Estel Mundial 2026 tendrá varios componentes que lo hacen muy especial para el campeón sentimental que todos llevamos dentro. Será una oda a la nostalgia por la última vez de Cristiano Ronaldo y Messi, tendrá un nuevo formato por primera vez con 48 equipos y será posiblemente también una Copa del Mundo que nos recuerde que tan lejos estamos -otra vez- de ver a ese nivel a la selección peruana. La pregunta, aunque parece ociosa, surge de esa contradicción inmediata entre alegría y drama: ¿Por qué a los peruanos nos gusta tanto el Mundial si sufrimos cuatro años para casi nunca estar presentes?
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En el caso peruano, ese proceso está atravesado por la historia reciente. Reyes-Bossio subraya que los “largos periodos sin clasificación” han cargado al Mundial de “un valor emocional acumulado y de enorme expectativa social”. El torneo se instala como un evento esperado con intensidad, donde se proyectan deseos, memorias y aspiraciones colectivas.
Bejarano introduce un elemento estructural del contexto peruano. “El fútbol es una de las dos actividades —la otra es la comida— donde los peruanos nos ponemos de acuerdo, donde sentimos lo mismo”. En una sociedad con marcadas diferencias, el Mundial ofrece un terreno común de reconocimiento y sincronía emocional.
Durante el torneo, la identidad nacional adquiere una visibilidad particular. Reyes-Bossio describe la activación de “un fuerte sentido de pertenencia” que se expresa en símbolos como la camiseta, el himno o los colores. Esos elementos funcionan como dispositivos de cohesión, reforzando vínculos entre personas que, en otros ámbitos, no necesariamente coinciden.
La experiencia del Mundial está organizada alrededor de la emoción colectiva. “La emoción colectiva es el corazón del Mundial”, explica Reyes-Bossio, aludiendo a una secuencia de euforia, tensión y catarsis que se comparte de manera simultánea entre millones de personas. Esa sincronización emocional incrementa la intensidad de la vivencia.
Bejarano describe cómo ese proceso impacta en la vida cotidiana. El fútbol “activa nuestras fibras más profundas” y permite canalizar tensiones acumuladas: “ese estrés lo compensas con los gritos, con el insulto”. El espacio del partido se convierte en un entorno donde las expresiones emocionales se amplifican y se vuelven socialmente aceptadas.
En esa misma línea, el Mundial cumple una función de pausa. Reyes-Bossio habla de una “desconexión temporal del estrés cotidiano”, mientras que Bejarano lo define como “escape social”. Durante el torneo, se reconfigura la atención colectiva y se priorizan espacios de encuentro, conversación y disfrute compartido.

Hinchas peruanos alientan a la Blanquirroja (Fotos: César Bueno)
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El componente narrativo también es central. Reyes-Bossio sostiene que figuras como Lionel Messi o Kylian Mbappé “dan vida al Mundial como una historia global”, articulando relatos de superación, legado y competencia. El interés no se limita al juego, sino que se expande hacia las trayectorias personales y los significados asociados.
Bejarano complementa esa mirada al señalar que “los medios hacen una novela”, en referencia a las rivalidades y relatos construidos alrededor de los futbolistas. El Mundial se consolida como un evento donde convergen deporte, narrativa y cultura mediática.
El sufrimiento ocupa un lugar relevante dentro de esta experiencia. Reyes-Bossio explica que la tensión y la incertidumbre “hacen que cada momento se viva con más intensidad”, incrementando el impacto emocional de lo que ocurre en el campo. La vivencia del partido incorpora esas variaciones como parte de su estructura.

Perú no pasó de fase de grupos en el Mundial de Rusia 2018. (Foto: Getty Images)
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Bejarano añade que “todo hincha tiene algo de masoquista” y vincula esa idea con el concepto de “frustración óptima”, donde el dolor y la dificultad contribuyen a formar una experiencia más significativa. El seguimiento del fútbol incluye estos componentes como parte del vínculo sostenido en el tiempo.
La celebración de los triunfos también responde a lógicas emocionales. Reyes-Bossio introduce la noción de “victoria vicaria”, donde el logro del equipo es experimentado como propio. Bejarano lo expresa de forma directa: “cuando tu equipo gana, el hincha se siente un poco más ganador”. Esa apropiación simbólica refuerza la conexión con el evento.
En términos generales, la experiencia del Mundial se inscribe en un registro más emocional que racional. “Somos más emocionales que racionales”, afirma Bejarano, subrayando que el torneo legitima y organiza esa dimensión de la experiencia humana a gran escala.
Cuando Perú no participa, la vivencia del torneo adopta otra tonalidad. Reyes-Bossio indica que puede darse un disfrute “más relajado y lúdico”, mientras que Bejarano lo define como “un sufrimiento sin culpa”. El interés se mantiene, aunque con un tipo de implicación distinto.
En conjunto, el Mundial funciona para el peruano como un espacio de identidad, emoción compartida y narrativa colectiva. Su atractivo se sostiene en la capacidad de articular pertenencia, canalizar emociones y generar experiencias significativas que trascienden el resultado deportivo. En sencillo, en adquirir gracias a un gol o una jugada preciosa, la habilidad de levantarse al día siguiente con mejor ánimo.
Y eso, en Perú, ya es bastante.
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