Cuando César Zelada imaginó que el chasqui de su historia podía ser una niña, «Kayara« tomó otro rumbo. Era 2017 y el Perú celebraba a fondistas como Inés Melchor y Gladys Tejeda, mujeres que abrían camino en una disciplina exigente. Esa inspiración transformó el guion en una historia de resistencia: la de una protagonista dispuesta a desafiar las reglas de su tiempo.
“Mi guion tomó un giro interesante. El personaje principal pasó a ser una niña, hija de un gran chasqui, que creció mirando a su padre y quería seguir sus pasos. Tenía todas las habilidades para hacerlo, pero no podía, porque los chasquis en el Imperio Inca eran una élite, no cualquiera podía serlo”, relata Zelada.
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La película se realizó como una coproducción peruano-española, con el 40% del trabajo hecho en el Perú y el 60% en Tenerife. Detrás de ese resultado hubo un proceso largo, costoso y lleno de obstáculos, desde la búsqueda de financiamiento hasta la producción.
Ese recorrido, explica el realizador, puede tomar alrededor de cinco años en una película animada como «Kayara», si se suman la escritura, la búsqueda de financiamiento, la preproducción, el diseño, la producción y la postproducción. En este caso, además, la pandemia alargó el camino.
“Hacer animación no es sencillo ni barato. Para tener una idea, una de las películas más costosas hechas en el Perú puede rondar el millón y medio de dólares; ‘Ainbo’, mi película anterior, costó 10 millones. Fue muy taquillera y recuperó la inversión, pero nosotros no vimos esas utilidades porque hubo problemas con el agente de ventas, que años después se declaró en bancarrota. Aun así, la película fue exitosa: se vendió en muchos países y, pese a estrenarse en plena pandemia, en 2021, hizo casi 15 millones de dólares alrededor del mundo. Creo que, sin pandemia, esa cifra se habría duplicado”, cuenta Zelada.
“Con ‘Kayara’ pasó algo parecido. Costó un poco menos que ‘Ainbo’, casi 7 millones de dólares, y también tuvo estreno mundial en varios países. Pero dos meses antes del estreno, el agente de ventas americano quebró, y eso hizo que algunos distribuidores que ya la habían precomprado se retiraran. Francia, por ejemplo, que había sido clave para ‘Ainbo’, se bajó en ese momento. Ahora varios países la están comprando, incluida Francia, aunque ya no tendrá el mismo impacto inicial. Igual es positivo que la película siga moviéndose”, añade.
La animación, sin embargo, tiene para Zelada una ventaja enorme: puede viajar. Una película de imagen real latinoamericana suele enfrentar barreras de idioma, acento o reconocimiento de actores. En cambio, una historia animada puede doblarse al ruso, al alemán, al español de España o latinoamericano sin que el espectador sienta una ruptura. La animación familiar, además, convoca a niños, padres, madres, amigos y familias completas.
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Por eso, aunque una película animada puede costar varias veces más que una de imagen real hecha en el Perú, para Zelada resulta más viable financiarla.
“Su alcance comercial es mayor y sus posibilidades de viajar a otros mercados también. Ese alcance global se define incluso desde el idioma. En el caso de ‘Kayara’, como en mis anteriores producciones, la versión original no fue en español, sino en inglés, una decisión pensada para facilitar su distribución y doblaje en distintos países“, dice.
Luego, cada territorio construye su propia versión con voces locales. En el Perú, por ejemplo, se sumaron José Peláez, Garrido Lecca, María Pía Copello y su hija. Para Zelada, esa flexibilidad es una de las grandes ventajas de la animación: permite que una misma historia cambie de voz según el país, sin perder naturalidad ni emoción.
“La puedes doblar al ruso, al alemán, al español de España o al español neutro latinoamericano y no se siente raro. El doblaje funciona perfecto”, dice.
En el fondo, “Kayara” cuenta dos carreras al mismo tiempo: la de una niña que quiere abrirse paso en un mundo que no estaba hecho para ella, y la de un cine peruano que busca llegar más lejos pese a los costos, los retrasos y las dificultades de competir en una industria global. Su nominación a los Premios Platino confirma que las historias nacidas en el Perú pueden cruzar fronteras cuando encuentran una voz propia.













