Desde hace un par de semanas Pablo Arraya ha vuelto a sentir la adrenalina de las grandes hazañas. Desde Hamburgo, el histórico extenista peruano acompañó de cerca a Ignacio Buse en el mejor momento de su joven carrera: la conquista de su primer título ATP el sábado pasado y el salto definitivo hacia el circuito grande, coronado con su debut en el ‘main draw’ de Roland Garros. Para Arraya, ver el crecimiento de Nacho es casi como viajar en el tiempo. Hace más de cuarenta años, él mismo abrió un camino que parecía imposible para el tenis nacional.
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Laura Arraya nos cuenta que su padre fue convocado por la Federación Peruana de Tenis para dirigir el desarrollo juvenil y que, casi de un día para otro, les anunció que dejarían su ciudad para empezar una nueva vida. Ella tenía siete años; Pablo, nueve. “Llegamos muy chicos. No fue tan fácil porque era un país nuevo y no conocíamos nada, pero el tenis terminó siendo nuestro lugar”, cuenta la tenista.
La base de la familia fue el antiguo Lawn Tennis, donde entrenaban prácticamente todos los días. Allí, los hermanos Arraya empezaron a tomarse el deporte con mayor seriedad hasta convertirse rápidamente en parte de las selecciones juveniles peruanas. “Siempre representamos al Perú. Nuestros padres se sintieron muy cómodos aquí y nosotros crecimos jugando para el país”, recuerda Laura. A los 18 años, ambos obtuvieron oficialmente la nacionalidad peruana.

Pablo disputando dobles junto a su hermana Laura, otra de las grandes figuras de la raqueta peruana.
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En la memoria de Pablo, esa época era “mucho más artesanal”: el talento y la intuición pesaban más que cualquier estructura profesional. “Yo tuve mucha suerte porque era muy talentoso y en esa época era casi lo único que necesitabas”, cuenta desde París, todavía inmerso en la intensidad del circuito. “No existía toda la información que existe ahora. Hoy hay métricas para todo: alimentación, prevención de lesiones, preparación física. Nosotros aprendíamos mucho sobre la marcha”, añade.
Quienes lo vieron jugar lo recuerdan por su carácter explosivo, intenso y competitivo hasta el límite. De allí nació el apodo que lo acompañaría toda la vida. Nacionalizado peruano, Pablo pasó a liderar una generación inolvidable junto a Jaime Yzaga, Carlos Di Laura y Alejo Aramburú, con quienes protagonizó algunas de las páginas más recordadas de la Copa Davis. “Éramos un equipazo”, comenta vía telefónica. “Perdimos varias veces contra países que luego fueron campeones. Tal vez nos faltó compartir más información entre nosotros, porque era un deporte muy individual, pero había muchísimo talento”, complementa.

Una generación histórica del tenis peruano. Pablo Arraya junto a Jaime Yzaga y Alejo Aramburú durante los años dorados de la Copa Davis.
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Tras su retiro del tenis profesional, Estados Unidos apareció como una continuación natural de su vida ligada a la raqueta. Actualmente vive en Los Ángeles y trabaja como coach en uno de los clubes más exclusivos de Beverly Hills, entrenando tanto a jóvenes talentos como a empresarios y celebridades. Pero la quietud nunca fue compatible con él. Por estos días, su vida transcurre entre aviones, hoteles y torneos. “Mi base está en Los Ángeles, pero paso la mitad del tiempo viajando por el circuito ATP”, cuenta. “La raqueta ha sido mi pasaporte toda la vida”.
MIRANDO AL FUTURO
Si hay algo que entusiasma hoy a Pablo Arraya, es la sensación de que el tenis peruano atraviesa un nuevo momento de ilusión gracias a la aparición estelar de Ignacio Buse. Lo sigue desde que era adolescente y asegura que lo que más lo impresiona no es únicamente su talento, sino el nivel de compromiso que tiene con su carrera. “Se ha dado al 100% a su profesión”, explica. “No es solo lo que hace dentro de la cancha. Es la preparación física, la alimentación, el descanso, la intensidad con la que entrena. Me saco el sombrero”, dice.

Arraya también llevó al Perú desde el banco. El extenista asumió años después el rol de capitán del equipo peruano de Copa Davis.
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Arraya destaca también el trabajo del equipo que rodea a Buse, encabezado por el español Gabriel Urpí. Considera que allí existe una de las principales diferencias con su propia generación: hoy la información y la preparación son muchísimo más avanzadas.
Pero más allá de Ignacio Buse, hay otro nombre que lo llena de esperanza: Lucciana Pérez. Arraya considera que la mejor tenista universitaria de Estados Unidos tiene todo para convertirse en una figura importante del tenis peruano. La conexión, además, es cercana: su hermana Laura trabaja directamente en el desarrollo del tenis femenino nacional. “La ilusión más grande que tengo es con Lucciana”, confiesa Pablo. “Creemos que cuando dé el salto al profesionalismo puede ser un monstruo”, avizora.













