Nadie diría que el 2025 fue un año espectacular en términos económicos para el Perú. Expresiones celebratorias de tal calibre las dejamos para la nostalgia del período 2004-2014, cuando la producción crecía por encima del 6% en promedio sin despeinarse. Ahora, con 3,4% de expansión del PBI en el 2025 –más de un punto porcentual por encima del promedio de crecimiento de Latinoamérica– ciertamente tampoco fue un año malo. A punta de incompetencia, volatilidad política y autosabotaje, nos encargamos de limitar el impacto del empujón extra que nos dieron los altísimos precios de los minerales. Podría haber sido un año mucho mejor dado el escenario externo, o mucho peor dada nuestra afición local a cambiar autoridades cada seis meses. Así, visto por encima, uno podría verse tentado a concluir que fue un año “normal nomás”.
Pero eso lo hace, de hecho, interesante de analizar. En particular, algún curioso podría preguntarse qué sucedería si se mantiene la misma velocidad económica del 2025 en diferentes variables por, digamos, una década. En la medida en que a primera vista no fue un año notable, ni para un lado ni para el otro, el ejercicio parece razonable. Además, la base de comparación, el 2024, tampoco fue un año fuera de serie, lo que hace más robusto o consistente el crecimiento interanual del año pasado. Usar el 2021, por ejemplo, un año de rebote post pandemia, no tendría mucho sentido.
Empecemos por el empleo. En el 2025, los trabajos formales en planilla en el sector privado crecieron 6,2%, de 4,4 millones a casi 4,7 millones. ¿Y si extendemos esa tasa durante 10 años? A ese ritmo, llegaríamos a nueve millones de trabajadores dependientes formales en el 2036. Tomando en cuenta las proyecciones de crecimiento y envejecimiento poblacional, eso implica que pasaríamos de tener a solo un trabajador en planilla entre cada cuatro trabajadores peruanos a tener, en 10 años, a casi la mitad de los trabajadores peruanos en planilla. Por supuesto, no todos los procesos de creación de empleo siguen una regla simple como esta, pero sí nos da una idea de lo que sucede cuando ‘repites’ años aparentemente normales.
Vamos a la pobreza. Según informó a inicios de mes el INEI, la tasa de pobreza cayó casi dos puntos porcentuales durante el 2025, de 27,6% a 25,7%. Aquí importa mucho la inflación –sobre todo de alimentos– y reconocer que cada punto porcentual de reducción de pobreza adicional es más difícil de alcanzar que el anterior (es decir, pasar de 25% a 24% será más fácil que pasar de 24% a 23%). Con esta consideración, lo más probable es que, de mantener el ritmo actual y los precios estables, la pobreza se ubique más cerca del 15% en una década, unos cinco puntos por debajo del mejor momento histórico registrado en el 2019.
Las dos variables anteriores, empleo y pobreza, dependen de la inversión privada sostenida. Esta subió 10% el año pasado. Esa sí es una excelente velocidad que si se repite 10 años consecutivos –como sucedió en promedio entre el 2004 y 2013– generaría una inversión casi tres veces mayor que la del año pasado, y eso cada año. Por supuesto, esto incluso dejaría muy cortos los cálculos anteriores (el empleo formal crecería mucho más, y la pobreza caería más rápido). Dicho sea de paso, la recaudación tributaria se elevó en el 2025 algo más rápido que la inversión privada. El gobierno tendría, entonces, el triple de ingresos anuales al cabo de dos períodos presidenciales.
El punto queda claro. Ojalá el Perú hubiera aprovechado el contexto internacional favorable para crecer mucho más rápido. Los precios del cobre y del oro tocan máximos históricos. Podría haberse llegado a tasas cercanas a 5% con más orden institucional. Pero un año como el anterior, aún sin ser sobresaliente, repetido un buen número de veces, es suficiente para ser transformador.
La lección es que –más que velocidad “a la China”por uno o dos años– lo que se necesita es consistencia. Predictibilidad. De acuerdo con el excelente libro de Richard Webb y James de la Torre presentado esta semana. El crecimiento económico de la economía peruana 1821-2025, la tasa de crecimiento del PBI per cápita peruano en los últimos 200 años fue de 1,5%. La del año pasado fue 2,5%. Ese inocente punto porcentual de distancia hace la diferencia entre un país que duplica su riqueza por habitante en poco más de 25 años versus uno que lo hace en casi 50 años. Es decir, la diferencia entre una o dos generaciones. Y una tasa de crecimiento del 5%, como la que se podría alcanzar de forma sostenida en estos contextos, duplica los ingresos por persona en 15 años.
Nada de esto es fácil. Nadie tiene la receta mágica completa para el desarrollo sostenido de los países. De lo contrario, ya habríamos resuelto hace tiempo el problema del crecimiento económico y la pobreza. Pero sí tenemos algunas ideas de lo que parece funcionar y lo que no. Macroeconomía estable, banco central independiente, libertades económicas, seguridad física y jurídica, fomento de la competencia, y apertura económica al resto del mundo, por ejemplo, son ingredientes indispensables. Por otro lado, controles de precios, irresponsabilidad fiscal, incertidumbre jurídica o tributaria, desarreglo político, trabas burocráticas, entre otros, deprimen el crecimiento. No hace falta ser demasiado sagaz para haber aprendido, por lo menos, esa lección.
Los precios externos que nos acompañan hoy no se van a mantener para siempre. Cuando bajen, como inevitablemente lo harán algún día, será mucho más difícil sostener tasas altas si en el camino no se han puesto los cimientos para el despegue de otros sectores económicos.
Uno o dos años excelentes cambian poco. Dos décadas de años entre normales y buenos lo cambia todo.













