Nuevamente, el resultado final de un ajustado balotaje parte al país por la mitad. Es la tercera vez que ocurre. Quizás se explique por la presencia de la principal fuerza de cohesión política en lo que va de este milenio: el antifujimorismo. No obstante, sea cual sea su desenlace, hay cuestiones centrales que no deben perderse de vista si queremos iniciar un lustro que detenga la seguidilla de inestabilidad que el país ha enfrentado desde el 2016.
En principio, quien gane la elección deberá convencerse de la necesidad de sacrificar una agenda maximalista. Es que ambos candidatos sostienen propuestas que se repelen: asamblea constituyente o nada, retiro de la corte interamericana o nada, por ejemplo. Harían bien en archivar tal polarización o, en el peor de los casos, gestionarla con algo de inteligencia.
En segundo lugar, es prioritario avanzar en una agenda de fortalecimiento institucional. Es consenso que los últimos años han sido particularmente duros para las instituciones debido al uso que les han dado quienes las manejaban en determinado momento, sea este uso político, mediático o hasta simbólico. Para más inri, mientras esto sucedía, los detractores de las víctimas aplaudían extasiados.
Otra característica de los últimos años ha sido el severo deterioro del servicio civil, agudizado, en algunos sectores, desde el gobierno de Pedro Castillo. Increíblemente, era un tema que se soslayaba de la discusión cuando se evaluaba a Roberto Sánchez.
Finalmente, es necesario conservar lo avanzado en el frente macroeconómico. En tal sentido, el próximo MEF deberá establecer como prioridad enfrentar los desarreglos fiscales de los últimos años o gestionar la recurrente postergación de la reforma de Petro-Perú.
Si se confirma la victoria de Keiko Fujimori (al cierre de esta columna, todo parece indicarlo), podrían activarse episodios de convulsión social. Difícilmente replicarán los acontecidos durante el proceso electoral del 2021 o los del inicio del gobierno de Dina Boluarte, que trajo prolongadas semanas de protesta con decenas de víctimas mortales, pero cabría prestarles atención.
En cambio, una victoria de Sánchez activaría justificadas alarmas en el frente económico, que, ciertamente, podrían calmarse con nombramientos sensatos y adecuados gestos políticos. No obstante, serían muestra de las presiones internas que enfrentaría el candidato incluso antes de asumir el poder.
Como sea, este será el telón de fondo de un Parlamento relativamente equilibrado en cuanto a su composición y contrapesos, aunque con algunas voces estridentes y pasados preocupantes, como los referidos por Jorge Nieto en una entrevista previa a la segunda vuelta.
En suma, este Congreso tendrá la oportunidad de actuar como un elemento de contención cuando las agendas más radicales de quien resulte ganador busquen algún camino expeditivo. Solo así, las quejas sobre la “dictadura congresal” serán un lejano recuerdo.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.













