineficaces. Por otro, opera lo que algunos académicos han denominado “identidad negativa”: votar no necesariamente por afinidad con un candidato, sino para impedir la victoria del adversario ideológico.
“Muchas veces no se vota por propuestas, sino por la emoción que genera pertenecer a la derecha o pertenecer a la izquierda”, señaló. El resultado son líderes altamente populares, pero con programas poco definidos, una situación que puede generar dificultades una vez que llegan al gobierno.
La derecha aprovecha mejor las redes sociales
Las redes sociales constituyen otro elemento central para entender el nuevo escenario político latinoamericano. Para González, estas plataformas han transformado la relación entre los candidatos y ciudadanos al reducir el papel de intermediación que antes ejercían los partidos políticos.
“Las redes sociales desintermedian la relación entre ciudadano y candidato. Ya no es necesario ir al local de un partido para encontrarlo; ahora se puede interactuar directamente con él”, explicó.
El analista remarcó que la derecha ha comprendido mejor esta transformación. “Las redes sociales terminan siendo el caballito de batalla de la derecha”, sostuvo. Mientras tanto, parte de la izquierda continúa apostando por formas tradicionales de movilización política. “El electorado está literalmente metido en el ciberespacio. Hay que buscarlo ahí”, afirmó.
No obstante, el politólogo advirtió que el auge de las redes y de la inteligencia artificial también plantea riesgos para la democracia. Consideró que la proliferación de noticias falsas, campañas de desinformación y narrativas de fraude están deteriorando la confianza en los candidatos, las instituciones y los propios sistemas electorales.
El caso colombiano

Fotografía de archivo del 9 de junio de 2026 que muestra al candidato Abelardo de la Espriella, ganador de la segunda vuelta presidencial en Colombia. (EFE/ Ricardo Maldonado Rozo / ARCHIVO).
/ Ricardo Maldonado Rozo
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Patricia Muñoz Yi, docente de ciencia política en la Universidad Javeriana, dijo a El Comercio que la victoria de De la Espriella no puede entenderse solo como un viraje ideológico, sino también como una reacción de los electores frente al desgaste del gobierno de turno.
“Estas elecciones marcaban un plebiscito en relación con la evaluación que los ciudadanos hicieron del gobierno de Gustavo Petro”, sostuvo Muñoz. La estrechez del resultado —menos de un punto porcentual de diferencia— refleja, a su juicio, que “el país estaba, y está todavía, dividido en torno a su valoración del ejercicio de gobierno”.
La politóloga explicó que uno de los factores más recurrentes en los cambios de signo político es el desgaste natural de cualquier administración. “Siempre hay un proceso de culminar el periodo gubernamental con la percepción de que no se cumplieron todas las promesas de campaña o no se cumplieron adecuadamente”, afirmó. Esa insatisfacción suele llevar a los ciudadanos a buscar “otras opciones electorales e incluso otras orillas ideológicas”, dijo.
Destacó que el tema de la seguridad tuvo un peso importante en la campaña colombiana y ayudó a reforzar un sentimiento conservador que históricamente ha tenido fuerza en determinadas regiones del país.
La analista observó además que el triunfo de De la Espriella no se explica por la conquista de nuevos territorios electorales, sino por su capacidad para ampliar su respaldo en bastiones conservadores y reducir distancias en zonas tradicionalmente favorables a la izquierda.
Cree que otro elemento clave fue el papel de las redes sociales. Para Muñoz, las plataformas digitales están modificando la competencia política y fueron aprovechadas con especial intensidad por la campaña del ahora presidente electo.
Recordó que en su primer discurso del triunfo, De la Espriella dijo que “las redes sociales serán la salvación de nuestra vida”, al asegurar que seguirán siendo uno de los principales canales de comunicación de su movimiento.
Muñoz sostuvo que la campaña de De la Espriella combinó de manera eficaz tecnología, inteligencia artificial, espectáculo y mensajes diseñados para instalarse rápidamente en la memoria de los votantes.
Pese al cambio de gobierno, Muñoz no cree que la izquierda desaparezca del escenario colombiano. Por el contrario, sostuvo que el proyecto político del Pacto Histórico logró consolidarse durante estos años y seguirá siendo un actor relevante desde el Congreso. “Es un proyecto político que está allí, que está presente y que va a ser importante para el ejercicio de la oposición”, afirmó.
Desde su perspectiva, lo que ocurre en Colombia también refleja una dinámica regional más amplia: los gobiernos pueden cambiar, pero ciertas políticas y bases electorales permanecen. Por ello, consideró prematuro hablar de una hegemonía duradera de la derecha en América Latina.














