Muchos años antes de pintarse sobre el asfalto una ciclovía, el primer pedaleo como lo conocemos arrancó en Lima a fines de 1889. Hasta entonces, en las calles del centro se podían ver sus antecesoras de enorme rueda delantera, cuyo recuerdo causa hilaridad. Pocos años después, la afición por la bicicleta de diseño más reconocible se aceleró con la intervención de los primeros ciclistas de competencia, en carreras que tenían por sede la llamada Cancha Meiggs.
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Un año después, como consta en nuestro archivo, la afición por el ciclismo continuó desarrollándose con la fundación, el 22 de diciembre, del club Unión Ciclista Peruana (posteriormente el popular Ciclista Lima), que enmarcó el rumbo de la afición. La institución animó la importación de bicicletas entre los limeños, mientras que la fundición de Piedra Liza ya declaraba que era perfectamente viable fabricarlas en el país. Pronto los socios del club pedían al Gobierno exoneraciones de impuestos en su comercialización, y la municipalidad aprobaba un reglamento para el tráfico de las mismas a lo largo del Jirón de la Unión. Desde entonces, El Comercio ofrecía amplios espacios dedicados a los ciclistas y a su seguridad, a tono con la preocupación existente por el caos en el tráfico de una ciudad en pleno crecimiento.
La ruta a Chorrillos
Para entonces, Lima contaba con dos estaciones para alquilar bicicletas, y una agencia abierta en la calle Boza, que vendía bicicletas para adultos y niños. La tienda abría hasta la noche para que los jóvenes veraneantes pudieran llegar hasta los baños de Chorrillos. Fue noticia la reacción de los vecinos de la carretera hacia el Callao, alborotados al ver dos señoritas, junto con un grupo de amigos, manejando bicicleta rumbo a un paseo campestre a la Hacienda de La Torre, la actual Mirones. “Al ver a las ciclistas, el público les prodigó una estruendosa salva de aplausos”, dice la nota.

Ciclistas en San Isidro en septiembre de 1967.
/ EL COMERCIO
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Por cierto, pronto empezaron a sumarse los accidentes en la ruta. Uno de los primeros fue en las proximidades de la Estación de Chorrillos cuando, conduciendo por los rieles, un ciclista fue alcanzado por el tren. El joven escapó milagrosamente, pero su transporte desapareció bajo la acción trituradora de las ruedas de la máquina. “Los restos sangrientos de la bicicleta –rueda delantera, rueda posterior, pedales, timón y rayos– quedaron, pocos instantes, convertidos en una masa informe de retorcidos alambres. El ciclista estaba pálido”, escribió el redactor, que titula con crueldad su nota: “Una bicicleta menos”. “A este paso, pronto contaremos con una plaga inagotable de ciclistas”, añade con aprehensión.













